Había una vez, en un barrio luminoso de Sevilla donde el aire olía a azahar y las tardes se teñían de naranja, una niña llamada Mariló. Tenía los ojos grandes, curiosos, como si en ellos cupiera todo el cielo de Andalucía, y unas manos pequeñas que nunca estaban quietas. Siempre llevaba consigo un cuaderno gastado y un lápiz mordisqueado, porque Mariló no solo miraba el mundo: lo dibujaba.
Desde muy pequeña, mientras otras niñas jugaban al elástico o a las muñecas, ella se sentaba en un rincón y observaba. Dibujaba los balcones con macetas rebosantes, las sombras alargadas de las viejas torres con campanas de la ciudad al atardecer, el vuelo de las palomas y hasta las manos arrugadas de su abuela cosiendo junto a la ventana. Sus padres decían que tenía un don, pero Mariló no lo llamaba así. Para ella, dibujar era simplemente su forma de respirar.
Sin embargo, había algo que la inquietaba. A veces, cuando terminaba un dibujo, lo miraba fijamente y fruncía el ceño.
—No está vivo —susurraba.
Su abuela, que la observaba en silencio, le preguntó un día:
—¿Y qué le falta para estarlo?
Ella dudó. No sabía responder. Solo sentía que, aunque sus dibujos eran bonitos, no lograban capturar aquello que ella veía en su interior: la emoción, la luz, la alegría, la “gloria”, como ella misma la llamaba sin entender del todo qué significaba.
Pasaron los años y Mariló creció, pero no dejó de dibujar. Estudió Derecho y se convirtió, con el paso del tiempo, en procuradora. Un verano, cuando el calor apretaba y Sevilla parecía dormirse en sus propias calles, conoció las playas de Sanlucar de Barrameda. Sus playas, sus pinares y sus puestas de sol.
Aquel día, su corazón dio un vuelco. Había visto con sus propios ojos, grandes y claros, lo que siempre había soñado con dibujar.
Siguió creciendo y el amor se cruzó en su vida. Siguió dibujando, pero no albergaba la más mínima ilusión de nada con ello. Solo buscaba encontrarse y plasmar lo que veía y sentía. No pintaba para ganar nada, sino para expresarse, para mostrar su alma.
Las puestas de sol parecían pintadas por un artista invisible. Sus meninas eran como las que alguna noche soñó Velázquez. Y el cielo se llenaba de tonos dorados, rosados y violetas que se reflejaban en el agua como si el mundo entero ardiera en belleza.
Mariló se quedaba inmóvil, mirando, tratando de memorizar cada matiz.
—Esto… esto es la gloria —murmuró una tarde.
Comenzó a recorrer la vida acompañada de su cuaderno. Dibujó las tabernas donde la gente reía con una copa en la mano, las mesas llenas de marisco, las conversaciones que parecían canciones. Dibujó la playa, con niños corriendo descalzos y caballos dejando huellas efímeras en la arena. Dibujó las plazas, donde los vecinos se saludaban como si fueran familia.
Pero cuanto más dibujaba, más sentía que algo se le escapaba. Una noche, sentada frente al mar, rompió a llorar.
—No puedo —dijo entre sollozos—. No sé dibujar esto.
Un anciano que paseaba cerca la escuchó. Se acercó despacio y se sentó a su lado.
—¿Qué es lo que no puedes dibujar, niña?
—La gloria —respondió Mariló—. Todo esto es hermoso, pero cuando lo pongo en el papel… no es igual.
El anciano sonrió con dulzura.
—Claro que no es igual. Porque la gloria no se copia.
Mariló lo miró, confundida.
—Entonces, ¿cómo se dibuja?
El hombre señaló el horizonte, donde el sol estaba a punto de desaparecer.
—Mira bien. ¿Qué ves?
—Colores… luz… el mar… y oigo los cascos de los caballos sobre la arena mojada de la playa.
—Eso lo ve cualquiera —dijo él—. Pero, ¿qué sientes?
Ella cerró los ojos.
—Siento calma… alegría… como si todo estuviera bien.
—Ahí está —dijo el anciano—. La gloria no está en lo que ves, sino en lo que sientes. Si dibujas solo lo que ven tus ojos, harás imágenes bonitas. Pero si dibujas lo que siente tu corazón, entonces harás algo vivo.
Mariló se quedó en silencio. Nunca lo había pensado así.
Y ahora ha cerrado los ojos para dibujar lo que siente cada vez que Sanlúcar grita al mundo que es el rincón más bello del mundo.





