Ahí está el tipo. En su escaño y ejerciendo de jefe. Al menos eso se cree él. Que los que le rodean, que asienten y palmean todas sus intervenciones, figuran en nómina y por figurar no les queda más remedio que inclinar el lomo. El “sí, guana” de toda la vida, o como se escriba. Y es que el menda pasa olímpicamente de la “troupe”, va a lo suyo: a darle lustre al ego. Que se le nota cuando se levanta a replicar: cada vez más barrigudo, la sonrisa de una hiena “made in China”, la labia que no puede ser más ordinaria y cateta…
Pues que el tío se relame en su propia creencia, oiga. Parece que no ha tenido bastante con los besos que tuvo que darle a la lona del fracaso electoral comunitario. Parece que el revolcón que le dio el de la gaviota no le ha hecho mella… Pero yo sé que es mentira. Que todo lo que es y representa es un quiero y no puedo. Sencillamente, la envidia lo corroe por dentro. Por eso se ampara en esa coraza de político chulo, no teniendo reparo ninguno en alabar a los etarras e independentistas en los que su amo se apoya para conservar el poder.
Un prenda, que cuando le propusieron lo de San Telmo ni se lo pensó dejando tirada la Plaza Nueva a su suerte, nunca mejor dicho. Se fue por la puerta de atrás, y colocó en clara evidencia a quien le sustituiría de inmediato. Porque ya me dirán ustedes, mis queridos lectores, cómo está Sevilla. Yo diría que en una situación de desamparo total, de abandono sangrante. Las postales son una cosa y la cruel realidad otra muy distinta. Y esto lo vemos en el día a día. Mientras tanto, este muchacho sólo se adhiere a su nuevo estatus sin darse cuenta de que vive bajo el hilo del que pende la espada de Damocles.





