Hace ya varios años que empecé a dar charlas por colegios e institutos de Sevilla capital y su provincia a alumnos de los últimos cursos de bachillerato o de formación profesional, con el fin de orientarles acerca de la elección de las distintas alternativas de estudio o bien para darles algunos consejos sobre el paso a la vida universitaria o laboral, y en todas ellas he dedicado unos minutos a enfatizar el valor de la educación, un intangible que no aparece en las calificaciones escolares, que se supone que traemos de casa y que es un activo diferenciador.
El refranero español es rico en frases y sentencias al respecto: Cual es María, tal hija cría. Muchacho sin educar, potro sin domar. Para la virtud, educación; para la ciencia, instrucción. Repasa y verás que todo viene de atrás; lo que ayer nació, antaño se engendró. Lo que en la niñez se aprende, dura hasta la muerte…
En un mundo cada vez más digitalizado y acelerado, donde la inmediatez parece primar sobre las formas, la educación ha dejado de ser un simple conjunto de normas rígidas para convertirse en un valor en alza, una «moneda social» que abre puertas y facilita la convivencia en entornos cada vez más complejos y diversos.
Etimológicamente proviene del latín educere («sacar de dentro») y educare («formar, instruir»), lo que implica que la educación no es solo llenar un recipiente vacío, sino potenciar las capacidades innatas del individuo mediante la adquisición de valores, costumbres y formas de actuar que le permiten integrarse en su cultura.
La educación es una práctica que se manifiesta en detalles cotidianos. La urbanidad es el comportamiento acorde con los buenos modales, y uno de sus pilares es la higiene personal el primero y más básico de todos: el aseo (lavarse las manos tras ir al servicio, cepillarse los dientes, ducharse con frecuencia,…) y ello no solo por nuestra salud, sino porque valoramos el entorno y las personas con las que nos relacionamos. Muchos de los que peinan canas y leen estas líneas, recordarán que de pequeños se nos calificaba en el colegio por nuestra urbanidad.
La conducta personal dice mucho de nuestra educación, pues es el espejo donde cada uno muestra su imagen. Una persona educada mantiene la calma, utiliza un lenguaje adecuado, demuestra empatía, actúa correctamente incluso cuando nadie la mira, y valora la puntualidad como máxima expresión de respeto por el tiempo ajeno.
¡Qué importante es la cortesía, como lenguaje de la amabilidad! La cortesía es el aceite que suaviza los engranajes de la sociedad. Gestos tan sencillos como dar las «gracias», pedir las cosas «por favor», saludar al entrar en un lugar o despedirse cuando uno se va, pedir perdón cuando hemos podido molestar a alguien con nuestras palabras o al tropezar en la calle, ceder el asiento a una persona con dificultades para mantenerse de pie en el autobús, estrechar la mano y felicitar al ganador en un juego o quitarle importancia a la victoria cuando somos los ganadores, marcan una diferencia abismal en la calidad de las relaciones humanas.
En la mesa y en el juego se conoce al caballero. La mesa es, históricamente, el lugar sagrado de la socialización. El protocolo no busca la sofisticación vacía, sino la comodidad de todos los comensales, por eso el pan se coloca a la izquierda, los cubiertos se utilizan de afuera hacia adentro (los más alejados del plato primero), la servilleta se coloca en el regazo, nunca anudada al cuello, hemos de mantener la espalda recta y no apoyar los codos sobre la mesa mientras comemos, y no empezar a hacerlo hasta que el anfitrión lo haga o todos los platos estén servidos. ¡Ah!, y nada de abalanzarse sobre una bandeja en los cáterin. La educación se demuestra comiendo despacio cuando se tiene hambre.
En lo que respecta al juego, durante mucho tiempo, hemos caído en el error de separar el juego del aprendizaje, como si el primero fuera una distracción y el segundo una tarea solemne. Sin embargo, la neurociencia y la pedagogía moderna coinciden en algo fundamental: para el ser humano jugar es la forma más seria de aprender. La educación en el juego no consiste simplemente en «entretenerse», sino en utilizar el instinto lúdico como el vehículo principal para adquirir conocimientos, habilidades y valores: saber ganar, saber perder; formamos parte de un equipo; no todo depende de nosotros. Jugar permite ensayar situaciones de la vida real en un entorno seguro: ayuda a gestionar la frustración (cuando se pierde) y a fortalecer la autoestima (cuando se logra un objetivo).
La educación es una herramienta de inteligencia emocional. Quien posee buenos modales y sabe comportarse en diferentes contextos (desde una cena informal hasta una reunión de negocios) proyecta confianza, seguridad y respeto. En un mercado laboral competitivo y una sociedad fragmentada, la educación se erige como el puente más sólido hacia el éxito y la paz social. Valorémosla como un bien escaso y apreciado.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Alberto Amador Tobaja aconseja valorar la educación «como un bien escaso y apreciado». Estoy totalmente de acuerdo y desde hace mucho vengo penando y laborando por develar que como todo valor nos denuncia su «contravalor»: la «contracultura», enmascarada como «progresismo» de eso se ha encargado.
Cordial saludo al autor.