Ahogados en este mar de palabras extrañas, viendo impotentes cómo nos arrebatan lo más necesario humanamente, es decir, nuestro lenguaje… no pasa un día sin un nuevo descalabro. Repetimos: lo más grave no es ya la invasión de vocablos extranjeros, sino el cambio de uso de una palabra española a la que, de la noche a la mañana, se le da un sentido distinto, imitando servilmente el que tiene en otra lengua.
En español, la palabra crianza siempre se ha empleado para referirse a seres vivos sin alma. “Una granja para criar pollos, un criadero de tal cosa”… siempre referido a animales y plantas. Y se emplea también para los vinos, como subrayando orgullosamente aquello de que “el vino es un ser vivo”. Crianza 2019.
Se crían animales, plantas, vinos… Todo lo que se considera un ser vivo, pero no humano.
Ciertamente, hay una excepción, pero hasta puede considerarse coherente. Para las personas, se habla de crianza cuando son diminutas, cuando lo humano podemos casi decir que no se ha manifestado aún (sin que se ponga en duda su dignidad humana “desde el primer instante de su concepción”, pero hablamos de otra cosa); en suma, cuando su vida es sólo comer y dormir y casi pueden asimilarse a un cachorrillo, pues siempre se ha entendido “la crianza” como el período de lactancia de un bebé. Exclusivamente eso. Hasta una época relativamente reciente (hasta hace menos de un siglo), la falta de una madre o de un ama de cría equivalía a la muerte del bebé. La crianza era el período concretísimo, específico, durante el cual el bebé tenía que ser alimentado forzosamente de ese modo; cuando ya podía comer otras cosas, se daba por terminada; el niño “ya estaba criado”.
Estos conceptos salen infinidad de veces en novelas y cuentos de otro tiempo. En “Sin Familia”, de Hector Malot, escrita y ambientada en la Francia del siglo XIX, una aldeana que había acogido a un bebé abandonado relata: “Yo acababa de tener un niño, así que no me era un problema criar a dos”. Leído desde la inocencia, una niña urbana de la era de los supermercados entendía que esto era como decir “igual puedo cuidar a uno que a dos” (aunque quedaba un poco extraño, pues siempre se estaría más libre si no se tenía además un niño propio). Sólo más tarde, al enterarse de cómo funciona la biología, comprendía que esta frase no era caprichosa sino que tenía un significado totalmente literal y tangible: cuidar y atender es una cosa, pero la generosa mujer no hubiera podido “criar” a un niño ajeno de no haber acabado de dar a luz a uno propio. Así de concreto y de específico es en castellano el verbo “criar”: para las personas, sólo ha significado una cosa; hablando en plata, es amamantar a un bebé hasta que éste pueda ya tomar otros alimentos.
En los cuentos infantiles de Elena Fortún, en la España de hace unos ochenta años, sale la familia de “Celia”, empobrecida y por ende con una madre recién fallecida al dar a luz. La recién nacida es llevada a una aldea para que la criara una nodriza. En la mentalidad actual esto sonaría tremendo (¡separar a una bebé del padre y de los hermanos durante un año!), pero entonces era una medida de pura supervivencia. No existían alimentos preparados para neófitos – o lactancia materna o de nodriza, o nada. Y en la gran ciudad no era viable, sin ser ricos, el conseguir un ama de cría. “Ama de cría”: su significado no puede ser más concreto.
Luego en muchas novelas aparecía la expresión “hermanas de leche”, “hermano de leche”… De nuevo, una niña ingenua lo tomaba como una simple expresión un tanto curiosa – como decir “hermano del alma” o “somos como hermanas”. Más tarde, al saber de esa ancestral institución de las amas de cría para huérfanos (¡cómo se pierde la memoria histórica, la verdadera! Que esa figura que ha acompañado siempre a la humanidad, tuviéramos que “descubrirla” como cosa exótica y pintoresca…), pues entonces se entendía que la expresión no podía aludir a algo más concreto ni más palpable.
Pues en fin, esta es la única crianza aplicable a los humanos; la del período de lactancia. La expresión es un poco ruda, al ser la misma que se emplea para los animales (“criadero de pollos”) pero como alude a la parte más prosaica y “animal” del ser humano, cuando, siendo un poco brutos y apeándonos de todo idealismo, más se asemeja a cualquier otro mamífero, pues tiene cierto sentido que se emplee.
Y, pensándolo bien, esta palabra, “crianza, criar”… a menudo posee una connotación un tanto ingrata. Esas expresiones en sentido figurado y aun macabro… (“Cría cuervos y te sacarán los ojos” “Está criando malvas”, ¡cuán sórdido!). Es decir, la palabra posee una indudable crudeza, que nos recuerda las realidades más ásperas. En sentido figurado, se dice: “un niño malcriado”, expresión más dura y prosaica que su equivalente “maleducado”. Sólo al referirse a los vinos caros parece que el término adquiere cierto glamour: Crianza del año tal.
¿Adónde queremos llegar? Pues resulta que de repente, no por evolución natural del lenguaje, sino por súbita imitación de las traducciones automáticas (“to raise up” lo traducen como “criar” así sin más opciones)… ¡se ha empezado a hablar de criar niños como si fueran pollos! De repente, de la noche a la mañana, los diversos medios y los foros hablan de “los problemas de la crianza” “mi prioridad es criar bien a mis hijos”… ¿pero de qué hablan? Ah, hablan de educar. Ahora en vez de educar se emplea esa cruda palabra, criar.
Claro que, ¿qué ha pasado a su vez con la palabra educar? Que, por efecto de esas mismas malas traducciones automáticas, de repente nos hemos puesto a decir “educación” en vez de “estudios”. En Wikipedia y en las notas biográficas ahora con horror leemos “educado en la Universidad de Salamanca”. Pero en castellano nadie ha podido ser “educado” allí; sólo realizar estudios.
De nuevo se trata de destrozar dos lenguas. Un curriculum en castellano tenía siempre un epígrafe llamado “Estudios” o “Formación académica”, o algo equivalente, y ahí venía la lista de los diplomas conseguidos y el nombre de las Universidades o instituciones varias. La “educación”, como la bondad o la honradez… son cosas sin duda más importantes pero no figuran en los méritos de un curriculum. Al llegar a entornos de habla inglesa, a muchos nos hacía gracia la diferencia de matiz: allí la palabra “education” sí transmitía el sentido de “formación, estudios”, y aun a nivel alto. En español, se refiere más bien a las costumbres y buenos modales. Para referirse a un “maleducado”, en inglés se habla de “bad manners”. Y en inglés una persona “not educated” se refiere a que no tiene diplomas académicos, sin que esto tenga la menor connotación despectiva ni de crítica a la persona. En las novelas es frecuente la frase “I’m not educated, but…” (“no tengo estudios, pero…”). Obviamente no se traduce como “soy un maleducado”.
Así pues: al ponernos a decir “educación” donde habría que decir “estudios”, pues, para cubrir ese vacío, ahora para referirnos a educar a los hijos decimos “criarlos”.
“To raise up” no es “criar”. Quiere decir algo a medias entre educar y ver crecer. Si leemos “In this town I raised my children”, eso en castellano viene a ser como decir: “En esta ciudad crecieron mis hijos” o “allí les vi crecer”…
“Criar” resulta demasiado rudo referido a seres humanos. Claro que su uso hace juego con la profunda pérdida de humanidad que implica el perder los matices del lenguaje. Parafraseando lo de “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, podríamos decir: “Implanta los colegios dizque bilingües y perderemos el sentido de nuestra lengua, con lo cual seremos menos humanos”.





