En estos días de incertidumbre en que la misma idea de España se tambalea, resulta curioso, en este mes de octubre, haber visto la ceremonia de jura de bandera de la Princesa de Asturias, y tener pendiente su inminente jura de la Constitución…
No hay que ser especialmente cínico ni pesimista para preguntarse si dichas ceremonias significan hoy algo, si son congruentes con la realidad, si no resultan, cuanto menos, un poco irónicas. Esos juramentos, ¿se cumplen? Esos besos a la bandera, ¿comprometen? Claro que también podemos pensar que seguramente sería peor si estas ceremonias dejaran de existir.
En cualquier caso, la ceremonia del sábado pasado fue vista por muchos españoles (no la inmensa mayoría, como se hubiera esperado en otro contexto histórico; pero sí muchos miles). Indudablemente, fue un espectáculo hermoso de ver. En el año 2023 resulta hasta novedoso, refrescante, la contemplación de un desfile militar, la formalidad, la sincronía, los uniformes.
La “Dama Cadete Leonor”… sonaría a adulación absurda decir “estuvo impecable” como si no fuera lo lógico y esperado, al igual que el resto de soldados. Pero sí es cierto que causó cierta sorpresa. Diríase que mostró su mejor cara; que entre esa fila uniformada rebosaba aplomo, seguridad y esplendor.
¿Es lógico que una muchacha ofrezca su mejor cara vestida de soldado…? Bueno, en 2023 y en sus circunstancias, tal vez no sea tan extraño.
Una novela de hace unos ochenta años, refiriéndose a un joven al que llamaron a filas, decía: “Encontró la disciplina militar tan impersonal que en ella halló descanso”. Acaso en 2023 esta descripción resulte aún más certera.
Después de un bachillerato “abierto, inclusivo, laico, dialogante, multirracial, multicultural”… después de múltiples ceremonias en las que debe ir vestida de modo que no parezca muy lujosa, que se note que “recicla prendas”, que no luzca anticuada, que en fin, aparezca “arreglada pero informal”… (¡cuán agotador! ¡cuánto esfuerzo para tan mediocre resultado!), podemos imaginar el descanso emocional de un uniforme, unas órdenes claras, unos gestos y movimientos definidos e igual para todos… Esto puede ser liberador para la mente, enriquecedor. La energía que se ahorra en minucias puede ahora emplearse en cosas más productivas.
Para el que observa, es un placer a la vista esas filas de soldados en uniforme de gala, derechos, impasibles, sin un paso en falso –nunca mejor dicho (sobre todo, ¡qué contraste con las autoridades femeninas de paisano! Los hombres pueden recurrir a sus chaquetas, pero las mujeres, con esta especie de dictadura de la informalidad que padecemos, diríase que se visten como para tomar un helado a pie de playa, con los ligeros vestiditos floreados que se usan encima del bañador…).
El placer visual resulta incluso más profundo. Los grandes pintores de la historia occidental han establecido como tipos, que a menudo se repiten; no siempre por genética sino porque el repertorio de la Naturaleza es limitado, y a veces se dan coincidencias inesperadas.
Son inconfundibles los santos y Vírgenes pintados de frente por Piero della Francesca, el pintor del Quattrocento en Arezzo, pintor de la luz; sobre todo en las líneas de la boca presentan una pureza, una inocencia especial. Algo de eso parece reflejarse en la parte inferior de la cara, ya que la hemos podido ver tan de cerca, de la Dama Cadete Leonor.
Observación subjetiva y aventurada, sin duda; influida seguramente por lo conmovedora que resulta la juventud para quien se aleja de ella, cuando no por puro instinto “maternal”. Pero aun esta subjetividad subraya lo cierto e incontestable: necesitamos nuevas generaciones. Aparte de por razones obvias, hasta para ser nosotros mismos necesitamos esta continua renovación de ilusión y de esperanza.
La caída de la natalidad es la mayor de las tragedias.
Por lo pronto, muchos jóvenes soldados han gritado, al día de hoy, “¡Viva España!”.








