
Principiaban los años ochenta y Sevilla empezaba a cogerle el aire y tomarle el pulso, definitivamente, al compás de los nuevos tiempos —entre chaquetas de pana, petardos, hippos y barbas— que nos anunciaban a bombo y platillo —música, maestro— la panacea de la libertad por encima de todas las cosas.
En las Vascongadas, que aún se conocía así al País Vasco por aquellos tiempos, los tiros en la nuca y las bombas eran el maldito pan de cada día; nos íbamos preparando, con Naranjito hasta en la sopa, para un mundial de fútbol que acabó llevándose la Italia de Paolo de Rossi, que decía Silvio; en los madriles los niños bien de la calle Princesa empezaban a remover la movida; y en nuestra ciudad comenzaba la andadura de una cosa que vinieron a llamar Bienal de Flamenco de Sevilla. La idea partió de un joven del partido andalucista, José Luis Ortiz Nuevo, que a la sazón era concejal de cultura en el Ayuntamiento. De él, del poeta maestro, y de las peñas flamencas partió la idea y la organización de la primera Bienal, concursos y giraldillos incluidos. Ahí tenemos la histórica fotografía con Ortiz Nuevo, Herrera Rodas, Paco Cabrera, Manolo Centeno, Jaime del Pozo, Antonio Asencio y muchos más en el patio de la Peña Flamenca Torres Macarena de Sevilla preparando el guiso de la programación flamenca de aquel festival que empezaba a nacer.
Pues fue la cosa que el genial don José Luis —inquieto y transgresor siempre—quiso organizar dentro de las actividades de la Bienal unos actos en homenaje al poeta y ganadero de reses bravas, Fernando Villalón-Daoiz y Halcón, VIII conde de Miraflores de los Ángeles —y es que hasta para título nobiliario hay que tener arte en este mundo en el que Dios nos ha puesto—, aprovechando el centenario de su nacimiento en la antigua calle Alcázares, en lo que hoy es casa madre de las Hermanas de la Cruz. Aunque también se podía haber aprovechado el cincuentenario del fallecimiento del poeta, acaecido en Madrid en 1930.
Además de editar un libro —con textos de Juan Ramón, de Romero Murube, de Adriano del Valle, de Azorín, de Gerardo Diego, de Gómez de la Serna y de Manuel Halcón, primo de Fernando, entre otros muchos— y de una exposición y varias conferencias, Ortiz Nuevo alumbró un espectáculo que se celebraría, ni más ni menos, que en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, en la plazalostoros. En este último acto participarían —ná, unos artistas de feria, que dirían los Álvarez Quintero— Curro Romero, que cosería a su capote de ensueño los pitones hondos de dos novillos; Rafael Alberti con unas lecturas de poemas, imaginamos que de su “Arboleda perdida”, donde rememora momentos mágicos junto a Fernando; y un tal José Monje Cruz, Camarón, con otro cualquiera: Francisco Sánchez Gómez, Paco de Lucía.
Magnífico homenaje al poeta de la baja Andalucía, al que cantó al pueblo y a su gente con una personalidad única e inimitable, con una verdad en los versos pocas veces igualada por poeta alguno. Un lujo para el recuerdo a Fernando Villalón, quien tuvo que poner pies en polvorosa en el año 29 del pasado siglo huyendo de los acreedores y de más de uno que lo tenía entre ceja y ceja. Enorme reconocimiento al ganadero de reses bravas que tuvo que exiliarse a Madrid y morir tristemente, y solo acompañado de su Conchita, de su Concha Ramos, en Madrid, entre edificios tan altos que no le dejaban ver las estrellas.
Pero no pudo ser. El infierno y el leviatán abrieron de par en par sus puertas y arrejuntaron las fuerzas del mal para que el homenaje a Villalón quedara en suspenso, chamuscao y en un cajón, y no entrara en la programación de aquellas primeras bienales de flamenco. Por un lado, la Real Maestranza se hizo la sueca y miró al río buscando sílfides —agravio solventado hace poco en la que los maestrantes dejaron a Fernando “quedarse para siempre en un tendido con derecho a Giralda”— y por otro lado “los votos en contra de los capitulares socialistas y comunistas” en el Ayuntamiento.
Ahora, dígame usted: ¿quién es capaz de poner de acuerdo a dos extremos tan lejanos, tan opuestos? Piense con calma y dígamelo. Yo creo que sólo el alma personalísima de Fernando Villalón, que se perdió su homenaje en la Bienal pero se ganó el cielo de los artistas eternos.
Pues por delante tenemos la Bienal del año veinte y seis —cien años se cumplirán de la publicación del primer libro de Fernando Villalón, “Andalucía la baja”— para resarcirnos de aquello que ocurrió hace ya más de cuatro décadas. Dicho queda…





