Los hermosos azulejos que, letra a letra, indican los nombres de calles en Andalucía, forman las palabras “Donoso Cortés” en una pequeña calle del Arenal en Sevilla (digámoslo bajito y de puntillas).
Este diplomático del siglo XIX escribió un “Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo”, que, a decir de algunos historiadores, fue el único libro español que influyó en el movimiento realista europeo (el que tan alegre y contundentemente se califica como “reaccionario” sin más… no sea que alguien se anime a leer a ciertos autores y reflexione un poco por cuenta propia).
Hacia el final de este ensayo, el autor, refiriéndose a “las teorías laxas de los criminalistas modernos”, se lamenta así: “El que ayer era llamado criminal, hoy pierde su nombre en el de excéntrico o de loco. Los racionalistas modernos llaman al crimen desventura. ¡Día vendrá en que el gobierno pase a los desventurados, y entonces no habrá otro crimen sino la inocencia!”
¡No habrá otro crimen sino la inocencia!
No se puede definir con más precisión a la sociedad actual. Le benevolencia hacia el criminal es un fenómeno que, aunque espeluznante…es ya sabido. Son muchos los pensadores que lo han constatado, con horror, sin que eso haya tenido el menor efecto. De vez en cuando, alguien alza la voz para denunciar semejante dislate (¿cómo es posible esa simpatía hacia el agresor, y ese olvido total del sufrimiento del agredido…?), pero las leyes y la mentalidad social avanzan, impertérritas, cada vez más en ese sentido, en el de la cariñosa protección hacia el criminal. Y si hay que culpar a alguien, se culpa “al Ayuntamiento, que ofrece poca vigilancia”, a “los seguros, que tardan en pagar los destrozos”… pero nunca al propio criminal, al agresor, al pirómano; se toma casi como un hecho natural. La idea de castigo hacia el delincuente (“Crimen y Castigo”, ¡quién iba a decir que el título de aquella novela famosísima iba a quedar obsoleto! Parecía algo eterno, válido para todas las épocas) se ha desvanecido de manera absoluta.
Agatha Christie (de quien equivocadamente se dice que “se adelantó a su época”, por ser un estribillo que le ponen a cualquier mujer célebre. Precisamente ella siempre defendió la moral de la sociedad victoriana, la de sus primeros años) se lamenta en sus memorias de que ya “si un delincuente entra en una tienda y mata a cuchillo a la anciana detrás del mostrador, nadie piensa en el terror de la pobre anciana. Todo el mundo se conmueve ante la juventud del acusado”.
Julián Marías databa el origen de esta actitud en la filosofía positivista. En una conferencia, con su plácida voz, iba explicando que de eso procede el que en la actualidad, si uno va al psiquiatra y le cuenta que acaba de matar a su padre y a su madre, el especialista le responderá “Bueno, usted tranquilo, ¿eh? Lo importante es que esté tranquilo”. Es curioso cómo aquellos ejemplos extremos, grotescos, que se ponían para que algo se entendiera bien, pero lo considerábamos disparate… pues son ahora la realidad misma, sin ninguna exageración.
En fin, vayamos a la segunda parte de la funesta profecía: “Ya no habrá otro crimen sino la inocencia”. En este aspecto acaso no se ha incidido aún.
Porque la sociedad sí es vengadora, sigue habiendo una idea de “castigo”, de “expiación”. Pero, ¿en quién se centra? En el inocente.
Es el dueño de una tienda, abrumado por inspecciones, requisitos, multas y normas, el que por querer ganar el pan honradamente es objeto tanto de la dureza legal y penal como del recelo popular.
Es la señora que sale del supermercado, a la que acusan de pedir bolsas de plástico, y acaso de tirar la basura, por descuido, en el contenedor que no corresponde.
Es el gran almacén que instala un buen aire acondicionado para comodidad de empleados y clientes: ése es el tratado como culpable.
Se nos culpa por vivir, por ganarnos la vida honradamente, por movernos, por respirar. Por comer, por lavarnos. Por traer hijos al mundo (hay campañas para criminalizar a los que tienen más de dos hijos).
Pero nadie culpa, por ejemplo, al gamberro que con una tapa de alcantarilla (¡una tapa de alcantarilla! ¿Saben lo que es eso, utilizado como arma prehistórica de pura barbarie?) destroza los cristales de un local. Local cuyo dueño es asaeteado diariamente por inspecciones fiscales, de sanidad, de todo, controlado al límite, atiborrado a impuestos (los impuestos sirven para pagar a los policías que multan a los ciudadanos que se ganan la vida. No dan para proteger las calles de vándalos). Nadie “entendería” unas leyes duras para esos delincuentes.
Y de otros crímenes de actualidad, mejor no hablamos.
“Día llegará en que no habrá otro crimen sino la inocencia”.





