Esto es, en toda regla, un golpe del Estado. Sánchez e Iglesias han confabulado un régimen al más puro estilo totalitario, con chulos (y chulas) que no valen lo que cobran y entre aquellos y estos, ningunean a sus opositores de centro y centroderecha con aires de suficiencia y engañan a sus propios rebaños atizándolos hacia el pasto ajeno. Aunque, en realidad, estos rebaños no saben distinguir entre pastos y creen que todo prado es suyo.
Dicen que hay encuestas que aún le dan mayoría, aunque nunca suficiente, a los socialistas y que los de Podemos vuelven a bajar un peldaño en su asalto al cielo. Aunque se hayan colado en él en el Caballo de Troya que ha sido el PSOE. En estas, un Partido Popular como rabo de lagartija cortado, se revuelve con acaparar al votante moderado de la, otrora, socialdemocracia que lucían aquellos a los que hoy se les va cayendo por el camino las siglas tras ciento cuarenta años de dudosa inmaculada historia.
Con un Ciudadanos inmolado, un VOX apestado y unos nacionalistas, independentistas y filoetarras crecidos como nunca, un pueblo oportunamente secuestrado al que, de cuando en cuando, se le da algo de agua y pan a modo de horarios sin tantas restricciones y libertad para moverse para ver a familiares y allegados, este Gobierno está a sus anchas. Gracias, por qué no decirlo, a la cobardía de un Congreso incapaz de haber secundado una moción de censura con mucha lógica; aunque los de Abascal llegaran a embarbascarse con algunas cuestiones que poco o nada importaban, precisamente en esos momentos, a los españoles.
Sin embargo, vivimos una etapa política llena de demagogias, hipocresías, falsedades y peligrosos acuerdos que ponen en un brete a nuestra propia democracia. La Ley Celaá, los pactos con ERC y Bildu, la manipulación de la información y de los medios de comunicación y el Ministerio de la Verdad; el Delcygate de Ábalos, la injerencia en el Poder Judicial —reclamada hace poco por Alberto Garzón, otro de esos que cobran un pastizal por no hacer nada útil—, los continuos avisos de Europa sobre la preocupante deriva antidemocrática observada en España por su Gobierno —aunque esto es como el que riñe al malote desde la ventana de un décimo piso—; un vicepresidente amenazando constantemente a la derecha, ridiculizando con su doble agenda al rey…
Y aún así, dicen, el PSOE volvería a ganar unas elecciones. Y me lo creo, aunque conservo una esperanza, breve, casi agónica, en la capacidad de reacción del español.
Del español autónomo ahogado por la desvergüenza de una Administración con un afán recaudatorio casi caníbal. Del español con un comercio cualquiera afectado por ERTES, de los que la propia ministra de Economía se jactaba. Del español que solicitó, crédulo, el Ingreso Mínimo Vital y o aún lo está esperando o, sin más, y esto es cumpliendo los requisitos establecidos, le fue denegado. Del español en las colas del hambre que hoy, estos mismos que se rasgaban las vestiduras proclamándolas en épocas gobernadas por el PP, niegan, que ven cómo no hay dinero para solventar su situación pero sí 44 millones de euros para 777 nuevos asesores del Gobierno que, además, se quiere subir el sueldo porque ellos lo valen. Del español que perdió a un familiar en un geriátrico, en una residencia de ancianos. Del español infectado por COVID19 porque el 8 de marzo mataba más el machismo que el coronavirus. Del español trabajador en un hospital que acabó derrotado, sobrepasado, cuando no infectado también a pesar que desde enero de este año el Gobierno de Sánchez e Iglesias conocía, según la OMS y la comunidad europea, de la virulencia del dichoso bicho chino. Sí, ¡chino! Del español socialista al que le fue arrebatado un compañero de partido por ETA. Del español catalán que se verá bajo la supervisión de una Stasi, como poco, lingüística. Del español tan solo señalado por una mujer, detenido y sin derecho a presunción de inocencia. De la española humillada por un Ministerio de la Igualdad que considera a la mujer un ser inferior al hombre. Del español al que se le pretende subir impuestos en seguros básicos, al que se le pretende imponer de nuevo, donde ya se haya relegado o financiado al máximo, el Impuesto al Patrimonio y Sucesiones.
Sí, tengo una agónica esperanza. Aunque conociendo la idiocia histórica a la que han sucumbido de manera inconsciente los nuevos votantes, y los no tanto, manipulando la historia y la realidad más actual. Donde hay una cerrazón ideológica al más puro estilo de una secta destructiva, esta esperanza, más que agónica, es casi unicórnica, irreal.
Hace falta un Espíritu de Érmua, una nueva Transición, que clame y reclame contra el atentado a la democracia que se está perpetrando bajo el signo de supuestas políticas avanzadas que, mire usted por donde, ya recogía nuestra, hoy, mal mirada Constitución de 1978. Derrocar al Estado, sí, por la ley de la razón que nos ha concedido cuarenta y dos años de libertad: la de la democracia.





