Hace sesenta años Palomares del Río, donde me crié, era un pueblo muy pobre, de trabajadores del campo y la construcción. Los niños que vivíamos allí, los más pobres, apenas teníamos un dulce o un helado que llevarnos a la boca. Había que ponerle dos velas a la Virgen de Estrella para que una o dos veces en verano te pudieras refrescar con uno de aquellos napolitanos que vendía un señor con una moto. Llevaba una especie de garrafa de corcho y aluminio y cuando la abría y te asomabas te daba un bofetón de frescor con olor a fresa que aún no he olvidado. Pero de comérselo, nada, porque en casa no había dinero para caprichos. Entonces, como el napolitano no era posible, solía irme al campo y cogía higos chumbos, que había que saber cogerlos porque podías acabar con el cuerpo lleno púas. Se cogían con una caña preparada, uno a uno, se echaban en la tierra para barrerlos con una escoba de palma y que perdieran las púas. Luego se lavaban en alguna alberca o pozo, y a comérselos. Fresquitos eran un manjar. Los podías comprar en las puertas de los cines de verano, pero no era fácil. Un día me di un atracón de higos chumbos y cogí un atasco tan grande que casi reviento. Llevo décadas sin probarlos, por el mal recuerdo de aquellos días. Me contó un día El Pali, el maestro de las sevillanas, que su padre cogió también un atasco de estos higos y que lo ingresaron. Tuvieron que meterle un manguerazo de vaselina y llegaron pipas al techo de la habitación. En la cama de al lado había un legionario al que le cortaron una pierna, y cómo no sería la cosa, que con una pierna menos, espantado, salió echando leches de la habitación y voló por las escaleras gritando “¡Socorro, socorro, pónganle un tapón a ese tío!”. Al parecer, se había comido medio cerón de higos por una apuesta, además de un queso de cabra que le habían regalado en el muelle.





