Hay días de efemérides abrumadoras, sobre todo cuando se mezclan acontecimientos recientes y cobran la manera de sombras alargadas, como de cipreses al borde del camino que se proyectan entre las lápidas, los nichos y los túmulos funerarios.
Hoy, 15 de marzo, se cumplen 49 años, ahí es nada, del estreno de «El Padrino I», ese rotundo monumento al cine pero también a la negociación de intereses y de lo que podríamos denominar la subpolítica, que es lo que vemos hoy en España, convertida en una Tangentopoli italiana en la que no es que nadie cumpla su palabra, sino que a menudo las palabras son un subterfugio, una añagaza más para «la mentira sin consecuencias» y donde todo el mundo acusa a los otros de lo mismo que practica de una manera nauseabunda y sin complejos.
Pero observen las coincidencias, porque hoy 15 de marzo, alineadas las estrellas, es también aniversario del asesinato de Julio César por un grupo de senadores en el 44 a.C., y es cuando el hipercínico de Ábalos (etimológicamente «cínico» proviene del griego «kunos» -genitivo, «kunou»-, que significa perro) se despeña en una rueda de prensa pontificando sobre palabras incumplidas, sobre transfuguismos, sobre corruptos y corruptos de sobre. O de maletas venezolanas, vaya usted a saber, que hay que tener la cara como la pata de un paso para poner a este individuo que se hace acompañar por un carterista (el que le lleva la cartera) con fajos de billetes de 500 euros atados con una goma para ir pagando botellas de champagne a diestra y a siniestra o para ejercer la «caridad» mal entendida, la que empieza por uno mismo, según proceda y le vengan en gana a él y a su partido.
Don Vito, Sonny y Michael Corleone, acompañados del consejero Tom Hagen (Robert Duvall), resucitaron y rearmaron como un «transformer» a Nicolás Maquiavelo, ese héroe del cinismo en el Renacimiento al que en esta España del sanchicomunismo Iván Redondo ha elevado a los altares para que le ejerzan de vicarios personajillos deplorables o de chichinabo como Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Adriana Lastra o Marichús Montero, la precandidata que aplaude y presume de la celebración de elecciones en Cataluña en mitad de una pandemia pero que considera una locura que se celebren en Madrid.
«El Padrino» es una cúspide de escenas y frases irremediables que constituyen un tratado completo del cinismo de los bajos fondos en el que se mueve la mafia y que el socialista Bettino Craxi adoptó como política de Estado, convirtiéndola en un océano de corrupción, extorsión y financiación ilegal de los partidos políticos y de los sindicatos que alcanzaba a los medios de comunicación, a las empresas en general y al aparato de Justicia.
Craxi, que fue condenado a 27 años de prisión en 1993 tras el proceso de «Manos limpias» llevado a cabo por un equipo de fiscales que llegó al rescate del Estado italiano poniendo decenas de cadáveres de por medio, huyó a Túnez como un perro antes de su ingreso en prisión, hasta su muerte en el año 2000.
La España del sanchicomunismo ya no se diferencia en nada de aquella Italia socialista que empantanó a todos con los sobornos («tangente», en italiano), el compadreo, la puñalada y la mentira, donde cabe sustituir las víctimas de la omertá por los más de cien mil muertos silenciosos de la pandemia o por los cuarenta mil de las residencias a los que Iglesias estafó y los dejó tirados en un Dachau de camas sudorosas, abandonados a su suerte, sin respiradores, ni mascarillas, ni el afecto de sus familias.
«El que venga a ti con una propuesta de acuerdo o de reunión, ése es el traidor», le dice a su hijo Vito Corleone en el lecho de muerte. Y en Murcia, Arrimadas fue a por uvas, a ofrecer acuerdos por la espalda que incluían a Madrid y a Castilla y León (ni la menor duda de que tantearon también Andalucía), y ha salido trasquilada, tal vez porque alguien, siguiendo el consejo de Don Vito, supo que «a los amigos conviene tenerlos cerca, pero más cerca a tus enemigos».
Imagino a Ábalos y a sus secuaces pronunciando ante Arrimadas la célebre frase del «capo di tutti capi»: «Le haré una oferta que no podrá rechazar…»
Es una ironía muy tremenda y tremendista escuchar a Ábalos divagar sobre la capacidad para el soborno o sobre la posibilidad de que Ayuso y el PP pudieran pactar con lo que él (y los Informativos de Canal Sur no se cansan de repetirlo) denomina por costumbre «la ultraderecha», sin mención alguna a los acuerdos vergonzantes e ignominiosos de Sánchez, su jefe, con los terroristas o con partidos cuyos dirigentes están condenados por golpismo o se encuentran huidos de la Justicia, como lo estuvo el camarada de Ábalos, Bettino Craxi, o como lo seguirá estando por los siglos de los siglos el taimado Mitterrand en Francia.
Los madrileños, sin saberlo, parecen haber tomado nota con el caso de Díaz Ayuso y se disponen a llevar a cabo la sentencia del Corleone: «Si por alguna razón alguien honesto como tú tuviera enemigos, entonces serían mis enemigos».
Al final terminaremos por tomarle cierta especie de cariño a estos peatones de la subpolítica o de los bajo fondos y aceptaremos el consejo de Don Vito que rezaba: «Nunca odies a tus enemigos, porque eso te impide juzgarles».
En la radio suena Nino Rota, la música a la que la Academia decidió no otorgar el Oscar porque había sido compuesta originariamente para «Fortunella», de Franco Ferrara.
He dicho.





