Hay en ciertos gobernantes hispanoamericanos una suerte de furia retrospectiva, un odio arqueológico, una necesidad lisérgica de desenterrar huesos de hace quinientos años para arrojarlos nuevamente a la plaza pública. Tal pareciera que los verdaderos problemas de sus naciones no fueran la inflación, el narco o la corrupción, sino un extremeño flaco y mal encarado que desembarcó hace medio milenio con espada, cruz y unas calenturas mas propias del clima tropical que del rigor hispánico. Ahí tienen ustedes a la presidenta mexicana haciendo de Hernán Cortés el culpable universal de todos los males patrios, como si el conquistador siguiera aún cabalgando por Veracruz con arcabuz, penacho y mala leche española.
Existe en este fenómeno una profunda ingratitud histórica. Porque conviene recordar a los nuevos sacerdotes del indigenismo de salón que México —como todas las naciones hispanoamericanas— no existiría sin España. Ni su lengua, ni sus universidades, ni sus ciudades, ni sus catedrales, ni su derecho, ni siquiera buena parte de su sangre. El mexicano que hoy maldice a Cortés lo hace en perfecto castellano, desde una tribuna institucional heredera directa del aparato virreinal español y con apellido, muchas veces, más castellano que el del propio conquistador.
Naturalmente, la conquista tuvo violencia. Sólo un imbécil o un catedrático con piercings y coleta podría negarlo. Pero también la tuvo la historia universal entera. Los aztecas no administraban precisamente una ONG escandinava sobre jardines floridos y cooperativas veganas. Aquello era un imperio feroz construido sobre tributos, sometimiento y sacrificios humanos masivos. Cortés no derribó una comuna pacifista, sino otra potencia imperial.
Lo verdaderamente fascinante del asunto es que los herederos ideológicos de esta leyenda negra jamás exigen disculpas a los tlaxcaltecas por ayudar a los españoles, ni a los propios indígenas que combatieron junto a Cortés, que fueron miles y miles. Porque la conquista de México no fue España contra América, sino una compleja guerra civil indígena donde unos aprovecharon la llegada de otros para destruir al opresor dominante.
Pero claro, eso no cabe en el simplismo victimista contemporáneo. Resulta mucho más rentable construir una épica resentida contra España mientras se inauguran aeropuertos ruinosos y se pacta con caciques locales de nuevo cuño. Cortés, muerto hace siglos, sigue siendo un enemigo mucho más cómodo que el presente. Y además ni vota ni soborna.





