Hay instantes en la vida de las naciones en que el tiempo parece abandonar sus acostumbradas prisas y detenerse, pensativo, sobre los acontecimientos. Tal fue la impresión que me ha dejado el magistral discurso del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados, aquella casa de palabras donde tan a menudo se combate sin argumentos y tan pocas veces se conversa con espíritu de concordia.
La mañana tenía algo de esas jornadas que describían los viejos cronistas parlamentarios, cuando la expectación recorría los corredores como un viento invisible y las miradas buscaban, más allá de la rutina política, el anuncio de una idea capaz de sobrevivir al día siguiente. Entre los bancos, bajo las lámparas solemnes y el peso de la historia, resonó una voz desprovista de estridencias, pero cargada de esa autoridad que nace de las convicciones profundas. De la Fe.
No habló el Pontífice de victorias ni de derrotas. No repartió elogios ni censuras. Habló, sencillamente, de la paz. Pero de la paz verdadera, esa que no consiste en el silencio de las armas, sino en la disposición del alma para reconocer en el adversario a un semejante. Porque las sociedades, vino a recordar, no se sostienen únicamente sobre leyes y reglamentos, sino sobre el delicado tejido de la confianza mutua.
Y entonces apareció la imagen de los muros. Los muros, tan antiguos como el miedo humano. Los levantan las ciudades contra el extranjero y los hombres contra sus propios hermanos. Se construyen con ladrillos, pero también con prejuicios, recelos y soberbias. El Papa advirtió que ninguna comunidad alcanza su plenitud encerrándose en sí misma. Los pueblos crecen cuando abren puertas, cuando tienden puentes, cuando se atreven a escuchar razones distintas de las propias.
Hubo palabras para la vida humana, pronunciadas con una gravedad que parecía reclamar silencio. Recordó que toda existencia posee una dignidad inviolable desde la concepción hasta la muerte natural. En tiempos inclinados a medirlo todo por su utilidad inmediata, aquella afirmación sonó como una defensa de lo permanente frente a lo efímero, de la persona frente a la conveniencia, de la conciencia frente a la moda.
Al concluir, las paredes del hemiciclo seguían siendo las mismas, los partidos los mismos y las discrepancias también. Pero quedó flotando en el aire una cuestión que los viejos articulistas habrían recogido para sus crónicas: si la política no nació precisamente para esto, para hacer posible la convivencia entre quienes piensan distinto y para custodiar, por encima de cualquier interés pasajero, la dignidad del ser humano. Porque cuando las naciones olvidan esa tarea, los muros crecen. Y cuando la recuerdan, comienza siempre, de algún modo, el camino de la paz.





