Una lectura sistemática de las grandes obras clásicas de la literatura que muchos “dan por leídas” sólo porque conocen extractos, citas o adaptaciones, resulta enormemente instructiva y gratificante.
La Divina Comedia de Dante es un ejemplo notorio de las compensaciones que proporciona la lectura directa. El poeta va recorriendo las distintas estancias del Infierno (y luego las del Purgatorio y las del Paraíso– aunque estas últimas, de enorme belleza, sean inexplicablemente menos populares), estancias que van de menor a mayor en cuanto a gravedad de culpas de los condenados y nivel de tormento. Es un hoyo, un abismo… peor mientras más se baja. Hasta ahí, esto es cosa sabida. Pero, ¿cuántos se han detenido a leer los cantos, uno por uno?
Pues en el canto décimo-octavo (es decir, ya pasado el “ecuador” de los treinta y cuatro en los que se describe el Infierno) aparecen… los aduladores. Expían eternamente su culpa en medio de una especie de hediondo estercolero. Y “hediondo estercolero” es un modo piadoso y elegante de describir tal suplicio, pues el original combina esa “divina” grandeza que lo hace tan eterno con un realismo gráfico sorprendente, que deja a los traductores abrumados… (il viso merdoso, dice a veces). De hecho, una encantadora nota a pie de página de un traductor decimonónico (Cayetano Rosell) dice así: “Algo más explícito es el autor al designar esta parte, mas no creemos que deba llevarse hasta tal punto la fidelidad del traslado”. El estanque en el que chapotean los lisonjeadores es lo más abyecto que imaginar cabe. Continuamente se alude al hedor, que hace a veces hasta desmayar al poeta viajero.
Aparece en el poema un condenado por adulador, con su nombre y apellido (uno que había sido gran señor en la corte de Lucca). En la traducción de Angel Crespo: Y él, dando en su testuz puñadas fieras:/ “Aquí me hundió mi lengua malhadada/ Nunca harta de palabras lisonjeras”.
En la traducción del Conde de Cheste (del siglo XIX): Y entonces él, golpeándose la nuca/ “Aquí me trajo –exclama- la alabanza/ que en mi melosa lengua no caduca”
En fin, el original dice: “Ed egli allor, battendosi la zucca/Quaggiù m’hanno sommerso le lusinghe/ Ond’io non ebbi mai la lingua stucca”
El pecado de la adulación excesiva aparece como más grave que los de las primeras estancias (donde hay adúlteros, otros que mejor no mencionamos, y también violentos e iracundos que incluso cometieron homicidios. Pero todo eso, como fruto de las pasiones humanas, lo ve menos grave que la continua adulación al poderoso. Ciertamente, si se piensa en las consecuencias para la Humanidad, coherencia no le falta).
Por supuesto, la Divina Comedia de Dante no es ni ha sido nunca considerada como un dogma de fe. Es “sólo” una obra literaria de grandeza inaudita. Sólo decimos que su lectura resulta de enorme interés.
Y en algunos momentos, pues además es de lo más gratificante.





