El hecho de que hoy día si nos hallamos por ejemplo contemplando una procesión, tengamos que hacerlo en medio de la maraña de dispositivos que, alzadas sus pantallas, la fotografían o graban, es algo mucho más profundamente destructor de lo que parece.
No se trata de una molestia más. Los que deseamos ver las cosas con nuestros propios ojos somos minoría, sí, aunque no tan pequeña como se quiere hacer ver; desde luego no merece ese trato de desdén tan absoluto, y además irónico en una época que tanto presume de su “respeto a las minorías”. En fin, muchos de esa minoría no tan desdeñable, pues comentan lo difícil que resulta ver la imagen (por poner el ejemplo de una imagen procesional aunque este fenómeno es aplicable a todo), lo difícil que es verla al natural, por tener que esquivar las múltiples pantallitas que se alzan en medio de la línea visual. Pero todavía esta protesta no va al fondo de la cuestión.
Pues si el problema fuera el tener que mover el cuello, ponerse de puntillas, esquivar un obstáculo visual… entonces entraría en la misma línea que cualquier otra leve molestia (un ruido de fondo, alguna charla incesante, alguien soltando cáscaras de pipas, cualquier objeto que no deje ver… cosas ellas inherentes al hecho de estar entre la multitud). Si la abundancia de cámaras supusiera sólo otro obstáculo más a los ya existentes, pues no sería tan grave. Ese componente de incomodidad, de riesgo, de cierta molestia, es hasta un ingrediente más de la experiencia de ver algo en vivo y en directo. Incluso parece echarse de menos cuando no se da: no emociona lo mismo ver algo desde la comodidad de un balcón que cuando la dificultad, y el enorme deseo de ver, nos ha obligado a permanecer largo rato de puntillas…
No: el efecto demoledor de tantísimas cámaras es mucho más grave. Sonará tremendista, pero el efecto es anular la vivencia sin más. Así.
Vivir algo en medio de la multitud no es lo mismo que hacerlo a solas. Se podría hablar indefinidamente del fenómeno de estar entre la multitud, también de sus peligros, como se ve en tantas ocasiones… Pero centrémonos en su parte amable, la que añade intensidad a las cosas. ¿Es lo mismo presenciar un espectáculo con las gradas abarrotadas, que medio vacío…? ¿Es lo mismo un Aula Magna llena que con tres o cuatro alumnos…? Lo primero anima, sube la moral, crea un pathos, eleva el tono. “Con pueblo innumerable…” rezan las crónicas que se proclamó reina a Isabel de Castilla, como alardeando de legitimidad. Las cosas solemnes debían hacerse a la vista del pueblo mientras más numeroso mejor (“Dichoso el rey cuyo pueblo es numeroso”, dice el salmo).
Vivir algo formando parte del “pueblo innumerable” supone una experiencia única; no por difícil de describir deja de ser algo concretísimo, que hasta se palpa. Si hablamos de una procesión que se vive con intensidad, entre las personas que llenan la calle aunque sean desconocidas, se crea una especie de vínculo (justo aquí es donde mejor vendría la palabra “solidaridad”, si no estuviera ya tan gastada): son las que están viviendo ahí plenamente ese momento, y seguramente sintiendo algo parecido (si no, no se hubiera acudido a algo tan incómodo y no obligatorio).
Cuando entre ese público, resulta que la mayoría se dedica a hacer fotos y vídeos, y a enviarlos a otras personas que no vemos… ese vínculo se desvanece totalmente. Ya no es una multitud que comparte una misma emoción. Ya cada uno está en su propio mundo virtual, que, por la peculiaridad de la psicología humana, tiene mucha más fuerza que el real. Ya la persona que no hace fotos se halla infinitamente más sola que si estuviera realmente sola en la calle.
Quien está haciendo fotos, no está en lo que está. Incluso la psicología ha inventado términos que en otra época no hacían falta, tales como el “flow» (algo así como olvidarse de uno mismo, sumergirse completamente en lo que uno está haciendo o contemplando), y luego el “mindfulness” (concentrarse plenamente en lo que se hace, por nimio que sea)… ¡Es curioso!, hoy se imparten hasta cursos para seguir estas técnicas, y se paga por ello, puesto que, dicen, son fuente de felicidad. Pues se conseguirían el “flow” y el “mindfulness” simplemente no haciendo fotografías ni vídeos. ¿Habrá un ejemplo más puro, más real, de esa absorción en el presente, que el de los sevillanos que contemplaban el paso de las cofradías en los años anteriores a los teléfonos móviles?
Ahora, la persona ya no se deja absorber por lo que contempla. Mentalmente se piensa en cómo saldrá la foto, y en las personas que la verán. Ya la mente no se une a nada más elevado, entra en el rango de lo banal, casi del chismorreo. Y se le envía la foto a personas lejanas, casi desconocidas, con las que hace años que no cruza palabra; o a desconocidas del todo. ¿Qué sentido tiene, a qué le llaman “compartir”?
Alguien podrá decir: “Bueno, estira el cuello, mira tú la procesión con tus ojos, y olvídate de lo que hagan las personas alrededor”. Claro. Físicamente se puede. Espiritualmente, resulta que así ya apenas transmite nada. Ya no es una vivencia comunitaria; para eso mejor verlo, si hablamos del Niño Jesús, cualquier día en su iglesia a solas (“a solas”, bueno, junto con las cámaras de los turistas). El sentido de una “procesión” (la imagen que avanza, acercándose al pueblo que la espera expectante) se ha anulado.
Una frase repetidísima para justificar la grabación y retransmisión de todo tipo de procesiones, incluso las más modestas, es la de “Así llega a todo el mundo, ¡y lo pueden ver todas esas personas mayores que están en sus casas…!”
Ante eso, ¿cómo responder? Que así “llega”, vale, pero llega al precio de dejar de existir. Se comunica lo que ya no existe. “Gustará”, bueno, sí, gustará. Gustará la retransmisión – el hecho en sí ya no se da. Es como esa luz que aún nos llega de estrellas que ya no existen. La procesión se ha convertido en una de las materias primas necesarias para el verdadero “producto”: las retransmisiones.
En sus agudas observaciones sobre la vida en los Estados Unidos, Julián Marías citó una frase a la que luego daría un uso metafórico, al referirse a lo humano; pero la sola frase ya es expresiva, dice: “Los ríos americanos arrastran mucha más agua que los europeos… Arrastran más agua, pero menos versos”. ¡Qué verdad! Pensemos en el Tíber, de tan pequeño caudal aun a nivel europeo, pero. ¡menuda carga histórica, literaria, poética! (Quevedo “Sólo el Tíber quedó, cuya corriente/ si ciudad la regó, ya sepultura/ la llora con funesto son doliente/ ¡Oh Roma, en tu grandeza, en tu hermosura/ huyó lo que era firme y solamente/ lo fugitivo permanece y dura!”). Contemplar el Tíber, el Arno, el Danubio, el Rin, el Duero no es tanto un espectáculo natural sino empaparse de siglos y milenios de civilización (“la Mosa, el Rin, el Tajo y el Danubio/ murmuran con dolor su desconsuelo”, de nuevo Quevedo, concluyendo el soneto homenaje al fallecido Duque de Osuna).
¿Qué transmiten las imágenes religiosas? La maestría artística no lo es todo, ni siquiera es lo principal. Lo que transmiten las más veneradas es que llevaban consigo el aura de millones de oraciones ante ellas depositadas durante siglos. Pero en las últimas décadas, cualquier imagen religiosa ha recibido muchos más disparos de cámaras fotográficas que oraciones. Eso acaba notándose. Es tan intangible como cierto.
Los ríos del Nuevo Continente “arrastran más agua, pero menos versos”. Las imágenes religiosas del antiguo… arrastran más fotos, pero ya menos unción.





