A la Institución Literaria «Noches del Baratillo».
Sevilla es un cúmulo de historias de sus gentes. Unas de sobra conocidas; otras, como esta que les relato, siguen sobreviviendo en ese limbo tan solo conocido por quienes alguna vez lo han tanteado.
Leerán en más de una, de dos y de tres ocasiones palabras que se reiteran, pero forman parte necesaria del texto, porque son justo esas repeticiones las que le dan el énfasis, la relevancia, a lo que aquí les traigo.
Encontré, hace justo un año, un pequeño remanso muy cerca de San Gil, en el mismo barrio donde la Hiniesta, donde respirar aromas que se me antojaban nostálgicos. No me resultó difícil de llegar hasta él, pero apostado en el empedrado de laberíntico del barrio de san Julián, a las orillas del mismo barrio de la Macarena, parecía querer hacerse de rogar hasta que lo divisé por primera vez.
Llegué a este breve túmulo de la paz por casualidad; buscando gentes con conocimientos sobre mi admirado poeta de cabecera, Bécquer, que pudieran ponerme sobre la pista de la información necesaria para comenzar una nueva obra cuyo protagonista sería él, mi amado Gustavo. Las puertas verdes de aquel pequeño accesorio daban paso, sin yo saberlo apenas, a más de sesenta años de historia de la poesía sevillana condensada en una blanca pared llena de cuadros con escenas de aquella España en blanco y negro del siglo pasado y por la que, confieso, tengo gran debilidad. En el muro opuesto, a casi todo su largo, una estantería hacía reposar sus libros. Al fondo, a la derecha, un viejo piano y, frente a mí, un escenario que recordaba aquellos teatritos humildes de finales del XIX, decorado con una suerte de pinturas enmarcadas que honraban a ilustres literatos. Un dosel, entre el instrumento y el estrado, se erguía mostrando un emblema que rezaba: «Noches del Baratillo. Sevilla, 1950», que orlaban arriba y abajo, respectivamente, una silueteada Giralda con una lira a sus pies.
¿Saben esa sensación de estar en otro tiempo cuando visitan un antiguo monumento? Pues algo así me sucedió.
Existe en Sevilla un lugar donde habita la poesía.
Existe en Sevilla, más allá de sus iglesias, sus museos, sus calles pintadas, sus rincones idílicos, un lugar para perderse y para encontrarse al mismo tiempo a través de las rimas. Existe esa Sevilla de tertulias al hogar de unos versos. Existe la Sevilla de los poetas que se reúnen para mantener la tradición de la métrica y también para jugar con ella. Existe la Sevilla detenida en el tiempo que no olvida que debe seguir viva para seguir siendo ella misma con nuevos vientos. Existe la Sevilla donde la poesía se desenvuelve sin trabas. La poesía de los enamorados de la poesía. La poesía valiente que se recita o se declama por el mero placer de hacerlo; sin buscar méritos, sin anhelar premios, sin vanagloria. Es la poesía de lo sincero.
La que nace de dentro; la que busca el aliento para salir y ser alimento, ¿por qué no?, para el oído atento. Y este paraíso de lo lírico lo tiene Sevilla escondido, como uno de esos pequeños amuletos que se van guardando con el tiempo.
Sevilla tiene –y quizás no lo sabe– una embajadora de sus letras en este escueto museo de la literatura, que justifica la existencia en su honda devoción por los versos y que, con seis décadas a sus espaldas, ya es parte de esa historia chica de la ciudad, que no es sino la íntima; como lo forma, por ejemplo, el Ateneo hispalense: a otra escala, pero sin desmerecer.
La poesía en Sevilla no murió con los grandes bardos, ni bebe solo de los de ahora. Vive también en la humildad de quienes se sienten tan solo amantes de ella, muy cerca de las murallas macarenas –estrofas de piedra–, con un nombre que sabe a devoción del Arenal y suena a antiguos poetas. Existe, como citaba, un lugar en esta tierra donde la poesía se regodea en un rincón del barrio de la Hiniesta.





