Se hace manifiesto un falso profesionalismo cuando el médico, el arquitecto, el jurista… se irrita sobremanera si un “lego” osa manifestar su opinión, como si se tratara de intrusismo en su campo, cuando a veces es algo de puro sentido común. Esto es especialmente notorio en el caso de la medicina; a menudo el paciente que intenta explicar sus síntomas, los dolores que experimenta en carne propia, se ve frenado por la frase despectiva del médico ofendido: “¿Usted ha estudiado Medicina o lo ha mirado en Google?”.
Así pues, a riesgo de ofender a juristas (al fin y al cabo, muchos políticos no son profesionales de ninguna materia, y legislan sobre todas ellas) hablaría algo de las sentencias que quedan en suspenso.
En la ficción, en películas y novelas, y aun en la realidad actual en países anglosajones y del norte de Europa, es frecuente ver el caso de un “gamberro”, por no llamarlo todavía delincuente, cumpliendo una condena de pocos meses de cárcel, a veces hasta de uno solo, por ofensas varias. Esto suena inconcebible en España, donde se da casi por hecho que cualquier condena inferior a dos años queda en suspenso de manera automática; es decir, no se ingresa en prisión si no hay antecedentes.
Esto quiere decir que el malhechor tarda en pisar la cárcel. Ha de haber denuncias, detenciones, juicios que se retrasan muchísimo, y al fin, si acaso, condena, y luego, todo eso repetido otra vez. Eso sí, cuando por fin cumple condena es por un desmoralizante, larguísimo período de varios años…Tremendo panorama, por “cómodos” que quieran diseñar los centros penitenciarios. Y de la cárcel todos dicen que rara vez se sale mejor de lo que se entró, parece que ocurre lo contrario.
Se me ocurre que precisamente las condenas cortas podían ser las de más obligado cumplimiento –especialmente en ese tipo de delitos que parecen una prolongación natural de la gamberrada (el adolescente que destroza mobiliario urbano con impunidad absoluta, ¿no llegará fácilmente a aporrear un rostro humano?). Un encierro de un mes o dos no destroza la vida de nadie, no le hace ni perder curso a un estudiante, y puede ser un escarmiento de efectos benéficos.
Una señora entrada en años que se gana la vida limpiando casas ajenas ve a veces embargado su exiguo sueldo para compensar una falta o delito que su hijo veinteañero había cometido con diecisiete años. Encuentro que un par de meses en prisión para el autor de los hechos en el momento hubiera sido una reparación más justa y más productiva.
¿Puede acaso una madre controlar los impulsos vehementes, muchas veces destructivos, de la adolescencia, en medio de una sociedad sin ningún elemento disuasorio? Se habla de caída de la natalidad; todavía me asombra que no caiga más; la responsabilidad que recae sobre los padres es de una desproporción pavorosa.
Sería cuestión de ampliar el concepto de cárcel; del actual, como una pena tan horrible que sólo puede imponerse a criminales reincidentes y endurecidos, a un sano y breve escarmiento que les corte las alas a jóvenes gamberros, con lo que saldrían ganando todos, y también ellos. Y quien encuentre que este discurso es retrógrado, que se informe un poco de lo que ocurre en los “avanzados” países anglosajones y nórdicos.





