Una de las ventajas que tiene el haber entrado en el que presumiblemente será el último tercio de la vida, es que renuevas la mirada de todas las cosas, y también de las personas. Me ocurrió no hace mucho en el monasterio cartujo del Paular, en Rascafría (Madrid). Tras oír la explicación de las suntuosas capillas, de su historia y de contemplar las magníficas obras de arte que colgaban de sus paredes, me acerqué a la tienda de souvenirs, donde había desde miel de la localidad, pasando por marca páginas, hasta libros que explicaban la historia del monasterio.
Fue allí donde me topé como si de una serendipia se tratara, con la edición facsímil de un libro que me retrotrajo a mi niñez: “Fábulas de Samaniego, en verso castellano”, ejemplar que por su contenido y reducido precio, invitaba a ser adquirido como un recuerdo de la visita, y que no me resistí a llevarme a casa.
Su lectura me ha hecho viajar en el tiempo a mi infancia, a principios de los años sesenta del pasado siglo, en un piso de la recién inaugurada barriada de Pío XII, cuando mi padre, más amigo de narrar en la mesa de camilla que de leernos antes de dormir, nos sorprendía con las historia del zagal y las ovejas (sobre las consecuencias que tiene decir mentiras), de la lechera (cómo los mejores planes se vienen al traste en un momento dado), de la zorra y las uvas (el desdén por lo que no podemos alcanzar) o de la cigarra y la hormiga (el valor del trabajo perseverante frente a la holgazanería), entre otros.
Relatos breves, porque la paciencia de un niño no da para más, que eran como lecciones de vida que, tomando como base la historia de dos animales que hablan, nos preparaban sin saberlo para lo que nos encontraríamos a lo largo de nuestra existencia en más de una ocasión, y cuya moraleja se nos quedaba grabada a fuego como un sello indeleble que no podríamos ignorar en lo sucesivo.
Cierto es que nuestra formación vendría completada con normas de educación (buenos días, gracias, por favor, perdone, …) los contenidos de asignaturas estudiadas en un bachillerato elemental y luego superior, el COU y los manuales de la carrera, con normas de protocolo que la vida social te iba enseñando (el pan es a la izquierda del plato, hay una copa para cada bebida, …), pero aquellas fábulas transmitían sabiduría, enseñanzas para cada ocasión que no eran materia de examen pero que daban un discernimiento imprescindible en muchas ocasiones de la vida.
Conviene saber que ya desde antes de Cristo se cultivó este género de narrativa: Esopo en la antigua Grecia, a quien se toma como padre de esta modalidad literaria; Fedro en Roma; volvió a resurgir en nuestra Edad Media con el Arcipreste de Hita, pero quien le dio un nuevo impulso en la modernidad del siglo XVII fue el autor francés Jean de la Fontaine (por cierto: les invito a entrar en internet y buscar “50 frases de La Fontaine”). En España no sólo tenemos al alavés Félix María de Samaniego como autor de referencia, también están el tinerfeño Tomás de Iriarte (“El burro flautista”, “Los dos conejos”, …), Juan Eugenio Hartzenbusch, Miguel Agustín Príncipe y Ramón de Campoamor.
¿Conocen nuestros hijos y nietos las fábulas? ¿Les hablan de ellas en los colegios? ¿Pueden imaginar con facilidad una zorra, una cigarra, o cualquier otro de los animales citados, si no frecuentan el campo, no tienen álbumes de cromos, como el magnífico “Vida y color” que se los muestren, o no disfrutan como nosotros de aquel programa “Fauna”, de nuestro inolvidable Félix Rodríguez de la Fuente?
A la vista del panorama educativo que nos rodea y que está dando lugar a tantos jóvenes preñados de ignorancia, quizás tengamos que seguir el consejo que nos daba el malogrado Juan Bautista Humet en su canción “Hay que vivir” (1981) cuando decía aquello de
Habrá que demoler barreras
crear nuevas maneras,
y alzar otra verdad.
Desempolvar viejas creencias,
que hablaban en esencia
sobre la simplicidad.
En este sentido, hace unos días mi admirado escritor Andrés Amorós presentó su último libro “Filosofía vulgar”(Editorial Fórcola) en el que recoge un compendio de refranes desde el Renacimiento hasta hoy y que les recomiendo a ustedes. Hay un saber que no se encuentra en los libros ni se enseña en las universidades. Es un conocimiento que va de boca en boca, de generación en generación, y que pertenece al pueblo. Un acervo que destila sabiduría y, por ello, transmite la forma de obrar bien de quien lo da a quien lo recibe.
Ante el empacho de algoritmos que pretenden resolverlo todo, y la invasión de la big data, por favor, no perdamos nunca de vista que “el conocimiento hincha, pero es el amor el que edifica la comunidad” (1ª Corintios 8, 1)
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Cada vez que te leo Alberto, me gusta más. Me sorprende tu versatilidad de conocimientos bien referenciados y el sentido cristiano con que impregnas tus deducciones. Gracias.