Lo de esta gente no tiene nombre. O sí lo tiene, pero hay que buscarlo en el vademecum de enfermedades mentales, sección ‘obsesiones’.
Los niños juegan con lo que les da la gana y con lo que les gusta. No hay cadáver más prematuro que el típico regalo de un ‘juguete adecuado’ a los intereses del adulto. Los niños saben perfectamente discriminar esas mierdas educativas que alguna vez hemos regalado o incluso hemos sufrido siendo párvulos.
Los niños no piensan en sexos, ni en géneros, ni tienen los traumas de algunos de sus mayores y de numerosos ministros y sólo quieren divertirse. Lo tienen clarísimo. Y para divertirse, el cielo es el límite en el mundo de los niños. Unas veces lo harán con juguetes ‘propios de su sexo’ y otras con los del contrario. Cuando no tienen juguetes, los inventan o los imaginan. He visto en África a niños construir verdaderos artefactos con una lata de conservas y cuatro palos. La carencia aviva el seso, por eso cada día estamos más idiotizados.
De niño yo solía jugar con mi hermana menor y, por supuesto, compartíamos juguetes. No todos eran apreciados recíprocamente. A mí, las Nancy y las Lesly me parecían un coñazo y mi hermana nunca le pilló el punto a los Madelman o a mis vaqueros del Exin-West. Sin embargo, contábamos con un pequeño arsenal de juguetes compartidos que a ambos nos ilusionaba: las cocinitas me gustaban mucho y podía pasarme horas cacharreando en los fogones de plástico, con sartenes y salchichas de plástico.
La antológica ‘familia Hogarín’ era el plato fuerte de nuestros juegos infantiles. No había nada más divertido que intercambiar las cabezas de los padres o abuelos con las de los hijos y ya teníamos una nueva y extraña aventura que vivir mi hermana y yo. Recuerdo que también teníamos unos muñecos pequeños de plástico (los ‘muñes’) con los personajes de Walt Disney y cuando los sumábamos a nuestro ‘Exin-Castillo’ aquello era el summum.
En resumen, mi hermana y yo jugábamos con lo que nos daba la gana y jamás me sentí menos chico por jugar con juguetes ‘de niñas’, ni mi hermana menos chica por jugar con mis juguetes. Y como no nos avergonzaba, no lo ocultábamos cuando venían amigos a jugar a casa. Y conste que soy uno de los niños del ‘baby-boom’ (1964), nacido en una década en la que al parecer los niños varones jugábamos con mujeres encadenadas a una fregona.





