Reprendía Sartori a las democracias occidentales por la creciente afición de sus gobiernos a sustituir la acción de gobernar, que les es más propia, por la acción de legislar.
Porque una cosa es gobernar y otra es legislar y cuando un gobierno confunde ambas cosas y todas sus acciones se limitan a elaborar un nueva ley, un decreto o un reglamento, crece una sospecha de parálisis y de pérdida de contacto con la realidad. O aún peor: de adueñarse de todo mediante normas que se ajustan no a las necesidades sociales sino a las del Gobierno en sí.
La primera consecuencia de tamaña confusión es una sobreabundancia de legislaciones superpuestas que, añadía Sartori, están además mal redactadas y son confusas, torpes y además innecesarias.
Yo mismo, hace apenas unos pocos años, me vi obligado a criticar como ponente en unas jornadas especializadas una ley andaluza del PSOE que era puro humo, dedicada a regular los… ¡¡cibercafés!!, los cuales, pasado un lustro, ya habían dejado casi de existir.
Siendo muy verdad, en mi opinión, lo que decía Sartori, la renuncia a gobernar es, de un lado, un mal endémico que atenaza a los sistemas democráticos, pues pocos ejecutivos desean emprender acciones, por temor a la polémica o al error indeseado para así evitarse la controversia popular y, en último extremo, electoral. Y tal vez ese fue uno de los errores del rajoyismo impertérrito, que ni derogó ni tomó decisiones clave en momentos decisivos.
Viene ahora a sumarse a esto, del otro lado, algo aún peor, pues nos encontramos con un gobierno incapaz de tomar decisiones amoldadas a la legislación vigente y que opta por cambiar las leyes (abusando además del Real Decreto-Ley hasta prescindir del Legislativo y adentrarse sin complejos en el autoritarismo) en lugar de emprender acciones con las normas ya existentes.
No saben ni quieren gobernar, sino modificar la legislación a todo trapo y tal vez lo que no aceptan es que no saben amoldar su pulsión autoritaria y someterla a la legalidad. Es decir, necesitan modificar las normas porque lo inadaptable es su actitud y no una acción concreta de gobierno que ni les ocupa ni les preocupa.
Los regímenes no democráticos, inescrupulosos en la aplicación de su autoridad (incluso por la fuerza), carecen de complejos para emprender las acciones que estiman necesarias para sus objetivos (el paradigma es China) y no precisan cambiar los marcos normativos.
En cambio, nuestras democracias se debilitan por la renuncia tácita o expresa de sus gobiernos a ejercitarse en la tarea que les es más propia y ceden todo el espacio a una mera acción teórico-legislativa que genera marcos jurídicos cada vez más desmembrados, caprichosos, arbitrarios e inconexos, pero que paralizan la concreción o la disuelven en la nada.
En lugar de emprender las acciones de gobierno necesarias para conseguir objetivos concretos y claros, con el PP de Rajoy se cedió el espacio y la facultad de gobernar a la intemperie y tuvieron que ser los jueces los que una y otra vez ejercitaron las acciones de gobierno a base de interpretar las leyes, como sucedió con el ‘prusés’ en Cataluña, renunciando así, otra vez, a la necesidad de tomar decisiones que Sartori señalaba, en este caso en favor del Poder Judicial.
El sanchicomunismo, por su parte, no tiene el menor interés en adoptar medidas ni soluciones en el marco de la legislación, sino que prefiere cambiar las leyes, de cualquier manera si hace falta, y aspira a ocupar el Poder Judicial para eliminar la última instancia que puede frenarle en su delirante deseo de retirar los pilares que sustentan a la democracia para someterla a su discrecionalidad total.
Con el rajoyismo no tuvimos nunca clara la respuesta a la pregunta de “si no ejerces el gobierno, ¿para qué lo quieres?”. Y con el sanchicomunismo sabemos que no tienen ningún interés en gobernar, sino en dejar a la democracia exhausta mientras arruinan el futuro sin ninguna posibilidad de volver atrás.
He dicho.





