En periódicos de todos los países se han visto esta semana titulares asombrados, sensacionales… Conscientes de dar al público una gran noticia (buena o mala según los gustos, pero ciertamente noticia. Hasta un notición), pues rezan, en grandes letras: “Trump decreta por ley que sólo hay dos géneros, masculino y femenino”.
Se percibe el asombro del periodista que redactó esto; el estupor del ciudadano que lo lee (estupor feliz y dichoso para muchos de nosotros… pero ciertamente estupor). Hay un asombro, un halo de incredulidad. De manera que tomó posesión el día 20, con un discurso de escasa oratoria pero repleto de contenido específico, y pocas horas más tarde, en cuanto se sentó en la oficina, empezó a cumplir sus promesas.
¿Dónde se ha visto eso? ¿Qué europeo, o al menos qué español o sobre todo qué sevillano, de cualquier edad, puede afirmar que ha conocido algo semejante?
La absoluta incapacidad para cumplir promesa alguna de las que redundan en el bienestar de los ciudadanos (no hablo de los proyectones, lo único que a los políticos parece interesarles, eso de construir estadios y organizar macroeeventos y hacer obras interminables… no, sino esas promesas hechas al ciudadano de a pie de desfacer algún entuerto: bajar impuestos que otro había subido, eliminar agendas ideológicas, cosas concretas de horarios y regulaciones prometidas a algún sector… lo que realmente repercute en su vida diaria), esa especie de imposibilidad era algo a lo que, por mucho que “protestemos” y “critiquemos a los políticos” y escribamos artículos contra ellos… pues seamos sinceros: era algo a lo que nos habíamos acostumbrado. Acaso protestamos, pero como se queja uno del frío o del calor: como de algo inevitable.
Esa incapacidad, digo, se hace más patente en el caso de los gobiernos locales. Pues aquí no podemos hablar de que “las fuerzas ocultas, los grandes lobbies que mueven el mundo presionan tanto, que imposibilitan cambios” y así, hay que tener mucho valor para cambiar ciertas cosas, en terrenos ideológicos, ¿quién se atreve a decir su verdadera opinión sobre el ecologismo, el animalismo, el wokismo…? En el ámbito local hablamos de cosas muy concretas (si se peatonaliza o no una calle, cuestiones de horarios y regulaciones de negocios, impuestos locales). No parece que las grandes fuerzas mundiales ejerzan una presión tan bestial sobre los alcaldes de modo que les impidan cumplir lo prometido. Entonces, ¿por qué jamás lo cumplen?
Recuerdo la frase de una alcaldesa de Madrid respondiendo a personas que le cuestionaban la conveniencia de peatonalizar más calles. La frase fue reveladora: “Miren: la peatonalización es imparable”.
¡Es imparable! ¡Imparable! Pero, ¿por qué?
No estamos ni siquiera de acuerdo con el derrotismo que ve como inevitable las grandes tendencias de Occidente en las últimas décadas: la agenda LGTBI, la desaparición de la agricultura en favor de las placas solares, el animalismo, mil y mil cosas… no es inevitable, pero en fin, se comprende que hace falta muchísima valentía para ir contra esas tendencias. A veces, se propone, por ejemplo en Polonia hace unos años, una ley más protectora de la vida humana, y las furibundas y bien organizadas y financiadas protestas obligaron a echarse atrás. Aunque la valentía heroica sea de desear, todavía se comprende, entre personas mediocres, el no tenerla.
Pero un alcalde que promete cosas referentes a la peatonalización de una calle, o admitir este o aquél horario comercial, o quitar ciertas limitaciones en festivos, o cosas referentes a un maratón… aquí es que ni siquiera hace falta valentía. ¿Por qué no lo hace?
¡Ah, porque “es imparable”! O sea, porque otras ciudades también lo hacen.
Este domingo, una vez más, tendremos la ciudad paralizada, cortada, desviada, por un maratón que se podía organizar perfectamente en el parque del Alamillo, entre árboles. ¿Por qué no se hace? Aquí no hay presión internacional que amenace. Lo único, que otras ciudades caen en el mismo error: que la moda es hacer el maratón entre los monumentos históricos. No hay más. El bienestar de los ciudadanos no importa. “Es imparable”, ¿el qué es imparable? Son paralíticos de la voluntad, los alcaldes de nuestras ciudades; auténticos monigotes absolutamente incapaces de examinar nada con atención y tomar una decisión propia. Instalados en la inercia de la moda, de “lo que se lleva”. Y lo llaman “imparable”.
Y así tenemos todas las ciudades y pueblos de Europa con las letras gigantescas de acero o aluminio con el nombre del pueblo (¿cuántos millones han hecho las empresas que fabrican estos horrores, desde Aberdeen en Escocia hasta Palmones en Cádiz, sin olvidar localidad alguna?), pagadas con dinero extraído a unos ciudadanos a los que no se les ha preguntado si las quieren.
Repetimos: hablamos de cuestiones locales y “menores” porque ahí la cobardía de los gobernantes es más patente, porque ahí el hacer algo ligeramente distinto al resto, el salirse de la moda, no les iba a ocasionar ataques ni presiones. Ni siquiera hay que ser valientes (como en el caso del presidente polaco queriendo dar una ley próvida). Sólo hay que tener una gota de personalidad, dedicar un minuto a estudiar si algo beneficiará a los ciudadanos. Y no lo hacen. Se dejan llevar por la corriente y dicen que es “imparable”.
Pues miren: Donald Trump no es ya cambiar la ruta de un maratón, o respetar unos horarios comerciales prometidos. Es que este señor ha dado una ley diciendo “A partir de ahora en mi país sólo se reconocerán dos géneros: hombre y mujer”.
Sí, lo ha hecho. Ha sido capaz. ¿Que lo había prometido? Razón de más, para un sevillano, para asombrarse. ¿Que es una cosa de sentido común? Razón de más, cuando todos se resignan a aceptar la locura como imparable, para admirarse de que este hombre se atreva, una vez que el sentido común se ha trastornado, a imponerlo por ley.
Pero hay más: ¡se ha salido de la OMS! ¿Por qué no? Puede perfectamente, con el poder adquirido legítimamente, el renunciar a pertenecer a una organización internacional que no le está aportando nada. Es posible salirse. Es posible tomar decisiones. Las cosas no son imparables.
Pero es más: el mismo día 20 emitió un ¿decreto, norma?, en fin, ahí está el documento titulado “Promoting beautiful federal civil architecture”, encaminado a que los edificios públicos sean hermosos. Sí; se preocupó de eso. El mismo día 20.
Hoy por cierto, el nuevo edificio de la antigua Policía de la Gavidia empieza a tomar forma. Parece que superará en fealdad al anterior. Pero aquí nos hemos acostumbrado, hemos tirado la toalla, hemos asumido que lo moderno es feo, y que es inevitable ser modernos. Aquí creemos que la fealdad es imparable.
Ya al margen de ideas, de amigos de lo feo o de lo hermoso, de devotos de las organizaciones internacionales o escépticos ante ellas, de defensores de las placas solares o de lo contrario… creo que todos nos estamos asombrando (unos con alegría; otros acaso con horror. Pero el asombro nos une) al ver un hecho que aunque en teoría era posible, no lo habíamos visto jamás. He aquí un gobernante que no considera que las cosas sean “imparables”. Creía que algunas cosas eran desafueros y prometió cambiarlas. Y en cuanto acabó su discurso, se sentó en su despacho y se puso a cumplir lo prometido.
Nunca vimos cosa semejante.
¡Feliz día de desvíos y cortes de tráfico! En estas latitudes, hasta la moda de una carrerita en el casco antiguo, aunque sea avasallando al pueblo, es “imparable, imparable”.





