En mitad de esta hecatombe de falsedad curricular, adentrados en la denostación del conocimiento, inmersos en una tendente mediocridad a la baja, líderes políticos y “lideresas” se jactan de ser unos pseudo analfabetos con ínfulas de catedráticos.
Mientras la vicepresidenta del ejecutivo aboga por un gobierno de “albañiles y limpiadoras”, a fin de que España sea “maravillosa”, a la par que su currículum mengua, en cantidad y calidad, se pone de manifiesto el riesgo al que estamos sometidos, en especial nuestros jóvenes. Si Aristóteles levantara la cabeza.
Para empezar, la formación es importante para el individuo porque constituye la base sobre la cual se construye su identidad, libertad, pensamiento crítico y capacidad de acción en el mundo. No se trata sólo de aprender datos o habilidades técnicas, sino de adquirir las herramientas necesarias para entenderse a sí mismo, comprender su entorno y tomar decisiones conscientes y responsables.
Desde una perspectiva trasversal, la formación es fundamental. Filosóficamente, permite al ser humano alcanzar su plenitud racional y moral, orientándolo hacia una vida con sentido. Éticamente, moldea la conciencia y fomenta valores como la responsabilidad y la empatía. Desde lo psicológico, fortalece la identidad, la autoestima y el bienestar emocional. Socialmente, es clave para la participación ciudadana y la equidad. Y desde el ámbito económico, impulsa la productividad y la adaptación al cambio.
Poniendo el foco en la capacidad de pensar, la formación permite el desarrollo de la razón y la conciencia, cualidades que distinguen al ser humano y le otorgan la posibilidad de reflexionar sobre su existencia. A través de ella, el individuo aprende a cuestionar, a analizar, a argumentar, y por tanto, a pensar por sí mismo, clave para no depender ciegamente de la opinión ajena ni ser manipulado fácilmente. Todo lo contrario al deterioro que lamentablemente sufre el derecho al pensamiento crítico en nuestros días. Y por ende, las nefastas consecuencias para, como decía Sócrates, poder vivir una vida virtuosa a través del conocimiento de uno mismo.
Una persona formada es más libre porque tiene más recursos para elegir, para imaginar alternativas y para construir su propio camino. La ignorancia, en cambio, somete. Sólo a través del conocimiento, el ciudadano puede desarrollarse de una manera plena. Y en un mundo tan complejo y cambiante como el escenario que vivimos, estar en formación continua no es un lujo, sino una necesidad vital.
Los jóvenes, una franja en la diana
Los jóvenes de hoy enfrentan desafíos complejos tales como la sobreinformación, la incertidumbre laboral, las crisis sociales, la imposibilidad de acceso a una vivienda, la condena de la libre opinión… Una franja de edad que está siendo adoctrinada en el individualismo como forma de éxito, despojados de todo aquello que les hace fuertes. La familia, las personas, el trabajo, el esfuerzo, los valores y principios. En esta franja de edad, cultivarse es clave para su crecimiento como personas libres, críticas y responsables, y para el bienestar y progreso de la sociedad en su conjunto.
Ningunear el esfuerzo académico por parte de los miembros del ejecutivo no sólo es deleznable, sino que denota una perversa intención de asentar la ignorancia como atributo óptimo y la mediocridad como nivel estándar al que aspirar. Y por el contrario, infravalorar el esfuerzo como si de un simulacro de entronizar a nuevos capitalistas, abocados a explotar al pueblo el día de mañana se tratase. Lo más peligroso, no es que lo vendan. Es que lo compren.
Hoy más que nunca, invertir en formación no es solo una necesidad, sino una apuesta por un futuro más justo, consciente y humano para todos. Y quienes no puedan aportar nada mejor, que el silencio les acompañe.





