Le comentaba recientemente a un amigo que vivimos un tiempo en el que parece que la memoria queda orillada como facultad humana, lo confiamos todo a Google y no nos esforzamos ni en el campo del estudio ni en nuestro día a día por trabajarla. Atrás quedaron esos años en los que sabíamos los números de teléfono más habituales, o las calles que debíamos atravesar para llegar a un destino en nuestra ciudad.
Aún recuerdo, como muchos de ustedes, cuando estudiábamos que las potencias del alma (¿quién habla hoy del alma?) eran tres: memoria, facultad para recordar y retener vivencias, repositorio donde descansa la mirada del alma al pensar; entendimiento, capacidad para conocer, razonar y entender; y voluntad, capacidad para querer, desear y decidir, orientada hacia lo que más conviene.
En esa estábamos cuando al leer “Poesía de los siglos XVI y XVII” de Ediciones Cátedra (Letras Hispánicas) descubrí a dos poetas de la escuela sevillana del siglo de oro: Juan de Arguijo (1567-1623) y Francisco de Rioja (1583-1659), cuyos apellidos forman una paronomasia (figura retórica que se forma al colocar dos vocablos con sonidos semejantes pero significados diferentes).
Al igual que muchos de mis lectores, he pasado en multitud de ocasiones por la calle Arguijo. Allí está el colegio donde estudiaron mis dos hijas pequeñas, Centro Itálica, más conocido como las Teresianas, y también he disfrutado de los montaditos de la bodega “El Picadero”, y ¡qué decir de la calle Rioja!, vía obligada para ir desde Sierpes a la Magdalena, donde se encuentran la COPE y la iglesia del santo Ángel, y que mi ignorancia me había llevado a dar por hecho que su designación era un homenaje a uno de los vinos tintos más afamados de España…
Resulta muy difícil separar al artista de su tiempo, así como de su obra, y es por ello por lo que profundicé en ambos personajes: Juan de Arguijo nació en una familia burguesa, de padre negrero. Adquirió una formación jesuítica (vivía muy cerca de la Iglesia de la Anunciación, templo central de la Compañía de Jesús), fue caballero veinticuatro del ayuntamiento de Sevilla, y practicó un mecenazgo tan generoso que le llevó a la ruina y acabó acogido por los seguidores de San Ignacio de Loyola.
Su obra no se publicó en vida, sino que fue difundida en manuscritos y antologías (78 poemas, de ellos 67 sonetos, en los que se aprecia su maestría, como en el dedicado a las ruinas de Itálica). Hombre de amplia cultura religiosa y grecolatina, se centró en temas mitológicos e históricos, siempre desde una perspectiva estoica, muy propia del período aurisecular: la fugacidad del paso del tiempo (tempus fugit), el desengaño, la virtud de la fortaleza, la constancia de ánimo y el no perder de vista la mudanza de la Fortuna.
Por el contrario, Francisco de Rioja, dieciséis años más joven que Arguijo, era de familia humilde, se vinculó muy tempranamente a la iglesia, declarando ya tener las órdenes menores con quince años. Capellán de la parroquia del Omnium Sanctorum, alcanzó el grado de doctor y fue miembro del Tribunal de la Inquisición en la capital hispalense. Tertuliano con el pintor Francisco Pacheco y con el escritor Rodrigo Caro, su obra fue alabada por Lope y Cervantes. Escribió sobre la pasión erótica concebida como prisión, y coincidió con Arguijo en el tema del desengaño y la fugacidad del tiempo.
Pocos poetas como él han compuesto obras tan importantes a las flores, uno de los símbolos del Barroco, al fundir belleza, transitoriedad y muerte. Silva a la rosa: …que sale con el día, /¿cómo naces tan llena de alegría / si sabes que la edad que te da el cielo / es apenas un breve y veloz vuelo, … Se aprecia una introspección emocional donde se deja ver un fondo sentimental y melancólico.
Ambos autores comparten el ADN de la lírica sevillana de finales del XVI y principios del XVII: Pervivencia del Humanismo. Un respeto reverencial por los clásicos y el uso de la mitología no como adorno, sino como símbolo moral. Perfección Formal. Buscan la «pulcritud». Sus versos son sonoros, cuidados y huyen de la estridencia. Temática de la Vanidad. La obsesión por el paso del tiempo y la ruina de las cosas humanas. Horizontalidad Estética. Mantienen un equilibrio entre el culteranismo (sin llegar al exceso de Góngora) y la claridad del clasicismo.
Ambos poetas bebieron de las mismas fuentes (Clasicismo latino, Petrarquismo, Fernando de Herrera, Arqueología y arte) y los dos dejaron una huella más allá de su siglo: Juan Nicasio Gallego en el Neoclasicismo, Machado y Cernuda reivindicaron la elegancia y la contención de la Escuela sevillana en el siglo XX.
Lo dicho: caminamos por nuestras calles sin echar una mirada a sus rótulos y sin profundizar en que, muchas de ellas, recogen nombres dignos de ser recordados y divulgados para general conocimiento de todos los transeúntes.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Felicito la validación sevillana que hace de los poetas mencionados el economista, psicólogo y vocacional poeta Alberto Amador Tobaja. Para él mi saludo cordial.