
De un día para otro… quitan los semáforos de la ciudad y los sustituyen por otros. Pero así por las buenas. Con esa alegría maligna del que tira con dinero ajeno, con ese insano “placer” de derrochar lo que se le ha sustraído a otros.
Acciones como esta nos suenan bastante. Han sido muy frecuentes en todos los ámbitos de la Administración Pública (la que luego nos dicen que está tan adeudada): un día el ciudadano entraba en una estancia (el estudiante en su aula, el dolorido a su centro de salud) y hallaba todo el mobiliario de ayer sustituido por otro diferente. Esa expresión de “no sabe qué hacer con el dinero” halla en las administraciones públicas su sentido más exacto. No saben qué hacer para derrochar más; agotada la imaginación, pues a la basura todos los pupitres color crema y vengan quinientos nuevos de color verde; adiós a las marquesinas de color naranja, ahora son coloradas. ¿Qué más? ¿A nadie se le ocurre nada? Bueno, pues a arrancar todos los semáforos y a ponerlos todos nuevos.
Ya no es sólo el derroche, escandaloso, faraónico, repulsivo (bueno, quitemos el segundo adjetivo: los faraones tenían un sentido de la grandiosidad y de la estética); hay otros factores que hacen de esta sustitución un alarde de cinismo.
De manera que el ciudadano vive oprimido bajo el peso de la culpa de producir basura. Continuamente recibe mensajes institucionales de reproche y normas para que su vida sea más dura. (Los hoteles de muchas estrellas anuncian orgullosamente, como el que presume de un plus, que en sus instalaciones hay “menos agua en el WC y en las duchas”. Los más guays ofrecen además la ventaja de que “se puede renunciar a la limpieza diaria”). La vida del ciudadano medio debe ser más desagradable, prosaica, hasta sucia. Sudor y mal olor en verano, frío en invierno, comprar sin recibir un ticket, llevar lo comprado sin bolsas hasta colgando la boca… reproches y riñas por todos lados. Mensajes institucionales (producidos con dinero sustraído a los ciudadanos) que conminan a esos ciudadanos a que no tiren, en la intimidad de sus casas, ni una pera a medio pudrir…
Tan fanatizados estamos que nadie se detiene a pensar un momento… Pero bueno, una pera, o cualquier alimento, precisamente se desintegra fácil. Es reabsorbido por la naturaleza, hasta en una maceta. En cambio, ¿cuánto tarda en desintegrarse un semáforo? ¿Y mil de ellos?
¿Qué han hecho con los semáforos que han quitado? ¿Cuánto tardarán en desaparecer?
(“No tires comida. No imprimas un folio para leer un artículo: léelo en una pantalla aunque te estropees la vista”).
Los semáforos, los paneles informativos, los armatostes de hierro o aluminio de las múltiples rotondas, los cientos de miles de “parques infantiles” de duro plástico con los que han alfombrado toda España… sería infinita la lista de las toneladas de material gigantesco, feo e inútil que las Administraciones fabrican y desechan a cada minuto.
(“No tires la pera a medio pudrir, cómetela. Y no te laves tanto”)
¿Para lo público no existe el medio ambiente, no hay que “salvar el planeta”?
Pero hay otro elemento repulsivo en esta sustitución, tan aleatoria, impuesta, arbitraria. Es la estética.
Nunca habíamos pensado que un semáforo –algo tan prosaico, funcional y feote – pudiera ser hermoso. Pero de repente, a la vista de estos nuevos que han colocado sin pedir la opinión de nadie (es una cosa que tendremos que mirar millones de veces. Podíamos haber opinado un poco)… nos entra una especie de desazón- ¿Esto que es? ¿Son semáforos? Si parecen luces de túneles…
De repente nos entra una nostalgia por lo que nunca hubiéramos imaginado: el semáforo clásico, con su visera. Algo funcional y práctico y feote, sí, pero ahora vemos que aquella visera le daba cierta armonía, cierta gracia… Eran semáforos – algo per se impositivo, autoritario, y que nunca pensamos que nos iban a inspirar un cariño póstumo. Pero es que los de ahora no son ni semáforos. No tienen ni la mínima armonía de la visera. Son la pura prohibición, son singracia.
Dios mío, ¿qué será lo siguiente que nos quiten?







