Como dice la manoseada cita de Rilke, usada por todos los que no lo han leído entre los que me incluyo: «La verdadera patria del hombre es la infancia”. Esta cursilada, del estilo de “soy ciudadano del mundo“ o “mi patria son mis zapatos” , define a la perfección aquellos mejores días: los sucedidos. Y entre esos mejores días del pasado infantil están nuestros veranos, cuando éramos jóvenes y por tanto, turgentes y hermosos. En aquel tiempo no nos fijábamos en nada porque la juventud no determina ni contempla, solamente avasalla con la vida. Ahora, uno observa el estío como una época definitivamente peor, porque a la incuria general de nuestro tiempo, se le une la impudicia de la exhibición carnal. Por mucho que diga el faltuscón alcalde de Granada, ni las mujeres -ni mucho menos los hombres- ganamos desnudos.Todo lo contrario. Solo hay que darse una vuelta por nuestras playas para comprobarlo.
Al igual que sucede en esta época con el cine, la gente va a la playa a comer. Cargan con pesadas neveras de plástico blanquiazul y dan cuenta de todas las delicatesenachorizadas del supermercado más baratero. Y quien dice la playa dice el aeropuerto o la estación de tren. Porque ahora que al fin hemos conseguido un transporte público de calidad no tenemos un público de calidad al que transportar. Nada más hay que ver el penoso espectáculo de la gente tirada por el suelo o despatarrada por los sillones esperando un vagón de ganado que los embarque.
-Es que mi vuelo viene demorado
-Me da igual, señorita. Como si viene de negro ruan. Recójase un poco que el resto de viajeros no tenemos por qué verle el pájaro, que sabe Dios desde cuando no ve el agua el pobrecito…
Volviendo a la arena, tres cuartos de lo mismo. El pueblopadece de sobrealimentación y esto se evidencia en nuestras playas. Señoras con pechugas sobaqueras o rodilleras que pasean pesadamente por la orilla como campeonas de halterofilia ucranianas, acompañan a tipos atacados de kilos que engullen tortillas precocinadas y bolsas de patatas como si no hubiese un mañana. Todo ello como hacendados de la costa, dejando la marca tirada por el solaz. Y si la necesidad aprieta, el ancho mar o cualquier enebral costero se convierte en un socorrido bosque verde en el que dejar lo peor de cada cual.
Después de la pitanza viene la siesta y los cuerpos se desmadejan sudorosos y acroquetados, rebozados de arena,sobre las toallas y si acomete un recalentón hormonal, la pareja paquidérmica se revuelca de amores mórbidos comouna collera de luchadores de sumo en feliz yunta de cariño.
Ni que decir tiene que el panorama en el chiringuito es demoledor: pies negros, mollas y espaldas pilosas y, sentado indebidamente, algún señor mayor de cuya entrepierna pende un escroto peludo como una bolsa oscilante que nos recuerda lo crepuscular de la carne humana.
Otro signo de distinción es el tatuaje. De aquellos “amor de madre” legionarios hemos pasado a unos barrocos sixtinosque recargan brazuelos y costillares como en una especie de horror vacui dermatológico. Niñatas hay que se tatúan el nombre del último novio al que han jurado amor eterno y llevan la espalda como el listero de una caja de recluta.
Yo, para ir recogiendo, suprimía las duchas -que nadie usa- y ponía unos espejos con la siguiente inscripción: “En beneficio de todos rogamos se miren bien antes de desvestirse en la playa. Excmo. Ayuntamiento de Canil de la Frontera”, por ejemplo.
Publicado en el extinto XYZ.





