Resulta difícil escribir en una semana en la que el ambiente de feria te envuelve y donde parece no existir otra cosa que no sea la visita al recinto ferial, el traje de sevillanas, las corridas de toros y, en fin, todo lo que rodea a nuestra feria de abril, que, por cierto, este año no pisa ningún día de mayo.
No hay dos ferias iguales. La feria es la misma, pero nosotros, no. Casi sin darme cuenta, aquel niño que conoció los “cacharritos” en la del Prado de la mano de su madre, porque su padre era de los que se declaraban no feriantes, y que luego fue testigo como adolescente de la inauguración hace cincuenta años de la feria en los Remedios, ha pasado por distintas etapas, como todos, y ahora la disfruta de otro modo.
Disculpen si me pongo un poco nostálgico, pero echo de menos aquella feria donde íbamos los chavales con una guitarra y letras de sevillanas de los Romero de la Puebla, Amigos de Gines o Marismeños y cantábamos en medio de la calle formando corros, o dentro de las casetas, sin cobrar, invitados por alguien que quería alegrar su entorno y nos premiaba con alguna botellita de fino o manzanilla y dos platos de tortilla.
Tuve la oportunidad de vivir una feria tras un mostrador, la de 1977 en Joselito el Gallo, 152, donde nos turnábamos los compañeros de promoción con el fin de sacar fondos para el viaje fin de carrera, algo impensable hoy día, y promocionábamos una nueva bebida, el seven up, que con el tiempo se convirtió en componente del “rebujito”.
Entrados los noventa, el AVE convirtió Sevilla en el barrio más lejano de Madrid, y quedamos sorprendidos al ver como había feriantes con acento de las Cibeles que llegaban muy temprano y se iban en el último tren del mismo día a la capital del reino.
Empezó a ponerse de moda el ir con traje y corbata al recinto, algunos jóvenes con el mismo atuendo que un Domingo de Ramos, porque sólo tenían y tienen un traje. Ya no se escuchaba aquello que le cantábamos en corro a algunos de “¡Que se quite la corbata, que se quite la corbata!”, y para colmo, como en una vuelta a sus orígenes, la feria era cada vez más el escenario ideal para cerrar tratos comerciales, convocar reuniones profesionales y, cómo no, llenar las filas de la Maestranza con invitados de empresa.
Sorprendidos los más, a algún munícipe iluminado se le ocurrió durante años fijar como fiesta local el lunes de resaca (¿?), cuando si por algo se ha caracterizado nuestra feria es porque no había días no hábiles: aquí íbamos al trabajo aunque fuera con gafas de sol.
Claro, la razón de ello era la confusión que, todavía, muchos tienen entre celebración (suele ir unida a una conmemoración, como un cumpleaños, un aniversario…), fiesta (viene motivada por un acontecimiento digno de ser compartido con alegría), feria (mercado que se celebra al aire libre en unas fechas concretas y en el que se compran y se venden todo tipo de productos, especialmente agrícolas y ganaderos, o bien instalación en la que se exhiben cada cierto tiempo productos de un determinado ramo industrial o comercial para su promoción y venta) y día no hábil en términos laborales, pero ¿quién se para en estas disquisiciones semánticas?
El crecimiento de la población en el área metropolitana y la mejora de las comunicaciones, han colaborado en la masificación de nuestra fiesta más luminosa: los trenes de cercanía han logrado que se tarde menos en llegar a la feria desde Utrera, Olivares o La Rinconada, que desde Parque Alcosa o Pino Montano, y las noches ya no son lo que eran, de ahí que todas las casetas tengan su vigilante más o menos profesional en la puerta. La bulla mientras paseamos a pie, es como ese suplicio placentero que ya tomamos como un desafío rutinario en todas nuestras visitas al Real.
Sin embargo, todo ese cromatismo y esa luz que nos ciega por su intensidad, no debe hacernos olvidar que vivimos una situación económica complicada: uno de cada tres españoles manifiesta no poder ir de vacaciones ni una semana al año; a Cáritas acuden todos los meses personas que tienen un trabajo pero su salario no les alcanza para llegar a fin de mes; en el Banco de alimentos hay menos donantes y más solicitantes; muchas son las familias a las que la caseta les supone un endeudamiento o tirar de ahorros, para poder mantener el ritmo de gasto al que te obligan las visitas de amigos y familiares.
La feria, ese lugar para perdernos con el fin de encontrarnos, donde muchos dirán tras los fuegos artificiales: “hicimos lo que debíamos y debemos lo que hicimos”. ¡Feliz feria!
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






3 Comments
Buenas,
Comentar que como todo lo que tiene que ver con nuestra querida ciudad ha evolucionado de lo que cuentas a lo que es hoy. Ahora el reto es que entre todos no pierda su esencia. Como cada semana u placer leerte.
Un saludo,
Pedro.
Como siempre no puedes decir más verdad.
Como sevillana te digo: “Magnífico artículo”
Días complicados estos de la feria , por un lado ya te cansa todo y por otro , no descansa la mente hasta que te arreglas y te vas a la feria !!! Así somos , incansables en la feria.
Esa feria de buen cante como dices , y buen baile . Esa feria de la que no debemos perder su esencia ahora que todo se masifica y devalúa rápidamente .
Me ha encantado el artículo . Gracias