Se ha anunciado, gaudium magnum; el aumento del Salario Mínimo Interprofesional (sea por siempre bendito y alabado, habría que epitetar, habida cuenta de la sacrosanta naturaleza que la socialdemocracia le otorga). Lo ha hecho por tropecentésima vez en lo que va desde que tomó las riendas el gobierno de coalición, antes de las elecciones repetidas, después de las provocadas por una moción de censura; o quizá desde aquello del estado de excepción y todos confinados que viene el virus o yo que sé, oiga… la cuestión es que ya somos todos más ricos.
Porque, por supuesto, subir los sueldos nos hace más ricos, tendremos que decirlo así, no sea que alguien saque una calculadora y le dé por darse cuenta de que subir el S.M.I (amén) repercute finalmente en disminuir el nivel adquisitivo general de la población.
Sería cuestión de tener unas nociones de economía similares a las que uno aprende con los Cuadernillos Rubio, para comprender que un aumento de los costes salariales de un 3,6 % supone que para que una empresa mantenga su márgenes, habrá de encarecer ese mismo 3,6 % el precio final de sus productos, sean cuales sean y a quién estén dirigidos.
Nos encontramos aquí con el primer escollo en esa gran falacia de “mejorar la vida de los trabajadores”. Veamos: una persona es trabajador durante ocho horas diarias (supuestamente), pero es consumidor las 24 horas del día. Referir a “los trabajadores” como una categoría dentro de las personas bebe de la filosofía marxista y de ese concepto del Proletariado como Nación; como si la cualidad de trabajador asalariado dotase a la persona de una identidad en sí misma, lo cual es, en realidad, profundamente clasista.
Pero no queda ahí el vapuleo hacia esa “clase obrera” a la que se fustiga con una subida del S.M.I: ese salario “mínimo” no significa únicamente que sea el dinero mínimo que ha de cobrar cualquier trabajador no cualificado por ejercer su oficio (muchas veces ni siquiera es así, podría contarles una muy reciente experiencia en una oferta de empleo a “jornada parcial” de seis horas con dos de intermedio en el que habría que terminar lo que haya quedado pendiente por la mañana… vamos, ocho horas a tres cuartos de sueldo) sino que, fundamentalmente (abran la boca Sindicatos, si tienen centollos) se usa como referente para la Negociación Colectiva, esto es, para marcar los salarios de categorías superiores en todos los Convenios Sectoriales; multiplicando por X el S.M.I y creando, por supuesto, un artificial aumento en el “salario medio”.
Sin embargo, volvamos a la economía de primero de E.G.B: ¿Qué pasa si la empresa de Juanito tiene que pagar un 5% más en salarios medios? = Que Juanito sube un 5% sus precios a todos sus clientes, que trabajan en otras empresas.
Ergo, y queda con ello en suspenso toda zarandaja paternalista del estado ante sus bienamados “trabajadores”: la subida del S.M.I, repercute, indefectiblemente, en el aumento de la inflación, y con ello la referida disminución del nivel adquisitivo de esos mismos trabajadores, debilitando el tejido productivo y contribuyendo a la picaresca, la economía sumergida y que las grandes empresas vendan sus ofertas de empleo como oportunidades para emprendedores dispuestos a pagarse la cuota de autónomo; pero, ¡oh albricias! eso sí, sumando una buena proporción de gravámenes a las arcas recaudatorias del Estado (bendito sea por siempre, y alabado).
Creo que lo he entendido todo, pero sigo sin creerme nada.





