Muchas de las respuestas a preguntas como “¿Es posible que no lo sepas?”, “¿cómo puede ocupar ese puesto una persona tan ignorante?”, “¿cómo hemos llegado hasta el punto de nadie sepa algo tan elemental?”, las encontramos en los sucesivos planes de estudio que han asolado el panorama intelectual de España en las últimas décadas, pero si hay un grupo de materias donde ésta se aprecia de manera generalizada es en el campo de las Humanidades.
En efecto, el implacable y asolador proyecto de devastación de las disciplinas humanísticas, lleva muchos, muchos años ejecutándose, sin que la generalidad de la población adulta le haya opuesto la más mínima resistencia, por haberse realizado de forma aparentemente indolora.
Las primeras materias que quedaron orilladas de los planes de estudio fueron las lenguas clásicas, el latín y, sobre todo el griego, lengua esta última en la que fueron escritos los cuatro evangelios (no fueron traducido al latín hasta que San Jerónimo escribió la Vulgata en el siglo IV) y los textos de los padres de la Filosofía que ha sustentado la cultura occidental a lo largo de los siglos. Su desconocimiento nos lleva a no poder escudriñar en los secretos íntimos de nuestras lenguas romances (su sintaxis, su léxico, su etimología, su música secreta y su forma dialéctica).
En esas lenguas “muertas” anida todo nuestro universo moral y espiritual, desde los géneros literarios hasta los conceptos de persona y familia, desde el Derecho hasta la liturgia cristiana, ¡es cómo privarle a las nuevas generaciones de la leche nutricia que fundó nuestra cultura!
¡Qué les voy a decir de los estudios de Historia! Sólo quien sabe de dónde viene puede saber a dónde va, y al jibarizar los estudios de esta disciplina, estamos privando a los jóvenes de su identidad, de su arraigo, convirtiéndolos en permeables a cualquier viento de doctrina emanada de una ingeniería social que los moldea a su antojo. Añoro aquel bachillerato elemental donde dábamos Historia Sagrada en tres cursos (Antiguo Testamento, Nuevo Testamento e Historia de la Iglesia, ¡con trece años!), Historia de España con catorce, e Historia del Arte y de la Literatura Universal con dieciséis, ¡en el bachillerato superior de Ciencias!
Tras el arrinconamiento de las lenguas clásicas y de la Historia, se ha proseguido con la Filosofía, la única asignatura que nos enseña a pensar, madre de las Humanidades, pero también de las Ciencias. Aún conservo el texto de Filosofía de sexto de bachiller que impartía en el instituto San Isidoro el profesor Don Rafael Vega Alonso, y donde adquirimos las nociones más importantes de la Lógica (silogismos y sofismas), la Cosmología (el tiempo, el espacio, el monismo del devenir), la Ética (germen de la Deontología Profesional y de la Responsabilidad Social Corporativa, hoy tan en boga), la Psicología y la Sociología.
La Filosofía permite al hombre explicarse su lugar en el mundo, permitiéndole a la vez discurrir sobre las realidades metafísicas que dan sentido a la vida, y reglamentar las realidades naturales (desde la Política a la Economía), conforme a criterios morales, algo que, al parecer, no interesa.
Siguiendo con esta cadena de despropósitos en lo que a la Educación académica atañe, se arrinconó después a la Lengua y Literatura, instrumentos de comunicación básicos desde el origen de los tiempos: “Al principio fue la Palabra, … y la Palabra era Dios” (S. Juan 1,1). La Literatura ha quedado reducida a la mínima expresión, y se han arrinconado los clásicos para obligar a los alumnos a leer textos de autores simpatizantes con el régimen en el poder, e incapacitándolos para gozar de los textos que han acompañado a lo largo de los siglos a nuestra civilización.
Es lamentable leer algunos Trabajos de Fin de Grado (último año de carrera) donde los signos de puntuación no existen, las tildes son un lujo, la conjugación de los verbos se limita al presente, los sinónimos se ignoran y parece que ni siquiera se han tomado la molestia de hacer clic en la revisión de ortografía, hasta el punto de que hay profesores que los dan por buenos porque corregirlos sería algo así como hacerle el trabajo al alumno.
La Psicología del lenguaje nos demuestra que éste va unido al pensamiento, y si se reduce el lenguaje, se reduce el pensamiento, y se observa que con el lenguaje reducido, la ausencia de lectura, el aumento de imágenes y emoticonos, y el reiterado lenguaje inclusivo, el coeficiente intelectual medio se viene reduciendo en toda Europa en lo que va de siglo XXI.
No nos engañemos: hay directrices educativas emanadas de órganos supranacionales que se encargan de configurar los contenidos de los planes de estudio. Así, el documento “Prioridades y estrategias para la educación” publicado por el Banco Mundial en 1996, ya propugnaba “una creciente demanda de trabajadores adaptables, capaces de adquirir sin dificultad nuevos conocimientos” (de tipo técnico por supuesto).
¿Cabe concluir que las Humanidades están llegando a su fin? Pues no, tal y como les expondré en el artículo de la próxima semana.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





