Comentando algo sobre los cristales tintados en el interior de un VTC, hé aquí que el conductor sentencia con aire moral:
– Sí: este coche lleva los cristales tintados. Y así deberían ser todos los vehículos de transporte público. Eso es lo correcto. Porque nadie tiene por qué saber que usted va aquí.
Cuando oímos algo enunciado en tono didáctico, moral, educativo (¡y es tanta la frecuencia con la que oímos hablar así, en esta época de moralismo intenso!), normalmente, a menos que ya tengamos una clara idea preconcebida en contra, y sobre todo si se refiere a algo sin importancia en lo que nunca habíamos pensado… pues lo normal es asentir. Al oír: “Estos coches deben ir con cristales tintados, a nadie le importa adónde va usted”; parece que automáticamente una asiente “¡Ah, claro! Pues muy bien”. Así que esta medida es para frustrar el cotilleo ajeno… Pues vale.
Pero en un segundo momento, afloran montones de dudas. De manera que este medio de transporte se caracteriza por una brutal cesión de datos privados, nombre, dirección, ubicación, cuenta bancaria… El simple desplazarse unos escasos kilómetros es cosa controlada, pública, que queda registrada. Lo incómodo de este hecho retrajo a miles de personas de usar estos vehículos durante años y años, prefiriendo el saludable anonimato del taxi, hasta que la curiosa actitud de este último sector lo hizo inevitable (ante las huelgas de taxis, ¿qué hacer?).
Damos un paso, y literalmente otras personas desconocidas, a las que hemos tenido que darles la ubicación de nuestro teléfono, saben que lo estamos dando. Frente a ese control que aún ni asimilamos (sabemos que existe, pero no terminamos de creérnoslo)… ¿ahora salen con que hay que llevar cristales oscuros “para defender nuestra privacidad”?
Pero, dejando aparte el capítulo incoherencia, centrémonos simplemente en la afirmación inicial; aquello de “nadie tiene por qué saber que usted va en este vehículo”.
Acostumbrados a una verborrea sobre “privacidad, protección de datos, etc”, lo más probable es que a la mayoría semejante frase les parezca acertada. Pero, ¿por qué no nos atrevemos a olvidarnos de estos eslóganes, y a pensar un poco por cuenta propia?
Cuando salimos a la calle, la gente nos está viendo. ¿Se nos puede ver andando, pero yendo en un vehículo no? ¿Se da por sentado que hacemos algo malo? A una persona se la puede ver subiendo a un autobús o tomando un taxi, ¿pero cuando está dentro eso ya es ilícito? “Nadie tiene por qué verla”. Pero, ¿un pasajero es acaso un criminal fugado, o alguien que tenga que ocultarse por alguna razón? El que necesite esconderse, ya cuidará de camuflarse por su cuenta.
“Privacidad”. “Protección de datos”. Se criminalizan cosas normales de la vida cotidiana, a la vez que lo decididamente criminal (por ejemplo el robo con violencia)… es visto como avatar de la vida, como lluvia o granizo. La atención se centra en perseguir cosas que hace unos años nos parecían normales.
Al llegar a cualquier institución (tipo un Consulado, un Instituto Cervantes… pero en fin, esto sucede en cualquier sitio) y no ver a la amable persona que nos atendía otras veces, y que era casi amiga, suele producirse este diálogo: ¿Y Maricarmen, ya no está aquí?-No –Ah, pues, ¿dónde está ahora?, y recibir la seria, solemne afirmación: “No se lo puedo decir”.
“No se lo puedo decir”, estas simples palabras, pero pronunciadas en tono recriminatorio, dogmático, moralista. Como diciendo “Me está preguntando algo que no se puede preguntar, tenga cuidado, eso es casi delito”. Privacidad, protección de datos, todo es secreto.
¿Y secreto por qué? Secretos son los crímenes, y a lo largo de la Historia se ha considerado peligroso eso de las sociedades secretas. Se partía de que la sociedad está compuesta de personas honradas que no tienen nada que ocultar.
Y la tal Maricarmen por la que preguntamos, pues ya habrá miles de personas que pueden controlar al minuto dónde está exactamente, y lo que hace (y probablemente, en redes sociales, cualquier interesado hallará hasta excesiva información. Hasta los que no tienen redes sociales, alguna vez “salen” en las de otros… estamos controlados todo el tiempo, es un tópico, y es cierto). Es decir, virtualmente todo se sabe. Pero en el cara a cara, todo está vetado.
Es decir, lo prohibido es justo lo humano y natural. “No se lo puedo decir”, ¿por qué? A lo mejor esta chica, si antes trabajaba en Varsovia pues está ahora en Viena, ¿es eso una información secreta y peligrosa? Sólo lo sería si partimos de que todos somos delincuentes peligrosos, deseando hacernos daño unos a otros; y a su vez, todos somos, no sé, traficantes de armas o de drogas perseguidos por la policía, que debemos vivir en el mayor de los camuflajes…
Espero poca simpatía; tan profundamente ha calado eso de la “privacidad, protección de datos” que ya la mayoría de la población lo ha asumido sin darse cuenta (¡ese es el tremendo peligro de las leyes absurdas, que cambian las mentes!). Todo el mundo sabe que ahora es delito lo que antaño era simplemente el puro fluir de la vida.
Acaso el ejemplo más triste de esta extraña mentalidad se produce en Semana Santa. Cuando el cofrade acude a su Hermandad para ver las listas de los hermanos que harán la estación de penitencia – el rito habitual, por la mañana del día de salida, para comprobar el tramo y el lugar que le ha correspondido… pues desde hace unos años, esa simpática tarea se ve un tanto oscurecida. Mientras va mirando los tramos, el nazareno recibe el bombardeo del mismo mensaje, impreso a gran tamaño en todas y cada una de las hojas que cuelgan de la pared: “¡Prohibido hacer fotos! ¡Prohibido hacer fotos! Los nombres de los otros hermanos son privadísimos y confidencialísimos. Si necesita apuntar en dónde le ha tocado, cópiese ese dato, y sólo ese dato, con papel y lápiz…”
Es doloroso que nadie vea en esto nada chocante. La hiper obsesión de todo ente eclesial por “adaptarse al mundo, modernizarse”, en todo, todo, todo, ha hecho que hayan adoptado automáticamente este nuevo principio de “privacidad, confidencialidad y protección de datos” sin detenerse a pensar pero ni un instante
El hacer la estación de penitencia, ¿no es una pública demostración de fe? ¿Y totalmente voluntaria? ¿A qué viene este ocultismo? Si alguien se avergüenza de salir, ¿quién le obliga?
¡Cómo se echa de menos un fluir de la vida cotidiana espontáneo, amable, natural!





