A María Félix, «La Doña», la actriz mexicana que simbolizó y encabezó durante el siglo XX el empoderamiento radical de la mujer, no le hizo falta cuota alguna ni disfrazarse de igualitarista para erigirse en símbolo perpetuo de una aplastante reivindicación femenina, jamás diría yo que feminista, a la cual las tonterías de Irene Montero y resto del movimiento feminoide no le rozan ni el talón de sus tacones de aguja.
Nacida en una familia de 12 hermanos, se enamoró perdidamente de uno de ellos, Pablo, que se había hecho militar, pero cuando éste falleció (oficialmente se suicidó pero parece que le dispararon a quemarropa en la Academia Militar) ella tenía apenas 15 años y sus padres les habían separado para evitar males mayores. Pese a todo, al igual que su reivindicación de la mujer y sus ataques al machismo de la sociedad mexicana no incluían renunciar a la femineidad, nunca confundió unas cosas con las otras y siempre tuvo claro de dónde procedía aquella atracción pecaminosa y a contrapelo: “Al verlo de militar pensé en buscarme un muchacho como él que tuviera su piel y sus ojos, pero que no fuera mi hermano. Era una tontería porque el perfume del incesto no lo tiene otro amor”. ¡Lo tenía claro la señora…!
Casada cuatro veces a lo largo de una vida que no respetaba ninguna regla establecida, demoró su entrada en Hollywood porque le ofrecían papeles estereotipados de india o de salvaje: “Los papeles de india los hago en mi país, en el extranjero sólo encarno a reinas”, proclamó bien alto y se convirtió en un icono de la moda luciendo los modelos más sofisticados y exquisitos (y empoderadores) como armas irrenunciables de su condición de mujer y de su santa y libre voluntad. A las demoledoras frases que pronunciaba en entrevistas contra el machismo (nunca contra el macho), La Doña encadenaba palabras demoledoras: «El hombre es infiel por naturaleza… bueno, y la mujer también» o «Habiendo tantos hombres… ¿llorar por uno? Ni lo sueñe. A un hombre hay que llorarle tres días… y al cuarto, te pones tacones y ropa nueva».
Fue la primera en pronunciar aquello de que «el dinero no es la felicidad, pero siempre es mejor llorar en un Ferrari» y en cierta ocasión que un periodista argentino le preguntó si era lesbiana, lo demolió con las siguientes palabras: «Si todos los hombres fueran como usted, pero inmediatamente».
Comprendo que es mucho pedir que la reivindicación feminista de nuestros días se parezca en algo a la irrepetible María Félix, pues, como ella misma dijo, «una mujer original no es alguien que no imita a nadie, sino aquella a la que nadie puede imitar» y «Yo no me creo la divina garza: soy la divina garza». Así las cosas, la plática abusiva de la Montero y sus secuaces, con toda su linda ristra de barbaries y mamarrachadas introducidas en una legislación fuera de la Constitución y del tiempo que impedirán a un padre volver a ver a sus hijos por la mera acusación o denuncia de una mujer, constituyen un serio atentado a la civilización y nos conduce directamente a la Edad de Piedra, como parir en una cueva rodeadas de guacamayas, murciélagos y chimpancés, pretensión tan extemporánea de la Montero como la que promovió la CUP de que los hijos fuesen entregados «a la tribu» porque «los hijos no pertenecen a sus padres», en solemne declaración institucional de la entonces ministra de Educación Isabel Celáa.
No tengo nada que alegar (es más, lo apoyo con entusiasmo) cuando de lo que se trata es de exterminar cualquier reproche o inconveniente que pueda existir por razón de sexo, más allá de los que la propia biología imponga de manera insalvable, motivo por el cual me resulta inexplicable que se pretenda una asimetría salvaje de signo inverso que arrolla la igualdad. Y es a esto, entre otras cosas, a lo que hemos convenido en llamar civilización. Fuera de esos principios universales, todo es talibanismo, lo cual explicaría muy bien el silencio de corderos que mantiene la dirigencia progre al respecto de la imposición de la sharia allá donde acontece y la cara de haba que se les queda cuando el islamismo desprecia la menor ensoñación de que las mujeres puedan ejercer otro papel que el previamente configurado en la ley divina.
Si hay algo que siempre me resulta ignominioso es la actitud de quienes se comportan «duros con las espigas y blandos con las espuelas», porque les retrata tanto en la soberbia como en su indigna cobardía. Va a llover y habrá rayos, truenos y centellas si el Tribunal Constitucional no pone fin a esta barbarie cuyas primeras víctimas serán los menores de edad, cosa que a esta gente le preocupa lo mismo que a mí los resultados de la Liga de cricket de Nueva Zelanda.
He dicho.






2 Comments
¡Excelente artículo! Cada vez que La Doña, así se la llama en México, daba una entrevista a alguna televisión, paralizaba el país. La gente dejaba todo para verla. Además decía lo que quería de todo y todos, incluyendo al gobierno y al presidente en un país donde este era casi tratado como un emperador. Siempre lo recalcaba al principio “He venido con la condición de que me dejen decir lo que quiera”, y lo hacía. Era tremenda, audaz, desafiante, además de inmensamente bella. Tenía caballos de carrera y cometió la desafiante osadía de llamar a una yegua Verga, tal cual. A sus 80 y algo en una entrevista con Verónica Castro, esta le preguntó si era cierto que su amante -que era mucho más joven que su hijo-, tenía 40 años, y le contestó “¿Y para qué querría yo uno de mi edad, qué voy a hacer con él?”. En otra ocasión, volviendo de París, en vivo en el aeropuerto Jacobo Zabludowsky, el presentador/periodista más mediático de México le preguntó a bocajarro “Doña, se comenta que se ha hecho Ud. una cirugía plástica más, ¿es cierto?”, ella le contestó -Jacobo, no prestes atención a todo lo que se comenta porque se comenta que tú te acuestas con hombres- cosa que era como un secreto de estado en México. Tuvieron que interrumpir la transmisión. Única e irrepetible es poco para describirla.
jajajajajajjajajaj… Gracias.