Los días de lluvia —“si llueve, no importan / distancia ni tiempo”, que escribió Javier Salvago— nos trasladan a la infancia. Al menos, a servidor. Que la lluvia en mi memoria, al contrario de lo que creía Pessoa, no es muda. La lluvia es el chocar de las gotas de agua sobre las hojas de las plantas del patio, el repiqueteo incesante sobre las losas, presentir las calles vacías, el olor a tierra mojada, el calor de la mesa de camilla, la presencia de la madre, el tacto del libro, mirar por la ventana, a través del cierro, viendo llover sobre los árboles, sobre la tierra. “Todo era más entrañable cando llovía”, que dijo Woody Allen.
Si además te has criado en un pueblo que se calienta del campo, más. Que el agua es condimento indispensable para el agricultor, que no es profesión sino una vida entera al servicio del olivar y de la calma. Este año, sin ir más lejos, el agua que sufrimos en Semana Santa la disfrutamos en las cosechas de trigo y girasol. Y en la de la aceituna. Que no hay mal que por bien no venga, que Dios aprieta pero no ahoga.
También me arrastran hasta la infancia estas fechas de Todos los Santos, ahora festejada con lo de Halloween, americanada que cambia la lectura de “El monte de las ánimas” de Bécquer —“La noche se acerca, es día de Todos los Santos”— por el dichoso truco o trato, los ramos de claveles por los disfraces. En mis tiempos, la ropa de invierno se estrenaba el uno de noviembre o el día de la Inmaculada si aún no había llegado el frío contra el que se luchaba con la copa de cisco y la badila.
Los días de lluvia y el día de Todos los Santos me llevan, irremediablemente, a la infancia. El alma necesita de esos días de mirar sin ver para encontrarse consigo misma, para dar con la tecla aquella que perdimos hace ya demasiado tiempo, que mi infancia se la llevó un perro en la boca, como la de Fernando Villalón se la llevó un toro a los lomos. “Llueve tu voz, y llueve el beso triste”, que dejó escrito Vicente Aleixandre.
Pero la lluvia, en exceso, es un desastre: “catastrófrico” que decía un amigo mío. La naturaleza sigue su curso por mucho que los humanos nos empeñemos en domeñarla. Con la vida no hay quien pueda y la naturaleza es vida: agradable y canalla, feliz y asesina a la vez. No tenemos más que mirar lo ocurrido estos días en zonas de España donde el agua, la lluvia pertinaz, ha matado y ha destrozado a su paso. Porque cuando las aguas se desbocan ya no hay forma humana de sujetarlas. La naturaleza es así: lo mismo nos da la vida que nos la arrebata con sus excesos.
La nación entera se ha vestido de luto por el más de centenar y medio de vidas que se han perdido estos días —vísperas de los Fieles Difuntos—, por las familias que han quedado destrozadas por el dolor y sin un techo bajo el que cobijarse. Y por los que han dado su vida tratando de salvar otras, que estas catástrofes sacan lo mejor y lo peor del ser humano —máscaras fuera—. La naturaleza dispone y el hombre tiene que recomponer lo dispuesto, tanto desde el alma como desde la cartera. Ojalá las promesas que se están haciendo estos días para todos los damnificados no caigan en saco roto y se olviden en una, dos, tres semanas.
Que en Sevilla sabemos lo que es esto, y bien que lo sabemos, aunque solo sea por recortes de prensa en color sepia. Solo hay que irse sesenta, setenta, años atrás para recordar aquellas riadas canallas de los arroyos Tagarete y Tamarguillo, que tan inocentes parecían y que tan irreverentes se volvían cuando las aguas se salían de madre. Familias sin casa, penas, miserias y, además, la muerte en la Operación Clavel, comandada por Bobby Deglané, que las desgracias nunca vienen solas. Y aquella vez, las buenas intenciones en vez de bálsamo fueron candela sobre candela.
Es hora de arrimar el hombro y, sobre todo, de no olvidar lo que ha ocurrido. Que cualquier otro asunto no tape las vergüenzas que hemos sufrido esta semana. Que las familias sean reparadas en todo lo posible, aunque a los suyos, que se han ido con el agua —“que el río se ha vuelto loco”— , no los volverán a recuperar. Que no los echemos en el olvido. Que “no se vaya a secar esta lluvia” (César Vallejo) de ayudas urgentes y recuerdos. Que no se cumplan los versos de Borges, cuando escribió lo de que “La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado”. Y que resuenen los de Quevedo: “su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado”.





