Uno de los mantras comunes, repetido incluso por no pocas personas de derechas, en el seno de una sociedad española que tiene muy arraigados el dogmatismo y las tesis preconcebidas por encima del análisis riguroso y racional de la realidad, es aquel que afirma que Felipe González fue el presidente que más hizo por Andalucía, y en ocasiones, se pontifica que fue el único que se preocupó por esta tierra, dada su condición de andaluz. Para acallar cualquier cuestionamiento de esta lógica simplista, se apela a dos elementos: AVE y Expo, pero, ahondando más en la evidencia, ¿se adecúa el discurso a la realidad?
Cuando Adolfo Suárez fue presidente al principio de la democracia, Andalucía recibía entre un 15-16 % de las inversiones totales que el Estado destinaba a las comunidades autónomas, algo que se plasmó en mejoras concretas como carreteras y líneas ferroviarias. No obstante, el porcentaje que Felipe González destinó posteriormente fue del 13.8 %, siendo porcentualmente menor, aunque, en honor a la verdad, en la etapa socialista el presupuesto era mayor que durante los gobiernos de UCD, por lo que las inversiones fueron cuantitativamente superiores, y, además, en grandes proyectos.
Felipe González invirtió 1300 millones de euros en Andalucía, construyendo y mejorando las autovías principales, tal fue el caso la A-92, que conectó Sevilla, Granada y Almería, además de modernizar las líneas ferroviarias, aunque no es menos cierto que se apoyó mucho en los Fondos Estructurales de la Unión Europea, no en una gestión económica, que fue funesta a todas luces, ya que la España que dejaron los socialistas en 1996 tenía una tasa de paro del 22.8 %, con un saldo de 3.5 millones de desempleados, una deuda pública del 70 % del PIB, un déficit del 6.6 % y un sistema de pensiones en suspensión de pagos, teniendo la Seguridad Social un déficit del 0.7 % del PIB, diciendo el entonces ministro Solbes que los españoles tendrían que complementar con fondos de pensiones privados porque no había dinero para pagar las pensiones, por lo que España no cumplía ninguno de los criterios de convergencia para entrar en el euro.
Bajo el gobierno de Aznar, la aportación del Estado a Andalucía en proporción con el conjunto de las comunidades autónomas pasó del 13.8 al 15.97 %, aumentando no sólo porcentual sino cuantitativamente, ya que el presupuesto era mayor derivado de la bonanza económica, destinando 3100 millones de euros a la región, y llevando a cabo, igualmente grandes obras como la ampliación del Aeropuerto de Málaga, la modernización de los puertos andaluces, se continuó y amplió la A-92, se completó y se puso operativa la línea de AVE Madrid-Sevilla y se ampliaron los puertos de Algeciras y Cádiz, además de pagarse el primer tramo de la deuda histórica, con un total de 120 millones de euros que se abonaron en metálico, mientras que en catorce años de gobierno, el Ejecutivo de Felipe González no hizo desembolso alguno.
El gobierno de Zapatero invirtió 4500 millones de euros en Andalucía, sin que por ello los porcentajes aumentaran, pues siguieron encallados en el 16 %, siguiendo tanto entonces como ahora Andalucía infrafinanciada en base a su población, ya que había mayores fondos fruto de un ciclo económico expansivo. A todo ello, se suma que Zapatero no sólo ha sido el peor presidente que ha tenido España sin contar al actual inquilino de la Moncloa, sino uno de los que más daño ha hecho a esta región al ser responsable del mayor engaño, ya que saldó la deuda histórica de 1200 millones de euros por medio de solares y activos, tales como la sociedad que gestionaba los activos de la Expo del 92, cuyo valor real era claramente inferior al monto total de la deuda, incumpliendo flagrantemente el Estatuto Andaluz, que establecía de manera explícita que debía abonarse en capital, algo que Griñán asumió sumisamente ante su jefe de filas en el PSOE en lugar de defender a los andaluces.
Como ha quedado demostrado, el presidente que más hizo por Andalucía, lejos de leyendas y mitos tan exitosamente difundidos por propagandistas y profesionales del aplauso fácil, no fue el único presidente andaluz de la democracia, el tan glorificado por algunos, incluso en la derecha, como un gran estadista. No fue Felipe González sino Aznar.
El problema de Andalucía radica en la excesiva dependencia de las transferencias del Estado, fruto a su vez de una deficiente estructura productiva, que depende mucho del empleo temporal de la agricultura, el turismo y la construcción, y al ser una comunidad menos industrializada, no se crea empleo cualificado, lo que genera una tasa de paro por encima de la media nacional, con un alto paro estructural.
Siendo ecuánime, no tengo inconveniente en reconocer que el socialista Rafael Escudero intentó impulsar la industrialización de Andalucía, fomentando la creación de parques industriales para diversificar una economía atrasada y muy dependiente de la agricultura, sujeta a las inclemencias meteorológicas, además de promover la formación profesional para combatir el antes citado paro estructural. No obstante, Escudero fue laminado por su propio partido por cumplir con su deber de defender los intereses de Andalucía por encima de sus siglas, siendo sustituido por Rodríguez de la Borbolla, que al igual que sus sucesores, no continuó con los intentos de Escudero de industrializar y modernizar la economía andaluza, lo cual fue un paréntesis a lo largo de cuatro décadas de gobierno socialista.
A Rodríguez de la Borbolla cabe reconocer algo que, al menos, le deja en mejor lugar que a sus más nefastos sucesores Chaves, Griñán y Susana Díaz, que han escrito las páginas más negras de la Historia reciente de Andalucía, ya que, a diferencia de ellos, tuvo el valor de enfrentarse al gobierno central de su partido para exigirle una mejora de la financiación autonómica.
Moreno ha recuperado cuatro décadas después los acertados intentos de Escudero, creando un entorno fiscal atractivo para que muchas empresas se instalen en Andalucía, aumentando en un 40 % sólo en 2024 la inversión extranjera en la comunidad, y la tasa de paro ha bajado del 21 al 16 %, siendo la diferencia con la media nacional algo menor que cuando llegó al gobierno, lo que contrasta con las políticas socialistas, aplicadas especialmente en época de Chaves, cuando España tenía bonanza económica, subiendo los impuestos para aumentar el asistencialismo y el gasto social, con incrementos que financiaba a través de la deuda, así como una alta fiscalidad que ahuyentaba a las empresas que pretendiesen invertir en España hacia otras regiones.
Aunque suponga exceder el objeto de este artículo, romperé otro tópico, en esta ocasión no creado por la izquierda sino por los nacionalismos periféricos, que presentan a Aznar como un radical “centralista” y “anticatalán”, lo cual no es más que un mito alentado por los separatistas dentro de su falaz narrativa, ya que nadie dio tanto dinero a Cataluña como Aznar.
Mientras que el porcentaje de inversiones del Estado a Cataluña en proporción con el conjunto de las comunidades autónomas era de un 14 % con Felipe González, con Aznar subió al 18 %, por encima de la población catalana, que era el 16.5 % del total, además de ejecutar infraestructuras vitales para la región: comenzó el AVE Madrid-Barcelona, el Corredor del Mediterráneo (que conectaba la costa a nivel ferroviario), amplió autovías como la AP-7, la A-2 y la A-7, construyó el Parque Científico de Barcelona, la Casa de Asia (para articular las relaciones con el continente asiático), además de ampliar el Aeropuerto del Prat (con un coste de 1800 millones de euros) y el Puerto de Barcelona.
Esta ejecutoria no debería sorprender viniendo de aquel que lejos de combatir al nacionalismo catalán, le entregó a Pujol en bandeja de plata la cabeza de Vidal-Quadras, pidió al Defensor del Pueblo que no recurriera la Ley de Política Lingüística del patriarca nacionalista, que comenzó a multar a los comercios que no rotulasen en catalán, apoyándole el PP en el Parlamento de Cataluña cuando ya no lo necesitaba para gobernar en Madrid al tener mayoría absoluta, pero, sin embargo, llegó a ofrecerle ser ministro y le consultaba periódicamente sus nombramientos en el PP catalán como el propio Pujol reconoce.
Una vez más, se demuestra que la izquierda y sus aliados nacionalistas no son sólo responsables del hundimiento de España y de la demolición de su Estado de Derecho, sino de manipular la Historia para presentarse como héroes y víctimas cuando no han dejado de ser verdugos.





