Estos días he recordado una noche de invierno, en el hall del Hotel Inglaterra de Sevilla. Yo llegaba tarde, y una masa de gente se agolpaba ya allí dentro, muchos sentados en el suelo. En completo silencio, rodeaban a una misteriosa figura de casi dos metros de altura, abundante pelo cano, y vestida entera de negro. Se trataba del padre Domenico Mondrone, un reconocido exorcista italiano en activo qué, a sus 90 años de edad, parafraseaba a Baudelaire: “La astucia más perfecta del demonio –la personificación del mal- consiste en persuadirnos de que él no existe”. Nos explicaba a los sobrecogidos asistentes que así el mal puede actuar impunemente, sus estragos serán achacados a otras causas, y sus delitos inexistentes, o imputados a inocentes.
De esa misma astucia mimética y perversa me ha parecido la sorpresivamente aparecida película “No Mires Arriba”: un film producido por el mal, con el único objeto de negar su propia existencia. Y para no dejar lugar a dudas en su despreciado auditorio, lo declama expresamente una de sus protagonistas, en el clímax del relato: “Ellos no son tan inteligentes como para ser tan malos como los suponéis”. No seáis conspiranoícos, le faltó decir. Con “ellos” la protagonista se refiere al establishment del poder. A los mismos que han pagado esta multimillonaria producción con actores de primera fila, promocionada sibilinamente en redes sociales, como si el mensaje viniera de uno de los nuestros… para que nos confiemos. Sí, nos reconforta pensar que son tontos, y ellos lo saben muy bien. No somos malos, somos tontos, nos repiten desde el principio hasta el final del film, machaconamente. De eso va esta película infame, perversa. De un poder astutamente maligno que genera su propia crítica para vaciarla de contenido. El mismo poder que compra periodistas y directores de cine. Que decide qué es la realidad, y qué no lo es. Que nos hurta la ciudadanía, tratándonos como el rebaño que sostiene su absoluto -y arbitrario- poder. Ahora nos dice que no son malos, sino tontos. Y los creemos. Una vez más.
Pero en el pecado llevábamos la penitencia. Nuestra post modernísima sociedad laica hizo desaparecer, junto a la noción del pecado, el concepto del mal, algo tan milenario como imprescindible para la salud de una sociedad mínimamente civilizada. ¿Saben por qué? Porque el mal existe. Aunque lo hayamos negado como si hablar de él fuera un arcaísmo moral. Y ahí están los resultados. Ya lo avisó Carl Jung cuando escribió que no nos servía la benévola definición del mal de San Agustín -la mera “ausencia del bien”- de eso nada; el mal tenía existencia propia. No nos quedaba otra que convivir con él. Por eso necesitamos reconocer su existencia; cotidiana, palmaria, evidente. Eso que el mal no quiere que veamos.
Sí lo vio claro la pensadora Hanna Arendt al hilo de las atrocidades de los totalitarismos del siglo XX: “Hasta el momento mismo en que la catástrofe cayó sobre nosotros permaneció encubierta por la eficacia y el lenguaje ambiguo de los representantes oficiales”. “Cuando pensamos en tiempos oscuros (…) hemos de tener en cuenta este camuflaje por parte del establishment. Si la función del ámbito público consiste en iluminar los asuntos de los hombres (…) la oscuridad se extiende cuando esta luz se extingue por un discurso que no descubre lo que es, sino que lo esconde debajo de la alfombra mediante exhortaciones de tipo moral y otras que degradan toda la verdad a trivialidades carentes de significado. Nada de esto es nuevo.”
Esta película infame no va de meteoritos, ni de cambio climático. Es solo una máscara del poder, del mal, haciéndese pasar por tonto. El último refinamiento del establishment ha sido convertirse en activista contra sí mismo, con todo su poder, acaparando el espacio mediático para sepultar las críticas verdaderas. “Don´t Look Up”, nos dicen. Es entonces cuando los corderos, creyendo haber recuperado su libertad (al descubrir el “engaño”) vuelven sus miradas -y estiran sus cuellos- hacia el cielo. Y entonces es cuando están, definitivamente, muertos. Cuando, creyéndose de nuevo humanos caminan satisfechos hacia el matadero. Porque, ¿quién podría sospechar las intenciones malignas de algo que ni siquiera existe?
Creo que asistimos a la última degeneración de lo humano. Cuando el poder nos devuelve la efímera sensación de ser libres de nuevo, aunque sea interiormente, viendo un film. Lo estábamos deseando: ¡teníamos razón con nuestro malestar y nuestra soterrada queja! Los esclavos, los corderos que ya lo fueron de grado -sin necesidad de violencia- ahora se creen de nuevo humanos; y no están dispuestos a abandonar esa agradable sensación. Es el signo de la dominación absoluta y perfecta: el esclavo que no sabe que lo es. Los totalitarismos del siglo XX no fueron más que aprendices ante estos maestros del siglo XXI.
Puedo imaginarme lo que hubiera dicho el padre Mondrone. Sobre todo, si se hubiera enterado de que esta superproducción cinematográfica se presentó en la plataforma Netflix el día 24 de diciembre; es la rúbrica y el guiño del mal. Pero en el pecado llevábamos la penitencia.
Posdata: En Netflix esta película fue una de las más vistas a nivel mundial: más de 350 millones de horas de visualizaciones a 19 enero de 2022. En Film Affinity al 82 % les gustó la película, como crítica mordaz contra el sistema político-mediático. Ha sido trending topic en redes sociales durante cuatro días seguidos a nivel mundial.
El productor de “Don´t Look Up”, David Sirota, es un periodista que asesoró a Bernie Sanders en la campaña electoral de 2020. Oculta su verdadero presupuesto, que cifra en 75 millones de euros, cuando solo Di Caprio ha cobrado 30 millones y el sueldo medio de Merly Streep se acerca a los 24 millones. Su anodino guionista y director, Adam Mac Kay, ya había realizado una película de sátira política contra Dick Cheney, el vicepresidente de George W. Bush, “El vicio del poder” (2018). Ambos son demócratas convencidos. Esta película no va de la estupidez de nuestros políticos. El meta-texto de la misma es la astucia del mal. Un experimento para confundir a la gente, para taparles los ojos diciéndoles lo listos que son por descubrir lo tonto que es el poder. La máscara del mal. Tómense ahora ustedes, si quieren, la molestia de definirlo; aunque lo tengan delante de las narices. “Don´t Look Up.” Disfruten las palomitas (pero por si acaso no miren al cielo).





