Ahora que se va celebrar el fallecimiento del Dictador gallego, aconsejable sería traer a nuestras memorias y a nuestras conciencias, algunos detalles de trascendental importancia.
En principio no parece muy acertado denominar una celebración a la culminación del periodo de la Historia de España (entre multitud de ellos), que no son dignos de un festejo, sino de lección para que en el futuro no se repita. Por otra parte los nostálgicos, y la juventud que desconoce esta experiencia, vuelquen sus ímpetus contra una actualidad que no es muy ejemplar.
Adentrándonos en el sistema político, no deberíamos caer en la trampa de un cambio de denominación, titulándolo de democracia, lo que es simplemente la libertad del alboroto, la reclamación despreciada y otras lindezas, y que con modernas adaptaciones continúa siendo una dictadura. Con la dictadura aparecía un solo mando, lo cual no era cierto, puesto que era un grupito, y lo de ahora son dos o tres callecillas de los distintos partidos, muy similar a la Troika rusa, que han pasado a ser los propietarios. En este contexto se define por sí mismo el Ministerio de Igualdad, cuyo único objeto es el cambio de dominio del varón sobre la hembra, es decir cambiando el derecho a los abusos, pero nadie es capaz de demostrar que ese órgano del Gobierno se preocupa de que un empleado de la banca en Madrid gana seis veces más que un campesino andaluz. Tampoco se ha preocupado que los impuestos, sus exenciones y su distribución sea proporcionales en razón de la situación de cada español según en el sector en el que este inmerso. Ni que un trabajador necesite una cantidad de años para jubilarse mientras que un político le basta salir del cargo para llevarse de nuestros impuestos unos sustanciosos ingresos para el resto de su vida. Hace unos días por televisión nos enteramos de que unos parlamentarios europeos, sólo percibían una dieta por la asistencia a las sesiones, sin más ingresos. De esta forma pocos políticos iban a ver en nuestro país donde existe una casta cuajada de palmeros y babosos.
Todavía hablan con desfachatez de la importancia de los presupuestos. Alguien tendría que explicar de donde sacan los presidentes de Gobierno españoles, esas partidas para favorecer de manera caprichosa o interesada a una parte de la población. Porque como decía Alfonso Guerra: “El que se mueva no sale en la foto”.
¿Hay la misma igualdad ante el IRPF de un trabajador que no incluye alguna partida (aunque no corresponda), que el tratamiento a uno de esos ladrones de guante blanco, que le rebajan la sanción o le condonan la deuda?.
Luego yo me pregunto si estamos o no estamos en una dictadura descarada. Franco llevaba razón cuando dijo “Todo ha quedado atado y bien atado”.
En las vísperas de la llegada al poder de Felipe González, en su programa incluía la nacionalización de la industria eléctrica. Me dirigí a él para aplaudir la idea, pero que antes había que rentabilizar todas industrias del INI, porque entonces el desbarajuste iba a aumentar. Me dio las gracias, y aquello quedó parado.
Más adelante, con la falsedad de la reconversión y Rumasa el número de parados se disparó. Por aquellos entonces los sabios políticos-economista decidieron potenciar, con dinero estatal, una pequeña empresa de producción (ENDESA) que con sus “legales” OPAS fue absorbiendo a las grandes empresas, como eran Sevillana de Electricidad, Fecsa, Fenosa, etc. Con esta aparente nacionalización, la puso en la Bolsa para llegar a nuestros días a capital italiano (es el libre mercado), a quien se le da toda clase prerrogativas, frente al indefenso consumidor.
Esto nos obliga a comparar a aquella dictadura por esta falsa democracia:
En la década de los setenta pasados el Ministerio de Industria establecía anualmente unas tarifas con carácter nacional que se clasificaba por bloques de consumo, y suministros domésticos, e industriales. Los datos que disponemos procedentes del Banco Urquijo nos dice que las acciones eran de 500 pesetas y la rentabilidad anual del 10% sobre el nominal. Había otros gajes como eran las ampliaciones de capital, regularización de balance, etc. En una palabra, todo accionista sabía sobre poco más o menos cuánto podía ganar, y todo consumidor dedicaba un gasto regular para hacer frente a las facturas, sin tener que levantarse de madrugada para poner la lavadora, ni llevarse la ingrata sorpresa en cada cargo.
Ahora con una democracia (ja, ja, ja), y con unos políticos demócratas (ja, ja, ja), hasta la médula, estamos en manos perversas, no sólo en la energía eléctrica, elemento de primera necesidad en la económico y en lo social, sino también en la gasolina, el aceite de oliva, tan español, que subió por culpa de la guerra Rusia-Ucrania, o la desvalorización de los ahorros de los pequeños ahorradores, y algunas cosillas más. Pero claro, hay que reconocer que antes de este atropello democrático, los políticos tienen que solucionar sus sueldos, sus ambiciones, su perpetuidad bajo las ubres del papá Estado (es decir el pueblo que trabaja), la estabilidad en sus intereses y sus comisiones.
En definitiva, que alguien explique qué diferencia hay, salvo el derecho al pataleo, entre aquella dictadura y esta democracia española, pero mientras tanto, con mi confianza que no cuente tanta morralla extraída del fondo más oscuro de las conciencias.





