A medida que se diluye el concepto de delito tradicional, por no hablar del de pecado, surgen otros nuevos, con una fuerza dogmática verdaderamente descomunal; demuestran que el ser humano es intrínsecamente juzgador y moralizador. Más vale que tenga unos principios morales buenos, porque si los tiene absurdos, los defenderá con el mismo ahínco y dogmatismo con el que otrora se defendían cosas como la patria y Dios.
Leyendo novelas antiguas nos admira a veces la dureza del sistema penal de otros tiempos, de un siglo ha sin ir más lejos. Salen por ejemplo de pasada frases como “cinco años en prisión por robar aquel reloj”… y nos quedamos extrañados, nos parece inhumano. Pues no lo es tanto. Refleja una sociedad donde el principio de “no robarás, no hurtarás” tenía vigencia. Hoy se da por hecho que todo lo que se deje un instante sin vigilancia será robado, como la cosa más natural. Ya responderán las aseguradoras; al criminal nadie piensa en perseguirlo, como no se persigue a la sequía.
Pero, ¡surgen otros “crímenes”, otros grandes “pecados”! ¿y por qué son tan malos?, pues eso no se explica, se da por sentado que lo son, y ya está.
Uno de ellos es “la reventa”. ¡Oh, la “reventa”! Para evitarla se toman todo tipo de medidas, de controles. Si hablamos de un cantante popular, la idea es que nadie se enriquezca más que los promotores. Es un principio comercial del capitalismo, pero, ¿qué tiene de “moral” absoluta?
Pasemos por alto la tristeza de contemplar cómo los eventos cofrades adoptan exactamente las mismas técnicas de los espectáculos más mundanos, con empresas especializadas, venta sólo online… Dejémoslo estar; ahora nos centramos en sólo una cosa: ¿por qué damos por hecho que la reventa de una entrada es algo intrínsecamente inmoral?
Recordemos la época de la venta de entradas física, manual. Para adquirir una entrada se requería permanecer varias horas de pie – algo imposible para miles de personas, ya fuera por limitaciones físicas o de horarios laborales. ¿Y qué tiene de intrínsecamente perverso la contrapartida de unos euros a cambio de un servicio – el hacer la cola una persona joven y con tiempo a su disposición? ¡Ah, que ese dinero no es fiscalizable, que no ingresa a Hacienda! Ese sería su única “maldad”.
La obsesión por el dinero como única medida de todo lleva a situaciones grotescas. Cuando el “Miserere” de Eslava cantado en la catedral en vísperas de la Semana Santa era una verdadera institución, una tradición arraigada, pues, en un momento dado se decidió que “no se podía cobrar por ello, siendo en la catedral”. Esto representó su fin para cientos de personas. ¡Como si el tener diez euros para gastar fuera un privilegio escandaloso! Se impuso entonces el ser sólo por invitación: la mitad más o menos para las autoridades y sus compromisos (¡como si no fuera más de privilegiados el “tener enchufe con alguien del Ayuntamiento” que el poseer diez euros! De ahí se derivaron montones de asientos vacíos: entradas regaladas por funcionarios y autoridades varias ansiosas de demostrar su influencia, que luego no interesan a los recipiendarios); la otra mitad… pues entradas gratis que se recogen a partir de una hora. Es decir, exigían una cola de varias horas de pie – algo inviable para muchísimas personas.
¿Quién debe tener derecho preferente a asistir a un espectáculo o ceremonia? Osaríamos decir, aun sin haberlo visto escrito en parte alguna, que lo más lógico, lo más justo y noble, es que la preferencia sea para aquellas personas con más deseo de presenciarlo. Diríamos “con más interés”, sólo que esta palabra tiene en español un sentido bueno y otro malo; podríamos decir, paradójicamente, que las más merecedoras de presenciar algo deben ser las personas “que tengan en ello más interés, pero un interés desinteresado”. Es decir, que tengan un deseo más puro y sano, por puro deleite o puro devoción, de participar en algo.
¿Cómo se mide ese deseo? El dinero es simplemente un instrumento, un instrumento como lo es la fregona para limpiar, no hay ni que adorarlo ni que demonizarlo. Un síntoma de enorme interés por algo suele demostrarse en que en ese momento a la persona no le importa el gasto – sin que eso indique que “sea millonaria”. En la época anterior a los vuelos de bajo costo, y a las llamadas telefónicas “gratis”, una madre no paraba mientes en llamar a su hijo en el extranjero, o en pagarle billetes de avión para que volviera a casa con frecuencia. Un estudiante tampoco lo dudaba, sacando el dinero de donde fuera, para hablar unos minutos con su novia en otro país. Siempre había algún idiota que diría, al ver a su amigo echando un enorme puñado de monedas, que duraban pocos instantes en la cabina telefónica: “¡Oh! ¡Eres muy rico!”. No tenía que ser rico; es cuestión, como hoy se dice, de prioridades. Ya ahorrará en otras cosas.
Alguien a quien algo le interesa tantísimo (interés en su sentido más puro: deseo de un deleite personal, inocente, algo con lo que “no va a ganar dinero”, sino que más bien lo hace olvidarse de él; un “interés desinteresado”) que no para en barras de pagar lo que le pidan por ello, pues puede ser quien más merece presenciarlo.
Acaso convenga aclarar que jamás en toda la vida una ha revendido nada, ni comprado nada revendido (también por la escasa inclinación a los espectáculos). Y que las procesiones prefiere verlas en su fecha y por las calles habituales, y de pie.
Pero no entiende la ferocidad desplegada en la organización de esta Magna justo para evitar que la presencien las personas que tendrían más deseo de ello.
(“Exigiremos el DNI para que corresponda con el del comprador de la entrada”, dicen, como quien enuncia los Diez Mandamientos. ¿Y por qué? ¿Y si el comprador se pone malo, o decide irse de viaje, o le deja de apetecer, y en ese momento quiere regalársela o incluso vendérsela a otra persona con más interés en ello? Se nos escapa qué tiene eso de intrínsecamente malo).
Como en el caso del Miserere, se va a lograr el despropósito total: prohibir la entrada al público que obtendría más deleite sincero, placer puro, genuino (como el novio que en la cabina telefónica se olvidaba del dinero), y favorecer a los dueños de otro tipo de tentáculos, muchísimo más difíciles y retorcidos de poseer que el contar con unos euros en el bolsillo.





