Hay una parte de la felicidad que consiste en saber que la gente está ahí, que existe aunque no la veas, aunque no te la encuentres. Y te tranquiliza eso de una manera inconsciente, como si de esa forma sintieras que la vida lo tiene todo en orden o, en el peor de los casos de este convulso planeta, lo más en orden posible. Es la felicidad callada y pacífica que te da la idea diaria de que están los tuyos, por lejos que se encuentren, y toda la gente que aprecias. Sin ir más allá de los propios hijos, ¡cuántas veces sus vuelos naturales de juventud sólo te los llevan y te los traen ya del recuerdo de una infancia que te los daba siempre a tu lado, esperándote invariables en casa! Y sin embargo ahora, que tanto van y vienen, llega a bastarte que nunca te den una mala noticia sobre ellos. Insisto: hay una felicidad -más de la que supondríamos- que es aquella que nos da saber que la gente, que tus amigos, que tu familia, están bien.
Don Otto Moeckel es una de esas personas queridas -inolvidable en sus ojos- que no veo a menudo (más bien de tarde en tarde), pero saberlo en la vida y entre el censo de esta ciudad me hace respirar más natural el aire de las calles y, no digamos, el que cruza salobre la de Adriano.
Hoy ha cumplido 92 años este sevillano de Alemania o este alemán de Sevilla, que hay espíritus tan maravillosos como para ser capaces de abrazar tan largo la tierra. Y ni siquiera le he llamado, ni siquiera tengo su teléfono. No hace falta. Me es suficiente con haberme enterado de que camina por ese tiempo de la vida que coincide con los días de la nuestra. Porque hay personas que hacen de la vida más vida mientras la habitan… y menos vida cuando se van.
Don Otto hace además a Dios más esperanza, a Sevilla más única y al Arenal más azul: ese azul de mis cofradías de niño, de La Carretería de mi tío Juan Castro, aquel que lloraba bajo el azul antifaz en los versos de Florencio Quintero, y también aquella cofradía de polka y retreta que cogía entonces por García de Vinuesa, la que yo veía salir desde un balcón de mis abuelos pegado al mismo muro de la capilla. Entre sus nazarenos iba un hombre al que yo tendría el placer de conocer andando el tiempo, iba un alemán de Sevilla y un sevillano de Alemania que acabaría convirtiéndose en Germano Mayor del Baratillo.





