Vivimos en un mundo tan desconfiado que les sonaría increíble a nuestros antepasados de hace tan sólo un siglo.
Todos somos delincuentes por defecto, y así se nos trata. Los sistemas de seguridad de cada objeto de cada tienda, las largas filas de pasajeros en los aeropuertos para ser registrados… las perchas y secadores de pelo en hoteles de cinco estrellas “para que nadie se los lleve (ya nos se dice ni robar, sino “llevárselo”. A ese punto llega la naturalidad con que se asume que si algo no está pegado en su sitio, alguien “se lo llevará”).
Los ladrones han abundado en todas las sociedades, por supuesto. Pero la naturalidad con que se asume que todos los ciudadanos seguramente son ladrones –ya ocupen puestos distinguidos, ya se alojen en hoteles de lujo- eso es más bien sólo de nuestro tiempo.
La cosa llega a límites grotescos ahora que se nos obliga a tener “móvil inteligente” (lo solemos tener, sí, pero que resulte obligatorio ya es el colmo) para hacer cualquier operación bancaria (los bancos se niegan a hacerlas. No se sabe muy bien para qué sirven…). Vengan claves de seguridad, identificaciones, comprobaciones… Y cuando parece que está todo hecho, ahora “recibirás un mensaje en el móvil (encima el tuteo despectivo) para asegurarnos de que tú eres tú”.
No se dan cuenta de que, una vez que se ha perdido la confianza en el sistema, cada nuevo paso de “comprobación” es inútil, es otra puerta a la delincuencia… es una lucha incesante… Ser tratados como delincuentes desde la mañana a la noche seguramente nos convierte en tales. El sistema no se centra en castigar a los infractores, como se ha hecho toda la vida, sino en poner trabas físicas para “hacer cada vez un poquito más difícil” la infracción – lo que no hace sino estimular a los posibles infractores, incluso animarlos.. Esto es una lucha en la que el más ingenioso gana – ¡adelante pues!
La palabra delincuente ni se emplea. El “hackeador” exitoso no será castigado, ni siquiera está muy mal visto (que eso constituía, hace cien años, la mejor arma contra el delito. Un señor sorprendido hurtando quedaba arruinado socialmente). Simplemente, el sistema implementará una traba más, otro “código para asegurarnos de que tú eres tú”, para estimular su ingenio para la próxima vez. Y entretanto se hunde la calidad de vida del pobre ciudadano honrado, abrumado en este mar de comprobaciones, registros y cortapisas…
Pero de repente, en este mundo de delincuentes para delincuentes, en este infierno de desconfianza… ¡aparece la palabra Ucrania! ¡El concepto Ucrania – en 2021 casi desconocido, y en 2022, de la noche a la mañana, equivalente a idea de honradez, bondad y probidad absolutas!
La misma persona a cuyo lado no dejaríamos ni un instante nuestro bolso (qué digo bolso, ¡ni un paraguas dejamos un segundo sin vigilar!), si anuncia que se dispone a “recoger comida, ropa y juguetes para Ucrania”, la atiborramos de productos, llenamos camiones, y con toda la buena fe del mundo, nos creemos que va a recorrer, llenando su depósito de gasolina, los miles de kilómetros que van de Dos Hermanas a Kiev, para allí, mediante un perfecto sistema de organización, distribuirlo entre justo las personas que lo necesiten, para luego regresar a España, volviendo a gastar gasolina, con su camión vacío. Nadie lo duda. Es más, miran con horror a la persona que pueda ser tan cínica y desalmada de ponerlo por un instante en duda.
A algunos esto nos provoca casi una crisis de identidad.
¿Quién soy? ¿Cómo soy?
Una se tenía por Doña Ingenua. Por creer, y seguir creyendo, que los misioneros españoles en el siglo XVI iban realmente a evangelizar; que la fe de Felipe II era auténtica; que a los constructores de catedrales les movía un ideal generoso… todas esas cosas que provocaban continua burla y ridiculización, especialmente en el ámbito académico. Ya lo tenía asumido.
Y de repente… ¿me he convertido en Doña Cínica?
Alguien me cuenta con horror e incrédula indignación que uno de los que iban “a Ucrania” con el camión cargado de ropa y juguetes, lo que hizo fue venderlos en el mercadillo de la ciudad más cercana. Y soy la única que no se sorprende (me hubiera sorprendido lo contrario).
Claro que ese detalle es insignificante. ¿Qué sucede con el inmenso movimiento de armas – las armas son útiles para matar, recuerdo (con el sobrenombre de “para Ucrania”, parece que esto se olvida, que son algo dulce y tierno)- con el gigantesco tráfico que se está produciendo, de “ayuda”? ¿Todo es con fines humanitarios? ¿A nadie se le ocurre que se puedan estar haciendo feos negocios millonarios? ¿El elemento delictivo del ser humano, que a cada minuto tenemos presente, tanto que ni nos deja vivir, de repente se desvanece?
En una sociedad que trata al prójimo como delincuente, y lo ve tan natural… basta la mágica palabra “Ucrania” para que creamos que este universo es un cuento de hadas.
¿Quién es cínico? ¿Quién el ingenuo?
Hay crisis de identidad, ciertamente. Europea, nacional, y hasta personal.





