Desde los albores del siglo XX hasta nuestros días, en los países occidentales avanzados, se viene reivindicando con toda justicia la generación de políticas activas que promuevan la igualdad de género. Es deseable propósito que exista una verdadera igualdad de oportunidades para mujeres y hombres en las distintas esferas privadas y públicas de la sociedad.
Últimamente vivimos tiempos de una forzada y políticamente correcta búsqueda de cuotas participativas de la mujer en los sectores más visibles de la sociedad. Las listas electorales, los organigramas de las distintas administraciones públicas, los consejos de administración de las empresas y hasta las juntas de gobierno de las Hermandades quedan convenientemente adornados con presencia femenina, que en la mayoría de las veces está plenamente justificada por la indiscutible valía de las féminas en cuestión. Sin embargo, no es menos cierto, que algunas otras veces esta presencia femenina responde a un artificial entreverado decorativo dirigido a la galería mediática. «Postureo de género» (tomo copiada la expresión del título de un magistral artículo de doña Pilar Rodríguez).
Entre los desfiles procesionales de la Semana Santa sevillana me impresiona singularmente el Misterio de Santa Marta; Santísimo Cristo de la Caridad en su traslado al Santo Sepulcro. Quien buscó o se encontró, un Lunes Santo, el cortejo fúnebre de Jesús de Nazaret, quedó sobrecogido por la devota compostura de los hermanos de esta Cofradía en su estación de penitencia y por el respeto que le profesa Sevilla a este Cristo yacente, pues parece llevado como en volandas de silencio por sus dolientes.
La vida, pasión y muerte de Jesús nos muestra una visión avanzada del rol participativo de la mujer en el mundo desde hace dos mil años hasta hoy. Al comienzo de su vida pública, Jesús escogió a doce apóstoles varones para compartir con ellos sus vivencias. Cuando Jesús murió en la Cruz y fue descendido, cuando fue trasladado a su sepultura, sólo estuvo presente para acompañar su cuerpo uno de aquellos doce elegidos, San Juan Evangelista, a quien se sumarían otros dos santos varones, José de Arimatea y Nicodemo. Y sin embargo, en aquel momento de duelo y quebranto, de duda e incertidumbre, las damas sí fueron incondicionalmente leales en su amor a Cristo. Estuvieron allí Santa María Madre de Dios, Santa Marta, María Magdalena, María Salomé y María Cleofás. Tres a cinco (bonito
Existe una cuota de participación con preponderancia femenina desde el principio de los tiempos hasta nuestros días. Esa es la cuota del Amor y la Misericordia. Cuando la vida me ha llevado alguna vez a la sala de espera de un hospital he observado una absoluta disparidad de género, muchas más damas que caballeros. Igual que sucedió en el entierro de Jesús.
Se acercan los emotivos momentos
En los momentos de dolor nunca hizo falta reivindicar paridad pues siempre fue mayoritaria la presencia de las damas entregando lo mejor de sí mismas. Que nadie olvide que todos somos hijos de una mujer. Que todo el mundo recuerde que fueron mayoría las mujeres que acompañaron a Cristo en su último viaje.





