Existen determinadas evidencias que a menudo se tienen que explicar desde el principio, especialmente en esta sociedad nuestra infantilizada y sentimentaloide, que tiende a cerrar los ojos ante las realidades más duras. Una de esas evidencias es la que tiene que ver con el ius belli o derecho a defenderse. Partimos de la idea obvia de que las personas normales amamos la paz y la preferiríamos mil veces antes que la guerra. Las alabanzas a la concordia y los denuestos contra la confrontación bélica son unánimes en todas las tradiciones espirituales y literarias que han llegado hasta nosotros, y no es cuestión de hacer alarde ahora de ellas trayéndolas a colación. Sin embargo, por más que cierta izquierda (la misma que justifica sus violencias cuando es ella la que la ejerce) insista en sus simplistas eslóganes “No a la guerra” o “Paremos la guerra”, la tradición occidental siempre ha tenido claro que la paz no es el bien absoluto, que el pacifismo a ultranza y a toda costa puede ser una forma de cobardía que no evita el conflicto y que la guerra es la ultima ratio que a veces le queda a una sociedad honorable. Que existe la guerra justa lo reconoce incluso el Catecismo de la Iglesia católica, cuando establece una serie de requisitos que la plantea como el último recurso que es: simplificadamente que sea defensiva, que responda a una agresión violenta e injusta, y que no cause males mayores que los que se están intentando evitar.
La Segunda Guerra Mundial ha quedado consagrada en el ideario contemporáneo como prototipo de guerra justa, diríamos que con razón. En la conflagración que llevó a la Alemania nazi a la hecatombe de 1945, el sentido común nos dice que fue del todo ético y moral empuñar las armas contra un enemigo sin entrañas que pretendió sojuzgar a toda Europa sobre la base de ideas racistas y depredadoras. Se trató de una guerra justa, en la que, sin embargo, murieron muchos niños inocentes alemanes, muchas mujeres fueron violadas por las hordas de Stalin y muchas obras de arte resultaron devastadas por los bombarderos anglosajones. Están los “crímenes de guerra” y también las “víctimas colaterales”, que no es un pretexto cínico, sino una realidad con la que tenemos que lidiar, porque el despliegue de la violencia en una guerra justa no siempre puede ser quirúrgico, como querríamos.
Cuando contemplamos cómo dos bandos se lanzan a la guerra, es difícil permanecer impasible condenando a los dos por igual, aunque esta pueda ser una solución políticamente correcta. Inconscientemente tomamos partido y, a menudo, lo hacemos por el que consideramos el bando más débil. Solemos defender a David ante Goliat. Aunque lo esencial no es valorar quién de los dos contendientes es más débil sino ponderar cuál de ellos tiene más razones de justicia. Y, secundariamente, también deberíamos tener en cuenta en qué nos afecta a los españoles esos conflictos que estamos viendo no demasiado lejos de nuestro país.
En la guerra de Ucrania, por ejemplo, se pueden hacer consideraciones de tipo variado, pero la opinión pública española se inclina a favor de este país por el hecho evidente de que el que inició la guerra, la parte agresora, fue Rusia. Y es, también, el más poderoso. No estamos seguros de las virtudes democráticas del gobierno de Zelenski, pero sí lo estamos de que Putin es un tirano neocomunista que asesina a la oposición, ha maniobrado para desequilibrar a España y mantiene a su país en un régimen de oligarquía corrupta. No es Putin el que va a salvar a Occidente de su deriva hedonista y materialista, como algunos creen, por mucho que se santigüe en Navidad. La Unión Europea va mal, pero lo que representa Putin (una especie de autocracia imperialista surgida de la descomposición de la KGB) es aún peor.
Por ello nos sorprende cómo la opinión mayoritaria de los españoles, bien dirigidos por sus progresistas medios de comunicación, ha tomado partido por el bando palestino en la guerra que se ha iniciado en Gaza. Porque es evidente que el que ha comenzado la guerra, el que ha agredido, ha sido Hamás. El ataque ha sido de una crueldad, de una villanía y de una barbarie especialmente inhumanas. Ellos mismos se han encargado de publicitar sus crímenes, grabándolos y festejándolos con un sadismo repugnante. Además, lo que hicieron el 7 de octubre no es nada diferente de lo que vienen haciendo desde hace décadas: lanzar misiles contra la población civil israelí y anunciar por activa y por pasiva que ellos quieren destruir el Estado de Israel y exterminar a su población. En mi tierra eso se llama genocidio.
Aparentemente, Palestina desempeña el papel de David; y el bien adiestrado ejército israelí sería Goliat. Pero algunos datos objetivos desmienten esa sensación. La población israelí alcanza a poco más de ocho millones de habitantes, su territorio tiene una extensión casi igual a la de la provincia de Badajoz, y es apenas una brizna en medio de los mil millones de pobladores de las naciones árabes y/o islámicas, la mayor parte de las cuales no disimula su odio antijudío. Israel apenas tiene riquezas naturales, la mitad de su territorio es desértico y tiene una larguísima frontera que defender. Por si fuera poco, en su interior alberga a una población de casi un 20% de árabes, los cuales, por cierto, gozan de un nivel de vida y de unos derechos democráticos muy superiores a los de sus compatriotas del entorno geográfico. Israel no desea expandirse ni imponerse, sino solo sobrevivir. Objetivamente es un pequeño país asediado por una marea de fuerzas hostiles y fanatizadas. Y sabe bien que el día que pierda una sola batalla, esa podría ser la derrota definitiva. Está claro que a Israel le ayuda Estados Unidos, pero los que están más cerca de la zona son los iraníes y las taimadas y riquísimas monarquías del Golfo, aparte de la maraña de entidades terroristas islámicas que aquellas tierras produce. En resumen, o este David tiene más armas que una simple honda o este Goliat es un poquito enclenque.
Y entonces, claro, aparecen los argumentos históricos. Que los judíos no tienen derecho a estar allí. Que la tierra no les pertenece. Que es una nación artificial creada para compensar el Holocausto nazi… Desde luego, si nos agarráramos a los argumentos históricos, habría razones para devolver California a México, México a los aztecas y España a los celtíberos. Pero como no tengo espacio para hacer una exposición completa solo diré algunas pocas evidencias que me parecen relevantes. Por ejemplo: en la ciudad de Jerusalén se puede visitar un cementerio judío que lleva en uso ininterrumpido desde el siglo X a. C. (con un pequeño paréntesis del tiempo del emperador Adriano). ¿Indicará eso un cierto arraigo en la zona?
Cuando Mark Twain visitó la Palestina otomana en 1867 describe un país desértico y desolado, sin vegetación y apenas sin población, a excepción del contorno del mar de Galilea, donde había algunas aldeas árabes e israelitas (como Safed o Tiberíades) que llevaban allí desde antes de las Guerras Judías de los siglos I y II d. C. Y Jerusalén, por supuesto, meca moral del judaísmo desde hace más de tres milenios, aparte de algunos pueblecitos árabes, como Belén o Nazaret, que recibían peregrinos desde la Edad Media, con permiso de Saladino. O como Hebrón, con presencia judía desde el Medievo.
Efectivamente, es verdad que la inmensa mayoría de la población israelí actual proviene de las sucesivas “aliá” o inmigraciones producidas en los siglos XIX y XX. Son los judíos los que han forjado el país, han hecho florecer el desierto y han levantado las granjas y ciudades que hoy admiramos, con sus parques y sus universidades. Pero igualmente una gran cantidad de los árabes que desde 1967 se denominan a sí mismos “palestinos” son descendientes de egipcios, sirios, jordanos o libaneses que vinieron a trabajar en las plantaciones y fábricas que construyeron los judíos. Como la familia de Yasser Arafat, sin ir más lejos. La población autóctona de la tierra eran básicamente los beduinos (algunos de ellos samaritanos) cuyos descendientes (unos 300.000) siguen habitando la zona en la que han vivido durante siglos, solo que ahora llevan a sus hijos al colegio y tienen derecho a ir al hospital israelí, cuando enferman, como ciudadanos de pleno derecho que son. Hospitales de los mejores del mundo, por cierto.
Los representantes del “pueblo palestino”, que (insistimos) hasta 1967 se autodefinían exclusivamente como “árabes”, nunca se han querido integrar ni en Jordania, ni en Egipto, ni en el Líbano, ni en Túnez, porque eso supondría el reconocimiento de Israel. Eso fue así en plena marea de arabismo y de intentos de crear una República Árabe Unida, que integrara a toda la “nación árabe” del Magreb hasta Mesopotamia. Es más, la mayor matanza de “palestinos” jamás perpetrada en la historia no la cometió Israel, sino que fue la que protagonizó el ejército jordano en el famoso “Septiembre negro” de 1970. Imagínense el grado de sectarismo de esas luchas internas entre “árabes”. Ya me dirán ustedes qué se puede esperar de una sociedad cuyo pluralismo se concreta entre Hamás, Hizbulá, los Mártires de Al-Aqsa… ¿No será que las autoridades políticas palestinas tienen alguna responsabilidad en cultivar el victimismo y el resentimiento de su pueblo en vez de trabajar por su bienestar? Aunque, evidentemente, no es solo culpa de los dirigentes: el pueblo también tiene mucha responsabilidad en su propio infortunio.
En los últimos 20 años, la franja de Gaza ha sido inundada de millones de euros y de petrodólares procedentes de la Unión Europea y de las monarquías árabes. El dinero, administrado por Hamás (insisto, ¡por Hamás!), no se ha invertido en infraestructuras para la paz y el desarrollo, sino en armamento y en túneles con los que perpetuar el odio al vecino. Los hospitales, las ambulancias, las escuelas, las mezquitas… todas las infraestructuras civiles de Gaza han sido puestas al servicio de la estrategia terrorista. Y, a pesar de todo, más de 30.000 civiles gazatíes cruzaban diariamente la frontera para trabajar en Israel. Muchos de ellos han sido espías y delatores de los que el pasado 7 de octubre se ensañaron con civiles inocentes. ¿Tiene Israel que renunciar a defenderse por consideraciones humanitarias si los palestinos no las tienen ni siquiera con su propia población? ¿Tienen que permitir los judíos que mueran sus niños si a los palestinos les da igual que mueran los suyos?
Israel no es ningún paraíso en la tierra. Hay muchas cosas allí que no nos gustan, como en el resto de Occidente. Pero hoy representa sencillamente la cultura frente a la barbarie, la primera trinchera de la civilización occidental frente al enemigo de siempre. Un enemigo, por cierto, que hoy tiene una inmensa y crecida quinta columna en el seno de esta desnortada y desmoralizada Europa. Y no me refiero solo a la inmigración.
Y una consideración final. El día que Israel caiga (que Dios no lo permita) la siguiente trinchera bien podría ser Al-Ándalus, conforme a las expectativas del Padre de la Patria andaluza, al que muchos siguen venerando sin tener la más repajolera idea de lo que este individuo pretendía. Y mira que lo dejó bien clarito…





