
“Peatón: Por favor, cruce por la otra acera”, señala un modesto cartel en las inmediaciones de una obra de construcción privada. Se dirige a los peatones. Hay que recurrir pues a un letrero improvisado, rotulado a mano, colgado por albañiles, para hallar un residuo de cortesía.
¡Nos hablan de usted! Es lo suyo, claro, muy especialmente en un cartel escrito, dirigido al público en general. Es como obviamente debe ser.
Pero justo veníamos de la carretera, de ver las señales luminosas de arriba indicando: “Revisa el estado de tu vehículo”. Indicaciones oficiales, del Estado español (o de la Junta – oficialísimas en cualquier caso).
Quien crea que esto es una cuestión menor, debe pensarlo dos veces. Por supuestas “necesidades” (cuya pertinencia no discutiremos ahora), los ciudadanos hemos estado encerrados, enmascarillados; ya, pandemia aparte, el Estado interviene en todo, en la organización de nuestra vida familiar, en nuestro lenguaje y actitudes, en todo. Menos en lo que debería hacer (procurar un buen funcionamiento de la economía, acabar con la delincuencia, dejar bien a España en política exterior), no hay casi partícula de nuestra vida privada en la que no se empeñe en intervenir.
Pero el colmo ya de todo es el tuteo institucional. ¿Imaginamos que si en la carretera nos detiene un guardia civil o un policía -lo que ya es ingrato, lo que casi seguro acarrea multa y humillación- pues encima nos diga “Enséñame los papeles” “Sopla aquí” “Ponte la mascarilla” …? La situación, ya ingrata, alcanzaría unos niveles de degradación inauditos, ya no hablamos sólo de pagar una multa, y de tener que obedecer y callar por miedo a represalias… sino que ya es la sensación de ser tratados como la última escoria (y no digo “como perros”, aunque esa sería la expresión popular más adecuada, porque ya se va quedando obsoleta- a los perros se les trata mucho mejor).
Si todavía el policía y el guardia civil nos hablan, al menos de entrada, de usted, con mucho más motivo el letrero escrito.
Que en una sociedad cada vez más informal enseguida “pasemos” al tuteo, ya tan generalizado en el lenguaje hablado, eso es una cosa. En principio, indica una actitud de acercamiento, de intención amistosa, de cordialidad. Por eso muchas veces, en el banco, en una oficina, en Hacienda, la misma persona que le ha dicho algo cordial a un ciudadano hablándole de tú (“No te preocupes, esto aunque esté fuera de fecha no te va a pasar nada”), si al siguiente le tiene que decir algo desagradable o llamarle la atención, le hablará de usted (“Por favor, respete el turno”). Sería ya el colmo el decirle a un adulto desconocido hecho y derecho: “Siéntate y estáte calladito”, como si fuera un maestro de Infantil, y de los antiguos, dirigiéndose a un niño.
El letrero escrito, y mucho más si es oficial, y mucho más si es dando instrucciones, debe hablarnos de usted. Es algo tan obvio que resulta increíble repetirlo.
“Revisa el estado de tu vehículo”. A lo mejor a muchos no les hieren tanto esas palabras despectivas porque están ya acostumbrados a verlas parecidas, por el efecto de las malas traducciones del inglés. Así en los aviones de Ryanair los letreros indican: “Ponte el cinturón”, un barbarismo grotesco (ahora que todo es inglés, inglés, inglés -le llaman “ser bilingües” a no saber español, alguien podía recordar que en inglés “you” tiene cuatro traducciones posibles: tú, vosotros/as, usted, ustedes. En letreros dirigidos al público, corresponde la cuarta acepción). Pero el Estado español es, o debe ser, algo ligeramente más importante que Ryanair.
¿Todavía alguien cree que estos temas son banales? Son mucho, mucho más cruciales de lo que aparentan; representan ya el último escalón de la sumisión al poder, del reconocimiento de nuestra abyección, de que carecemos del todo de derechos…
Los que han leído con algún detalle la historia de la reina María Antonieta, y sus padecimientos en los últimos años, generalmente no pueden evitar el reivindicarla, frente al cliché barato con el que la definen en los manuales simplificados de que “era muy frívola”. Su entereza frente a las privaciones y humillaciones inauditas, constatada en mil testimonios -aunque éstos a su vez se quisieron ocultar-, obligan a despertar no sólo la simpatía sino hasta la admiración. “Es que fue muy frívola”. Pues… a muchos intelectuales querríamos ver comportarse como esa “frívola”, cuando estaba en prisión.
En el calabozo, separada de sus hijos, a los que adoctrinaron contra ella, recibiendo todo el sadismo cobarde de los que golpean al árbol caído, no sólo padeció hambre, frío, suciedad sino sobre todo cinismo a toneladas. (En Cuaresma, por cierto, y sólo en Cuaresma, los carceleros se divertían ofreciéndole carne – que se negaba a tomar. La “frívola”).
Pues en algún lugar consta (según “Los Girondinos” de Lamartine), que lo más doloroso, la gota final de la humillación, lo que peor llevó y más puso a prueba su entereza, entre tanto carcelero rivalizando en quién la abajaba más, fue, no que de reina pasara a ser “la viuda de Capeto” … sino el que empezaran a tratarla “de tú”. Un desprecio que entonces no se hacía prácticamente con nadie.
Pagamos impuestos, multas, cumplimos normas, justas e injustas, nos dejamos invadir la privacidad, el Estado controla nuestra vida, y tenemos que llevar un trapo en la boca en el autobús… pero el colmo es ya que hasta por escrito nos falten al respeto dándonos órdenes de esa manera. “Lávate las manos – revisa tu vehículo”. Es la peor humillación.
Menos mal que los albañiles sí saben escribir.





