
Antonio García Barbeito nos dejó claro hace poco tiempo, con su penúltima publicación (Donde habita la memoria, Almuzara 2024), que la memoria del hombre habita en la niñez, en la infancia. Es en esta etapa vital del hombre, en la que todos los días se estrena una nueva ilusión —que aún no es tiempo de sufrir viejas desilusiones—, tras la que se ocultan los recuerdos de la felicidad plena. El poeta siempre vuelve su mirada evocadora a los primeros años de su existencia: Rafael Montesinos con Los años irreparables, Javier Salvago con Aquí nací, este es mi pueblo, García Lorca y sus recurrentes idas y venidas al juego infantil, Romero Murube con Pueblo Lejano, Aquilino Duque con El rey mago y su elefante, Jacobo Cortines con Este sol de la infancia o Paco Robles callejeando por Sevilla con El niño del callejón, por ejemplo. Una niñez vivida y sufrida desde la más pura inocencia.
Y la vida de pañales y sonajeros de Antonio, su infancia, está marcada, y enmarcada, por los campos del pueblo sevillano de Aznalcázar, celta y romano: campos de pinos —como el de Fuentepiñas de Juan Ramón, donde quedó sepultado Platero—; campos lindantes con la marisma —como la de Fernando Villalón en su Romances del 800—; campos de viñas y chumberas —que “Las viñas son su sombra y su miseria, no su prosperidad”, según Miguel Hernández; besanas para el trigo y los garbanzos, hilás de olivos —testigos mudos donde trasmina el esquimo primaveral— a los pies de Manuel Halcón.
Antonio García es un niño del Aljarafe. Un niño que aprendió a mirar la vida y el mundo desde esa cúspide sevillana que otea, a la misma altura que la Giralda, Almonte y la Huelva colombina. Allí nacieron Trajano y Adriano. Y el Excelentísimo Señor Francisco Romero López, el que paraba el tiempo desde el tercio de la Maestranza. Allí, en lo que los moros llamaron Al-Xaraf, murió Hernán Cortés, el conquistador el Imperio Azteca. Allí comenzó a soñar Camarón, el de la Isla de León, lo de La leyenda del tiempo con Ricardo Pachón, Juan El Camas a los peroles, los Pata Negra a la guitarra de palo y la memoria de las letras de Villalón, Federico. Desde aquella elevación de barranqueras escribió sus cosas, como “balas de plata”, Carlos Lencero. Allí podemos contemplar el monumento, fundido en bronce, al toreo: tres toreros, un picador, un alguacilillo y, en la parte trasera, representando una alegoría de la vida y la muerte, dos figuras femeninas navegando en un barco. Y es que desde allí, desde el mismo Aljarafe, se adivina el Gelves de José y el Altozano de Juan.
El maestro escribe desde su hábitat y para su hábitat: firma lo que está viendo y viviendo. Lo de García Barbeito, a estas alturas de partido, está siendo darle una vuelta de tuerca más, un retruécano memorialista, a lo que tenemos ya asumido. Así, para él la “memoria” reemplaza al “olvido” de Luis Cernuda y “la palabra” sustituye “las cosas” de José Antonio Muñoz Rojas.
La palabra del campo (Almuzara, 2025) es un texto límpido, transparente, que suena a arroyo que fluye libre por entre los eucaliptos; es una prosa clara, cristalina; es un alegato de la vida y la muerte en el campo, con sus matronas y sus cementerios blancos y tranquilos; de la sabiduría del hombre del campo que se las sabe todas; del trabajo a destajo, de las labores de sol a sol; del vivir una vida entera mirando al cielo; de la paciencia del que siembra y espera segar; del “aquí no hay más prisas que las que te marca el tiempo”…
Antonio García Barbeito nos deja afirmaciones rotundas en un libro que huele a campo, que sabe a tierra (¿Verdad, Álvaro?) y que honra a los que en él vivieron y a los que en él vivimos. Un corte de mangas a los que desprecian el valor y el coraje del pueblo. Unas páginas que sentencian —para que resuenen como un “Silencio, pueblo cristiano…” en la voz de Manuel Centeno— líricas tan bellas como las que siguen:
“Nadie más rico que la gente del campo”.
“La vega, que tiene la humedad en el lomo”.
“He ido a buscarte a la dehesa que se ondula o se hace meseta breve desde la que se divisan las cicatrices de las gavias que fue abriendo durante años la mano del agua violenta de las lluvias…”
“La lluvia escribe su diario, o el viento limpia la pizarra del aire, o el campo huele a mujer con cinco lunas dentro”.
Lo de García Barbeito en La palabra del campo es extemporáneo, fuera del tiempo y del espacio. Lo mismo nos sirve para estos tiempos de ceodoes y ecologismos baratos que en lo de las sentencias romanas del Séneca de Pemán, como el Juan de Mairena de Antonio Machado. Lo de Barbeito son cosas de un Hesíodo moderno, tal cual un Jenofronte de nuestros tiempos. Da igual el arado de palo que el tractor apañado con un gps.
Lo dicho: un hombre que escribe —como lo ángeles que bajaron del cielo a la Virgen de las Angustias— que vive en el campo, en el mismo campo donde nació y ama, que “El niño andaba el campo, iba trazando por él un mapa en el que ya distinguía por dónde amanecía, por dónde atardecía, por donde llegaban la sombra y las sombras, que no es lo mismo…”





