
A estas horas en las que la ilusión va a comenzar a dar aldabonazos en todas las puertas de las casas de Sevilla donde haya un niño, me estoy acordando de las cosas de José María Izquierdo.
José María era un sevillano serio, y como sevillano serio ha pasado a la historia más profunda, más honda, de la ciudad. Que ya dijo Juan Ramón que mejor hondo que no tan lejos. Como sevillano pegado a las cosas de la calle y sabedor de las necesidad de la ilusión en la vida de los niños impulsó la Cabalgata de Reyes Magos que organiza, cada cinco de enero —aunque este año se haya adelantado un día por mor de la meteorología—, el Ateneo de Sevilla, al que tan unido se sintió, que a veces Ateneo e Izquierdo se confunden, como se confunde Pata Negra con las guitarras de palo.
Izquierdo nació en la calle Castellar, donde Enrique el Cojo tenía su academia de baile. Y la calle Castellar sigue oliendo a sus pasos tempraneros camino de las clases de derecho Canónico, a sus escritos y sus cosas. Paco Robles dijo que “la luz, la noche y el olor a azahar es lo inmaterial de Izquierdo”. Y en la memoria de esta calle está lo inmaterial de José María: sus divagaciones finísimas bajo el remoquete de Jacinto Ilusión, que como Pessoa o como Antonio Machado, este sevillano adelantado a su tiempo también tenía su heterónimo.
La tarde noche del Viernes Santo, cuando el Señor de San Lorenzo yace muerto en su mortaja, el espíritu de José María Izquierdo se hace presente en las sombras de la calle Castellar. A la altura del número 59 la acera de los impares es una tribuna lírica, que no literaria, para desentrañar los misterios de la Semana Santa de Sevilla. Está vacío de bullicio ese tramo de la calle, que la cofradía llega —silenciosa y en brumas— desde el Pozo Santo y Viriato. Por eso es más fácil vivir el verso libre de José María Izquierdo, porque la soledad nos empuja a sus textos intuitivos y definitivos.
Aun estamos rozando la linde de un año con otro y vamos entregando nuestro corazón a dita al espíritu de las calles cansadas de Sevilla. A dita, como aquella Cervanta que desde el número 46 de la misma calle Castellar trapicheaba con la enaguas y las telas, con la vara de madera convertida en metro para medir los centímetros que nos quedan para pasar del cielo al infierno de un año más de esperas.
Y cada cinco de enero las calles de Sevilla se llenan del espíritu de José María Izquierdo que, a pesar de los pesares, sigue divagando por su ciudad de la gracia.
Todo lo que se nos presenta ante los sentidos se transforma en poesía por entre el incienso del recuerdo y los gritos de los niños. No nos parece tan importante la llegada de la cabalgata como la certeza de que en breve habrá pasado todo, le veremos la espalda a Baltasar, y sólo nos quedará ya la memoria de lo vivido, que en el barrio de la Feria -entre San Marcos y Santa Marina- corre la “sangre arrabalera”, que escribió Juan Sierra, de aquella Sevilla de voces, carreras, correajes y alpargatas.
Y hoy día de Reyes, que las ilusiones que corren ya por los estómagos de los niños, son horas de José María Izquierdo.





