Como soy miembro del jurado del prestigioso Festival Internacional del Cante de las Minas no puedo referirme al concurso, que comenzó anoche, pero sí a todo lo demás. A las galas, por ejemplo, aunque solo he visto una, el concierto de Pitingo, que no me gustó. De hecho no aguanté toda la gala, me salí porque me aburría la fusión del artista ayamontino. Es simpático, eso sí, pero se le fue el rollo flamenco, aunque cantara cosas de Tomás Pavón y su pariente Juan Mojama. Quien hace veinte años cantaba de manera muy interesante, con pellizquito, lo de ahora es un remedo. Lo he dicho muchas veces: el cante jondo no admite desertores. Si te vas, cuando intentes volver te recibirá de uñas. Le pasó a grandes como Caracol y Chiquetete, salvando las distancias. Pero hay que ser justos con Pitingo y decir que llenó el Mercado a más de cincuenta euros la entrada, que no es moco de pavo. Unas dos mil personas. Ajusten la cuenta. Si mete ese dinero en la taquilla puede cobrar lo que ha cobrado, que tampoco es que esto interese mucho. El numeroso público se lo pasó bomba y en el palco de autoridades había buen ambiente. Casi tres horas estuvo Pitingo pitingueando, acordándose de Mojama, destrozando a Tomás y hablando desde un taburete, que parecía un jilguero en un palo. No me digan que no tiene arte el onubense, sobre todo cuando calca a Gloria Estefan o Jon Secada. Pitingueros, pitingueras y pitinguitos salieron encantados. Los más aficionados se echaron a la calle y se pusieron a hablar de Pencho Cros y el Cojo de Málaga en un velador del Paseo de la Fama, donde cuando te das cuenta estás pisando a José Mercé o a Marina Heredia. Me encanta venir a La Unión, donde el calor es como si te echaran aceite hirviendo en el cogote. Te duchas y antes de salir del hotel ya hueles coliflor. Ahora en serio: gracias a La Unión por lo que hacen por el flamenco.
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