La importancia de un acontecimiento se mide por nuestra capacidad para recordar exactamente qué hacíamos y dónde estábamos el instante en que aconteció. Toda una generación fue capaz de recordar dónde estaba cuando Kennedy fue asesinado o cuando el hombre llegó a la luna. La mía no olvidará jamás qué hacía en el instante exacto de los atentados del 11-S en pleno corazón de los Estados Unidos. Algo así no había sucedido jamás, ya que el ataque a Pearl Harbor en 1941 fue en las islas Hawaii, muy alejadas del centro neurálgico del imperio norteamericano.
Recuerdo bien dónde estaba yo, pues aquel año 2001 trabajaba como cooperante en Angola. Justamente esa mañana estaba en Luanda y me encontraba reunido en la oficina de Naciones Unidas en la capital, tratando precisamente sobre temas de seguridad. Que ironía. Las organizaciones humanitarias nos reuníamos semanalmente con la ONU para revisar los mapas de riesgos (minas, movimiento de la guerrilla UNITA, desplazados internos, secuestros…) y actualizar nuestros planes de seguridad. La embajada norteamericana era una fuente valiosísima de información y sus recomendaciones eran muy valoradas por todos nosotros. Y entonces aquella mañana infausta y terrible todo se desmoronó.
Los pasillos del edificio de la ONU empezaron a ser un hervidero de rumores, gente corriendo apresurada, reuniones canceladas, caras pálidas en los rostros apáticos de los funcionarios y ojos enrojecidos en personas anónimas que deambulaban con papeles estrujados en sus manos de oficinistas. ¡Han atacado a los EEUU! ¡Han derribado las Torres Gemelas!
Nos mirábamos unos a otros. Primero sentí incredulidad, pero tardé muy poco en ser consciente de que aquello era real por espantoso que sonara. No habían llegado aún los tiempos del imperio de las ‘fakes’ y mis fuentes eran solventes y muy próximas a la propia embajada norteamericana en Luanda. Recuerdo haber enviado inmediatamente al embajador norteamericano un mail con nuestras condolencias. Mi mensaje no servía de nada, no paliaba el dolor, ni menguaba la rabia, pero yo quería que el embajador norteamericano fuera consciente de nuestra solidaridad sin ningún tipo de ‘peros‘, ni apostillas indecentes de esas que emponzoñan un pésame ¿Cómo olvidar aquel miserable titular de El País tras la masacre de civiles norteamericanos: ‘El mundo en vilo ante la reacción de Bush’?
Nunca vi en Angola las imágenes de los ataques. No era fácil entonces acceder a medios audiovisuales y tampoco hice por llegar a ellos. La gente hablaba de la espectacularidad ‘cinematográfica’ de los centenares de vídeos que circulaban: el impacto de ambos aviones, las víctimas lanzándose al vacío desde cientos de metros de altura, las torres desmoronándose… Nunca quise ver las imágenes, ni siquiera cuando años después ya vivía en España y pude hacerlo cómodamente. No quise, me negué a ello. Y mi negativa no fue tanto por tener un estómago sensible – que no tengo tras haber vivido en un país en guerra – sino porqué de aquella tragedia lo que realmente me hacía daño no era la crudeza de la muerte filmada en directo sino la conciencia de aquellos miles de proyectos de vida arrebatados en segundos. Quizás por eso aquel día de hace veinte años escribí en mi diario: «Matar no solo es quitar la vida; es impedir la creación, el cambio, el amor y el arrepentimiento».
Han pasado 20 años exactos de aquella tragedia. Dumas volvió a reunir a sus mosqueteros 20 años después, mas viejos y desengañados, pero vivos a fin y al cabo y prestos para la acción. Pero 20 años después de aquel asesinato en masa de 2.753 víctimas, lo único que permanece es un vacío enorme, el dolor inconmensurable de sus familiares y amigos y la intuición de un potencial humano truncado por el odio y fanatismo islamista ¿Qué no habrían podido hacer durante estas dos décadas cada una de esas 2.753 víctimas? ¿Qué hemos hecho quienes vivimos? A ellas dedico mi recuerdo alguna vez y muy especialmente en tal día como hoy.
Fernando Navarro García





