Con esto del aprovechamiento universal que nos venden los de la Agenda 2030 me vinieron a la memoria los mercados de abastos que he conocido a lo largo de mi vida y de mis viajes. El viajero que no visita los mercados de abastos no conoce la ciudad que está visitando. Los mercados de abastos son el termómetro más certero de la forma de vida de una ciudad, de su economía y de la forma de expresarse de sus habitantes.
Ahora que tanto se habla de gastronomía, de productos frescos, jamón, de embutidos, de quesos, de vinos, aceites, especies, panes y repostería, se habla muy poco, más bien nada, de los mercados de abastos que van quedando sin convertirse en mega negocios de delicatesen super higiénicos, donde cosa curiosa, un placero metido a chef te puede servir una ensalada de rúcala con queso fresco y aceitunas negras que él solito ha movido con las manos, a dedazos y cobrarte por ella un ojo de la cara, virus y bacterias incluidas.
Pero bueno, vamos a dejar a los chef de las delicatesen y voy a volver a los mercados de abastos, los de siempre, los que empecé a frecuentar en mi infancia y aún frecuento cuando se me tercia. De aquellos mercados sevillanos recuerdo muy bien el de la Puerta de la Carne, un mercado moderno de 1927 proyectado por los arquitectos Aurelio Gómez Millán y Gabriel Lupiañez Gely. Este mercado lleva cerrado todo lo que va de siglo y se encuentra en un estado lamentable después de varios intentos en convertirlo en un centro cultural y el consabido mercado gourmet.
Los otros famosos mercados de abastos de Sevilla, el de Triana, la Encarnación y el de calle Feria se van poco a poco convirtiendo en locales de hostelería para turistas unos y otros como el de la Encarnación ha dado paso a las ya famosas ¨Setas¨, el edificio más disparatado de la ciudad y que le ha costado a los sevillanos un ojo de la cara. Cosas de un ayuntamiento rumboso en la era anti desperdicio. Y ahí voy a lo del desperdicio alimentario para el que el gobierno Agenda 2030 que venimos sufriendo ha elaborado la Ley de Prevención de las Perdidas y el Desperdicio Alimentario, ley con quince artículos que incluyen sustanciosas multas a quien no cumpla con sus órdenes recicladoras porque dicen que cada español tira a la basura 31 kg de alimentos consumibles, y eso dicen no poder consentirlo porque el desperdicio, según ellos, encarece el acceso a bienes de primera necesidad. Está claro que estos chicos ni han ido ni van al mercado de abastos y sus madres tampoco, y como a la abuela la llevaron al asilo pues no les pudo contar cómo se hace una buena compra y como se cocina aprovechando las sobras. No saben lo que quiere decir ¨Dame acelgas pa espinacas ¨ esa frase tan escuchada en los mercados sevillanos y que resume la cocina de aprovechamiento como ninguna otra, ya que de un manojo de acelgas las hojas se usaban para el guiso de espinacas con garbanzos, porque la espinaca siempre ha sido y lo sigue siendo más cara que las acelgas y los tallos se le echaban al puchero.
Acelgas y espinacas aparte, nadie que haga la compra y guise puede creerse que en el ámbito doméstico tiramos alimentos que son comestibles sin intoxicarnos dado el elevado precio de los productos, sobre todo de los frescos, en los que la fruta y la verdura se llevan la palma con unos precios por las nubes y subiendo a la mesosfera. Esta nueva Ley anti desperdicio y muchas otras que nos van a traer las Agendas de la ONU esconden la intención de ir encareciendo más y más el vivir de la población de Occidente hasta conseguir que nos veamos obligados a comer alfalfa regada, perdóneme la expresión, con nuestra propia mierda, mierda a la que también le pondrán precio de mercado.
Mientras sí y mientras no y mientras la mayoría sigue en el limbo que le venden voy a ver cómo va el cocido que tengo haciéndose, cocido del que voy a comer hoy y mañana, y voy sacar un buena fuente de croquetas para pasado mañana, pringa para los desayunos de tres días y caldo para una sopa de cebolla para la cena de mañana. Coman bien, guisen mejor y vayan pensando en aprender a coger en el campo tagarninas pa el puchero, porque la ONU y sus agendas nos van a alcanzar a todos, al tendero de la esquina, y los agricultores, ganaderos y pescadores también.

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