“Hombres de Dios” (“God’s men”) es el título de una gran obra de la famosa novelista del siglo pasado Pearl S. Buck. Hasta podría decirse que es su mejor novela – aunque hayan alcanzado mayor popularidad otras, acaso por sus títulos inconfundibles (como “Viento del este, Viento del Oeste”) y porque esas otras reflejan con mayor obviedad las diferencias de Occidente con la cultura china, que ella pudo conocer bastante a fondo y que le fascinaba, y por consiguiente parece que se les da un rango como de lectura educativa o de divulgación.
Pero “Hombres de Dios”, menos divulgativa y menos divulgada, es una gran novela por sí misma. La acción se desarrolla de 1900 a 1950, y principalmente en Estados Unidos; el interés principal son sus personajes, intensos, notabilísimos… Hay un trasfondo de cosas de China, muchas alusiones (la autora no sabe prescindir de ese tema que le es tan caro), pero se puede incluso leer sin prestarle a eso mucha atención, no le afecta al hilo argumental.
Así pues, sólo en una relectura sorprenden elementos que, como no influían en el relato, se habían pasado antes por alto. Se describe en los primeros capítulos –los únicos ambientados en China y en torno al año 1900- el regreso de la anciana emperatriz después de un breve exilio. Retornaba a su palacio con toda la pompa imaginable, con su enorme séquito vistosísimo. Esto, para un lector interesado en la trama, es totalmente secundario: estamos pendientes de un misionero americano que contemplaba la escena, y de las implicaciones personales, familiares, etc. Así pues, en las primeras lecturas pasaban desapercibidas una o dos frases dichas de pasada, que ahora en 2025 adquieren un relieve punzante…
¿Cuáles son? Pues que el espectáculo del regio desfile sólo lo podían contemplar los aristócratas y los extranjeros (como el misionero americano); para el pueblo llano, que tenía totalmente prohibido pensar siquiera en mirar a la emperatriz, había órdenes terminantes de recluirse en sus casas, casas o chozas, al paso del cortejo. Se dice de pasada: “Vio levantarse unas cabezas negras [vistas por detrás], que instantáneamente se volvieron abajo”. De manera que lo prescrito era que el rey ni viera al pueblo. Las calles a su paso debían estar limpias de esa vil materia, el pueblo. Excusamos decir el castigo que podía esperarles a los desobedientes.
Se aprenden a apreciar muchos elementos de otras culturas en esta y otras novelas, y en los libros de Historia y ensayos escritos con sincero ánimo de comprender. Ciertamente que sí. Pero la verdad… hay veces en que la identificación con la propia alcanza un punto sublime. Esta es una de esas ocasiones. Es decir: al leer estas cosas, pues, con el máximo respeto a otras culturas, sentimos como un alivio inmenso de no pertenecer a ellas.
¿Cómo puede estar prescrito que el rey no vea al pueblo? La historia de España, la de Roma, la de Occidente, son todo lo contrario, absolutamente todo. Para que el rey sea rey, la presencia física, viva, palpitante y bullanguera de muchísimo pueblo es esencial. Hasta viene eso en un salmo bíblico: “Dichoso el rey cuyo pueblo es numeroso”. ¿Qué desfile triunfal de los Césares de Roma, qué coronación de reyes ni emperadores se concibe sin la presencia “de pueblo innumerable” (así justifican las crónicas castellanas la validez, la legitimidad de un nombramiento: si estaban presentes éste y aquél, tal autoridad o tal prelado, pero sobre todo, “con pueblo innumerable”. Bueno, las crónicas castellanas y todas las de Occidente)? Y en bodas reales, y en visitas a ciudades y pueblos, y en todas las ocasiones, era de rigor el verse rodeados de multitud los reyes. Lo contrario hubiera sido un desdoro.
El pueblo justificaba al rey. Es esta una realidad tan obvia para nuestros ojos que resulta difícil comprender una cultura que, teniendo emperadores y pueblo, funcione tan de opuesta manera. Así pues, en el otro extremo del mundo, el pueblo se consideraba demasiado abyecto, no debía ni ver al rey ni de él ser visto. Había que esconderlo…
¿Y por qué en 2025 estas simples líneas secundarias de una novela olvidada resultan tan hirientes? Porque en lecturas anteriores, bueno… formarían parte del montón de cosas estrafalarias que se leen de otras culturas y lugares, tan ajenas en el espacio y el tiempo que a la postre ni nos van ni nos vienen, y ni las fijamos. Pero en 2025 resultan inquietantes.
¿No estamos tirando por la borda esa característica maravillosa de España y de Occidente, milenaria y que creíamos básica, de considerar esencial al pueblo?
Pensemos en las grandes ceremonias que vemos, claro está, sólo retransmitidas. Al natural no se puede. Y en las retransmisiones no vemos pueblo. Sólo están las autoridades, numerosísimas, abundantísimas; las delegaciones extranjeras o foráneas, numerosísimas también, las representaciones de esto, de aquello… vengan cargos, vengan autoridades. Luego, la enorme cantidad de vigilantes, policías, empleados de todo tipo, los fotógrafos. Las vallas, los espacios “de seguridad” lo invaden todo. No está el pueblo. No es un modo figurado de hablar. Durante determinadas ceremonias religiosas en la catedral de Sevilla (la “Magna” del pasado diciembre, la procesión del Corpus de 2022 en día de lluvia), el templo estuvo oficial y explícitamente vetado al pueblo “por seguridad”. La inmensidad de las naves catedralicias se reservaron para uso de “autoridades” y fotógrafos. Multitud de vigilantes se encargaron de impedir la entrada a esa cosa infecta, “el pueblo”. ¿Y qué diremos de los acontecimientos civiles, inauguraciones de reinados, eventos mil…?
No hay precedentes de esto en Occidente. Hasta los reyes más llenos de oropeles y de mantos de armiño eran antaño accesibles a todas horas para el pueblo; el pueblo los “poseía” tanto como a la inversa, se complacían en verlo desde las ventanas del palacio… La idea de los reyes “modernos”, que viajan en secreto a destinos privados, no le hubiera entrado en la cabeza a nadie, ¿para qué están entonces? Que el pueblo no puede saber dónde están, “por seguridad y privacidad”. Esas palabras huecas que asesinan milenios de civilización, que anulan el peso de la historia.
Decía Ortega y Gasset: “El ser humano no tiene naturaleza, tiene Historia”. Necesitamos la Historia para saber quiénes somos. Pero en España, y en toda Europa, estamos dejando de ser los que somos.
¿Somos occidentales? ¿Somos súbditos de la emperatriz china de 1900? Pensándolo bien, aquella sensación de alivio, de “menos mal somos occidentales, que no pertenecemos a una civilización que tanto desprecia al pueblo”… pues acaso es ya muy optimista.
Al entrar en un museo, un palacio, a menudo hasta en una catedral, se nos humilla y registra, se nos maltrata. Nos sentimos seres infectos, peligrosos, sospechosos. Nuestra presencia es desagradable.
Creíamos, al visitar esos lugares, el estar disfrutando de nuestro patrimonio, de algo nuestro (aunque haya que pagar un precio de entrada, pero esto no es lo malo. Es el trato que recibimos). La realidad es que se nos trata como a intrusos. Somos mal recibidos.
Esos lugares están quedando “para eventos privados”.
El concepto de “pueblo”, ese pueblo que viviría en casas míseras, pero justificaba a reyes y poseía palacios y catedrales… está extinguiéndose. Nos queda el consuelo de leer crónicas antiguas, pero ya como puro deleite personal; ya no nos sentimos pertenecientes a la hermosa civilización que describen.





