En este mundo que se ha llamado “posmoderno” pero que más bien se podría llamar casi “de la post civilización”… no cesan de caer conceptos que creíamos eternos, o al menos muy milenarios. La familia es tal vez el ejemplo más obvio, pero no el único.
“Crimen y castigo”, ¡cuán notable, hermosísimo, impactante título, el de la novela de Dostoievski! No se puede expresar más con menos palabras. Crimen y castigo, una cosa no va sin la otra. Pero también indica algo que muchos niegan: el que exista el crimen en sí, el que existan la culpabilidad, la responsabilidad…
Algunas novelas de Agatha Christie fueron publicadas hace más de un siglo. De no tanto tiempo, pero casi, es “Muerte en la Vicaría” (1930), la primera en la que aparece el mundillo de aquel pueblo, St. Mary Mead, ya tan familiar para millones de personas… un verdadero documento histórico aunque de “ficción” se catalogue. Pues en esta novela sale un tal Doctor Haydock, con teorías novedosas sobre el crimen…
“No le envidio su oficio”, le dice el médico al vicario del pueblo. “Su trabajo está centrado en la idea del bien y el mal, y no estoy seguro de que exista tal cosa. Los que cometen crímenes simplemente están enfermos – es cuestión de una glándula de más o de menos… No se ahorca a un hombre por estar enfermo”. Al final de la novela, y al saberse el verdadero autor del crimen, un apuesto joven que además había organizado perfectamente el achacárselo a un infeliz… las ideas del Doctor Haydock sufren una total transformación. Su indignación contra el asesino, al que contribuyó a apresar, fue mayor que la de ningún otro. No hay duda de que la mentalidad de la autora, su constante adhesión a la idea tradicional, sí, de que existen el bien y el mal… eso enlazó con el corazón, con la experiencia y el sentido común, de millones y millones de personas en todo el mundo.
Trasladándonos al mundo actual, este caso del doctor Haydock y su cambio de actitud, aunque pueda sonar algo simplista… pues lo vemos todos los días.
Así en abstracto, la actitud de una mayoría de personas hacia “el crimen” suele ser muy benévola, muy comprensiva. Más allá de la obra de misericordia de “visitar a los presos”, a menudo se menciona la cárcel casi como quien se refiere a algo entrañable y tierno. En época navideña no suele faltar un programa de radio que describa, con un tono de voz más dulce del habitual, “cómo se celebra la Navidad en la cárcel”. Que a un cristiano jamás puede parecerle esto mal, pero lo curioso es eso, el tonillo edulcorado, amable… La sociedad en general, por lo visto, inmediatamente perdona, olvida, es sumamente benévola, no guarda rencor, ¡qué maravilla!
Pero de repente surge un “malo” con cara propia, con nombre y apellidos, y ¡oh, cómo cambia el discurso! No sólo benevolencia y perdón han desaparecido, sino que renacen formas primitivas de represalia que creíamos habían desparecido desde el código de Hammurabi y aun mucho más atrás, desde que hay códigos establecidos aunque no estén por escrito.
El ser humano ahí suelto, estilo animal, se venga del “malo” como puede. Los códigos, las leyes penales, surgieron para racionalizar las cosas. Benignas o severas, las penas impuestas por un código penal son fijas; están establecidas de antemano. No pueden inventarse penas a placer una vez cometida la infracción.
Pero hoy día, justo cuando hemos normalizado con toda tranquilidad lo que llamamos “delito común” (que ya ese nombre es terrible, “común”. Un asaltador que acuchilla a un viandante en una esquina, pues eso es delito “común”. Normalísimo, no indigna especialmente a nadie. Se hablará en todo caso de la conveniencia de más policías, de más cámaras… pero nadie se indignará con la persona del agresor. Como si fueran daños por la lluvia o el viento. Y salen anuncios en que los ladrones – una profesión tan digna como otra cualquiera, por lo visto – renuncian a entrar en una casa porque allí hay una alarma muy eficaz. Pero nadie discute su “derecho” a entrar en otras), justo cuando hemos normalizado eso, que el robo y no digamos el hurto son ya cosas aceptadas por las que no hay que indignarse, si acaso poner mejores cerraduras… pues de repente surgen aquí y allá “malos” que causan una indignación pública enorme (hasta ahí, todavía vale: cuando falta la imaginación, es posible ser benévolo con “el crimen” en abstracto, y severísimo con el criminal concreto con nombre y cara), y entonces, pues no es ya que se pidan las penas correspondientes, las máximas si se quiere dentro de la tipificación del delito en concreto, no…
¡Es que vuelve el ser humano pre-Hammurabi, y pre- otros códigos aun previos que no conocemos pero que existieron seguro! El anterior al Pentateuco, a todo. El que simplemente, al ver que alguien hacía un daño, pues procuraba vengarse con medidas aleatorias agudizando el ingenio. Pero encima esto hoy se lleva a cabo desde arriba, desde lo institucional.
Del Reino Unido llegan noticias de las que es imposible no enterarse. No vamos a entrar al fondo de ellas, sino sólo observar este detalle, el de las penas no tipificadas. Hasta hace no tantas décadas (y las novelas de Agatha Christie dan fe de ello), a los grandes criminales se les ahorcaba con toda naturalidad. Ahora (cumpliendo la predicción del ficticio Doctor Haydock), esto “nos parece monstruoso”. Pero entonces cuando surge un malo malísimo, entonces, ¿qué se hace? De repente se decide que se le quita el rango de príncipe (¿eso era posible?). Luego, que se le cambian los apellidos. Luego, que se mude de casa.
Sí, al parecer hablamos de un malo malísimo. Pero, ¿no sabíamos que esa modalidad existe, la de grandes criminales? ¿No podía haber previstas penas graves tipificadas? Muy alegremente se eliminan las penas graves por “inhumanas” y luego cuando surge un malhechor que espanta, entonces hay que estrujarse la imaginación con una ocurrencia hoy, otra mañana… A ver cómo lo humillamos, a ver cómo lo escarmentamos, ¿qué se nos ocurre hoy? ¿y mañana?
Pero no hay que salir de España. Ya llevamos años con ese sistema de penas aleatorias para personajes caídos en desgracia.
Tenemos a cientos de alcaldes, presidentes autonómicos y a otras muchísimas autoridades entretenidísimos con la divertida tarea de dar premios, nombrar Hijos Predilectos, o Adoptivos, a unos y a otros… La vida de las autoridades parece a veces un carnaval de actos de entrega de premios y de honores. ¡Vaya empleo del erario público! Y, ¡a cambiar nombres de calles!, ¡a bautizar estadios y teatros y cosas!
Y resulta que cuando alguien cae en desgracia, ¡a retirarle el título de Predilecto, de Adoptivo, a quitarle el nombre de su calle! El pueblo que costeó tantos actos y honores ahora tiene que costear su retirada. ¿No podían dejarse de tantos premios y honores… para luego retirarlos?
Nos hemos desviado con el dispendio y la frivolidad. Volviendo al inicial asunto: ¿Se pueden poner penas no tipificadas? ¿Es lógico volver a la barbarie de tener que inventar, una vez cometido el crimen, y una vez conocida la cara del delincuente, entonces inventarse nuevas penas y castigos? El más severo de los códigos penales de la Antigüedad, cargado de penas de muerte en sus diversas modalidades, y de castigos corporales, al menos tipificaba, para no dar lugar a la venganza emocional del momento. Hasta los códigos más crueles reflejan el sentido, hoy perdido, de que la ley tenía una serena majestad.
Se ha invertido por completo la máxima tradicional: “Odia el delito, y compadece al delincuente”. Hoy nadie odia el delito; pero de vez en cuando se levanta un visceral odio popular hacia un delincuente – y desde arriba eso parece que hasta se fomenta.
Y de los nombres de calles, relacionado también con esto, hablaremos otro día.





