Siempre me ha llamado la atención la delgada línea que separa dos frases con las que se nos juzga desde que entramos en el mundo laboral: “Eres demasiado joven para…” y “Es que ya tienes una edad para…”Ciertamente, se trata de una apreciación subjetiva de quien emite el juicio, pero no es menos verdad que al oírlas no nos suelen dejar indiferentes, y que al asumirlas nos provocan una limitación que, en muchas ocasiones asumimos sin plantearnos su veracidad.
En esta pandemia que estamos atravesando, resulta sorprendente como muchos sanitarios ya jubilados han vuelto a la primera línea de batalla, al haberse requerido su experiencia y habilidades para tareas relacionadas con la vacunación, atención telefónica a pacientes y también presencial (hay más de 2.000 médicos jubilados que se han apuntado en un listado del Consejo General de Colegios de Médicos para ofrecerse a trabajar si la situación sanitaria lo requiere).
Ciertamente, hay estereotipos difíciles de superar, como el que una persona de más de sesenta y cinco años es alguien de quien ocuparse y cuidar: ¿nos podemos permitir el lujo de enviar a casa a una persona de sesenta años en plenitud de su experiencia? En mi opinión, la idea de la jubilación obligatoria es un anacronismo.
La generación silver, los mayores de cincuenta y cinco años, la forman 15,5 millones de personas en España (un tercio de su población), con una esperanza de vida que supera los 83 años, tiene un poder adquisitivo medio superior al de la mayoría de los jóvenes, se mantiene activa hasta bien entrados los setenta, y supone una garantía de consumo, así como un apoyo familiar en tiempos de crisis. Según revela el Barómetro del Consumidor Sénior de la Fundación MAPFRE, más del 56 % ahorra cada mes, el 78 % utiliza a diario la tecnología, el 92 % cuida su alimentación, y el 77 % hace ejercicio físico.
Uno de los campos que parece haber desechado a este grupo de personas es el de la política, hasta el punto de que en España podemos hablar de estar gobernados por una efebocracia (de éphebos, joven, y krátos, poder, es decir: jóvenes en el poder) término acuñado por el filósofo español José Ortega y Gasset en 1927. En nuestro país parece abrirse paso la idea de que la juventud es un valor en sí misma y supone singulares aptitudes para resolver los problemas. Se prefiere el experimento a la experiencia. Lo que siempre fue y es un valor positivo, tal cual es la juventud, se está convirtiendo en una especia de imposición generacional descalificadora de todo el que supere, como máximo, la cuarentena de años. .
A estos jóvenes no se les exigen biografías luminosas, altura intelectual o servicios a la sociedad, sino que se aprecia sobre todo su edad, aderezada en apariencias externas con cierto aire de desfile de modelos. Se valoran el físico, la telegenia y la labia como supuestas garantías de eficacia en la dirección de los asuntos públicos, pero esas serían cualidades apreciables en un casting de vendedores.
¿Podemos aceptar que la juventud sea, necesariamente, el máximo valor de confianza, y desechar de entrada a una persona que peine canas? Como todos sabemos, no es la edad, exclusivamente, ni por arriba ni por abajo, garantía de éxito en la gestión, la resolución de problemas o la superación de situaciones críticas.
No se trata de plantear un debate entre efebocracia y gerontocracia, pero invito a mis lectores a reflexionar sobre el apoyo, más o menos inconsciente que se le viene dando hoy día, a la edad, al atractivo físico y a las apariciones en prime time televisivo, y propugno valorar propuestas realistas y ejecutables para superar los problemas que nos acucian, frente a la dialéctica literariamente florida pero vacua de contenido; apoyar la solidez argumental y analítica, no el relato demagógico, y, en definitiva, apartar el postureo de los puestos de responsabilidad pública.
¿Qué futuro político tendrían en nuestro país Biden (78 años), Mitch McConnell, líder de los republicanos en el Congreso americano (79 años), Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de representantes (80 años), Marcelo Rebelo de Sousa, presiente de Portugal (72 años), Mario Draghi, primer ministro de Italia, (73 años) o Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo (65 años)?
Ojalá que quien accediera a responsabilidades públicas lo hiciera desde una experiencia profesional constatada, por corta que fuera, con las correspondientes cotizaciones previas a la Seguridad Social, en cualquier trabajo ajeno a la política, y con un mínimo de reconocimiento social. La política debería llamar a los mejores, a los que hayan servido a la sociedad y quieran seguir sirviéndola con honestidad y celo. Cuando se acepta una labor pública que paga el contribuyente habría que presentar un currículum mínimo. Si se hubiese seguido este prudente principio me temo que ciertos componentes de la mal llamada clase política no pertenecerían a ella.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






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Nobles y hermosas palabras, querido Alberto, que evocan una Arcadia feliz que desgraciadamente veo lejos de alcanzar. No hace mucho recordaba un viejo aforismo que decía algo así como que, en la juventud resplandece la energía y el empuje vital y en la madurez brilla la sabiduría que da la experiencia. Como en otras muchas cosas, no existen verdades absolutas y coincido en que no se trata de elegir entre juventud y madurez, sino en todo caso, de combinar ambas para alcanzar un objetivo y acompañar en cada momento de tu vida el mejor bagaje cultural, profesional, etc que te pueda corresponder. Es verdad que hay jóvenes cuya única ocupación es preparase físicamente para participar en programas televisivos de dudoso gusto y que exigen poca o nula capacitación de ningún tipo más allá un físico atractivo. Y que hay jóvenes que llegan a los más altos cargos de la política sin preparación ni experiencia que lo justifique. Pero también jóvenes que se esfuerzan todos los días en conseguir sus sueños, que se parten los codos estudiando sabiendo que tendrán que vivir fuera de su país, que trabajan en empleos con horarios absurdos y sueldos de esclavo con la esperanza de alcanzar un futuro mejor. Mi esperanza está en esos jóvenes y en que se conviertan en adultos maduros de nuestra generación «silver»