La Junta de Andalucía del equidistante y escurridizo Don Juanma Moreno ha suscrito un inquietante protocolo con la Fundación Rojas Marcos para conseguir una “mayor repercusión e implantación social” del “habla andaluza”, la cual es considerada como una “seña de identidad” propia. Poco importa que esa “identidad” teórica sea tan poco “idéntica” en la realidad práctica, no ya entre provincias distantes como Huelva y Almería, sino incluso entre pueblos cercanos, como Úbeda y Baeza.
Tal pluralidad pone de manifiesto otra realidad bastante objetiva: que lo que se habla en Badajoz, Ciudad Real, Murcia o Melilla son modalidades lingüísticas que se asemejan sospechosamente a las hablas andaluzas colindantes. Y ante eso solo caben dos opciones: o reivindicar más Andalucías irredentas expandiendo el invento andalucista por territorios vecinos (no quiero dar ideas) o tomar conciencia de que esas “fronteritas” regionales son bastante convencionales y que no existe tal “habla andaluza” como concepto homogéneo. Me parece que lo segundo es bastante más sensato, y esto lo podría comprender incluso alguien tan moderadísimo como el Sr. Bonilla.
Muchos nos barruntamos que aquí podría estar la primera piedra para la construcción de un “andaluz batúa”, lo cual sería un verdadero puntazo para el rollo nacionalista que obsesiona a Rojas Marcos. Tal vez, ese andaluz normalizado -que inmediatamente pasará a la escuela, no lo duden- podría asemejarse al que chamulla Mariló Montero, que además de saquearnos nuestros bolsillos y hacer morisquetas en el Congreso, suponemos que será un ejemplo egregio de persona orgullosa de “hablar en andaluz”. El protocolo suscrito por Don Juanma es bastante breve y esquemático, y alude a futuros “convenios específicos” que se celebrarán más adelante, lo cual a todos ya nos da una idea de los chiringuitos que pueden montarse a cuenta de este cuento.
El afán por la identidad lingüística -siempre en contra de la lengua española- ha animado a los nacionalistas periféricos desde que, hace 130 años aproximadamente, se inventó esta funesta ideología que pretende balcanizar España convirtiéndola en una Torre de Babel. Los disparates lingüísticos que han perpetrado estos nuevos bárbaros son patentes en Cataluña, en el País Vasco y en Galicia, con resultados homogeneizadores entre provincias y comarcas que hasta hace muy poco tenían modalidades de expresión muy diferentes entre sí. Los resultados están allí muy consolidados y ahora vemos cómo se expanden por Valencia, Baleares y Navarra, con muy escasa resistencia, todo hay que decirlo. La idea ya pasó por la cabeza de Blas Infante y ahí estuvo el hombre haciendo sus pinitos para arabizar nuestro idioma, si bien él centró sus aspiraciones en la lengua escrita.
Desafortunadamente para los nacionalistas, no existe una “lengua andaluza”. Pero jamás hemos de despreciar la proteica capacidad de inventiva y la tremenda habilidad de los separatistas profesionales para elaborar mejunjes lingüísticos verdaderamente currados, como han hecho con la “llingua llionesa”, con la “fabla aragonesa” o con el “asturianu”. Nos consta que ya hay “filólogos” trabajando en una ortografía andaluza. En ella, por cierto, toda la economía del lenguaje del sano hablante andaluz -que de forma natural se ahorra bastantes fonemas en su uso cotidiano- se complica artificialmente con la aparición de multitud de tildes, virgulillas y cedillas con las que estos activistas pretenderán castigar a sus alumnos, casualmente nuestros hijos y nietos si no podemos remedio.
Crear a base de dinero público unos códigos lingüísticos artificiosos con el fin de inculcar en la población una “identidad andalucista” es algo más que un disparate: es una canallada. No hace falta saber mucha Filología para saber que el “dialecto” está íntimamente ligado con el “sociolecto”, variedad lingüística propia de cada estamento social según el grado de ilustración y cultura que cada uno posea. Los romanos decían “libri faciunt labra” (“los libros hacen los labios”): y, de hecho, basta que una persona abra la boca para hacernos una idea de cuál es su nivel cultural. Como, por ejemplo, el de Mariló Montero. A los que somos filólogos nos emociona oír a un hombre viejo de campo que nunca ha pisado una escuela. Quizás lo más interesante sea fijarse en los refranes y las palabras que emplea. Pero, desde luego, no aspiramos a que nuestros nietos pronuncien como él -ni como ella-. Aunque nuestros políticos del consenso progre no se lo crean, hay cosas sobre las que es mejor no legislar.
Porque resultan bastante evidentes los peligros de “dignificar” desde el Boletín Oficial una genérica “habla andaluza”, que necesariamente no tendrá más objetivo que diferenciarse del español normativo, y mucho nos tememos que será a base de vulgarismos, exageraciones y expresiones chocarreras. Que yo sepa y por poner un ejemplo, los que pronuncian pregones de Semana Santa en todos y cada uno de los pueblos andaluces (y extremeños y castellanos y murcianos) ya tienen un habla suficientemente dignificada, aunque no sea en andaluz estándar. La lengua está para comunicarse y no para singularizarse. Y estamos hablando de su majestad, la lengua española.
La Junta de Andalucía ya tiene muchas cosas de las que tendría que ocuparse. La educación en nuestra tierra tiene muchos problemas. Nuestros alumnos ya tienen muchas dificultades para acceder al mundo de la cultura y del empleo. El mundo que les va a tocar ya es suficientemente complejo.
Así que, por favor, saquen de ellos sus sucias manos nacionalistas.





