Volviendo al terrible tema de la degradación de nuestra lengua, una y otra vez hay que repetir: Siendo ridículo el empleo de términos en inglés en vez de en español (Coffee shop por café o cafetería, timetible por horario… bueno, hay calles enteras en las que no se ve un solo rótulo en castellano)… pues eso no es lo más grave. Siendo molesto, este constituye el más leve, el menos nocivo de los ataques al español. Porque al menos la palabra café sigue existiendo, y sigue existiendo la palabra horario, con su significado intacto, y la consigna de equipajes, con el mismo sentido que tuvo siempre. Es decir: es un servilismo absurdo, pero finalmente no perjudica tanto.
El verdadero ataque a la lengua se da cuando, por efecto de las malas traducciones automáticas, pues una palabra castellana que significaba una cosa pasa a emplearse para otra (es decir, copia el sentido que tiene su equivalente en inglés- que rara vez coincide con el nuestro). Entonces, nos hemos quedado sin el matiz único para lo que servía dicha palabra.
Hemos hablado otras veces de la pérdida de sentido que ha experimentado la palabra “honestidad” (con la cual se nos bombardea a diario, ¡qué ironía!, la prostitución de la lengua lleva ahora ese nombre), de la “evidencia”, de “aplicar”… barbaries ya por desgracia asentadas sin remedio. Pero es que la lista se va haciendo interminable.
Ahora nos invade la compasión, la compasión… ¿Por qué nadie protesta ante el uso indebido de una palabra tan importante? “Compassionate” era uno de los muchos vocablos en inglés que hacían gracia, resultaban curiosos, para quien, conociendo y amando el español, se adentrara en otro idioma. Obviamente constituía uno de los llamados “falsos amigos”: las palabras aparentemente idénticas con significados distintos. La raíz latina es la misma, y el significado parecido, sí, pero el matiz es completamente distinto en una y otra lengua. En español (es increíble el tener que recordarlo) tiene un matiz de sentir lástima o pena por una persona. “Ten compasión de mí” es súplica algo patética; típica del pecador arrepentido orante, eso sí. Pero en general a nadie le agrada despertar “compasión” – es lo mismo que dar pena.
En inglés, en cambio, se habla de “a compassionate teacher”, “a compassionate doctor”. Es obvio que se refiere a un profesional comprensivo, que se pone en el lugar del otro, que empatiza. Jamás se le hubiera ocurrido a traductor alguno, cuando se sabía traducir (que la primera condición para eso es conocer bien la propia lengua), que “compassionate teacher” equivaliera a “un profesor compasivo”, como si tuviera que darle pena de los pobrecitos infelices alumnos, que por lo visto son unos desgraciados… No: quiere decir que comprende, que puede ponerse en el lugar de otros, que sabe escuchar. Es decir: comprensivo.
¿Se entiende que esto es mucho más grave que decir “coffee” por café? Porque el café sigue siendo café. Pero entonces con la palabra castellana “compasión”, ¿qué hacemos? ¿quién sabe ya lo que significa en realidad?
Y el decir continuamente “debería” en vez de “debe”, y el uso del tuteo institucional, en masculino singular por cierto para dirigirse a todo el mundo (¿qué sentido tiene el quitar la “s” de “Bienvenidos”)… en fin- una retahíla de despropósitos mucho más dañinos de lo que parece.
No digo ya que conviene ponerse a releer el Quijote, y a Quevedo, y los sonetos de Lope de Vega, y a San Juan de la Cruz – que por supuesto que sí. Ni que sería interesante retomar, ya fuera por su buen castellano, a Juan Valera, y a Pérez Galdós, y a Ortega y Gasset – que también.
Es que ni siquiera hace falta “tanto” (que constituyen un placer estas lecturas, pero incluso omitiéndolas para quien las aleje por “sonarles a colegio” y que entonces le parezcan menos atractivas). De repente descubrimos que ciertos libros que antaño se hubieran considerado como lectura banal, de puro recreo y entretenimiento, sin pretensión literaria alguna, y por ende traducidos de otros idiomas… pues esos libros, hoy día amontonados en trasteros o incluso en contenedores de basura… ¡son una lección de buen castellano!
Multitud de novelas y de relatos juveniles ingleses traducidos en el siglo XX en España, si se observaban los datos de la página izquierda, ahí puestos en modestas letritas que pasaban totalmente desapercibidas, pues indicaban “Título original: tal”, y luego “Traducido por”, y ahí un austero nombre sin más. Pero algunos, a fuerza de repetidos, a los curiosos se nos fueron quedando: Peraire del Molino, Stella de Cal, Guillermo López Hipkiss… Normalmente, al leer luego las obras originales, estas versiones quedaban un poco relegadas al olvido, en muchos casos puede que hasta a un cierto desprecio.
Y hoy día, resulta que ¡el leer estos libros, traducidos de otro idioma en el siglo XX, se convierte en un homenaje a la lengua castellana, resulta un remanso de paz, un espacio donde se puede leer durante horas sin hallar barbarismos, ni nada que chirríe!
Aquellos traductores casi anónimos de otras épocas (se indicaba su nombre un momentito y ya está), ¡qué admirablemente conocían el inglés, pero sobre todo el castellano! Si veían “consistent”, lo traducían “coherente” (como corresponde). Si veían “evidence”, ponían, correctamente, “testimonio” o “prueba”. Y por supuesto, el “honestly” sabían perfectamente que correspondía a “sinceramente” o “francamente”. Y dirían “infrecuente” por “unusual” y “notable” por “significant”… Algún error podía escapárseles; pero en general producían un texto completamente castellano, se sumergían en el espíritu de una lengua.
Elecciones en Andalucía. A estas alturas tenemos que oír absurdeces como “promoción del habla andaluza”, ¿qué dicen, qué habla es esa? Pues si se la quiere promocionar, los humildes traductores del siglo XX de Agatha Christie y de Richmal Crompton, etc, en su anonimato, dan una lección de lengua “andaluza” (o sea, española) mayor que ninguna otra.
¡No me hablen “honestamente”, por compasión!





