El fenómeno del ruido de fondo es uno de los más inexplicables del mundo actual.
Muchísimas otras cosas nos chocan, pero al menos en ellas hay cierta coherencia entre la teoría y la práctica. Por ejemplo: hay un desmesurado afán por lo que llaman “vida sana”, de todas partes nos llegan mensajes animándonos a “comer sano”, a hacer deporte, y el máximo principio educativo que parece hoy regir es “que los niños no tomen bollería industrial”… A muchos nos resulta excesiva esa insistencia. Pero al menos, si hablamos de coherencia vital, aquí sí la hay, entre lo que se predica y lo que se hace. Los famosos demonizados “bollicaos” ya ni se ven, y otros productos similares, cada vez más raramente. Nadie osaría ofrecerlos a un niño. En los supermercados, en todas partes, predominan los productos llamados “sanos”, orgullosamente exhibidos, y de la llamada “comida basura” sólo queda algo residual y como escondido.
Del mismo modo, continuamente se habla del horror al plástico, y las personas actúan acorde, lo asimilan perfectamente (hasta con excesiva perfección).
Y por supuesto, si echamos la vista atrás, también hubo una armonía perfecta entre lo que se decía de la necesidad de las mascarillas, y la ubicuidad de las mismas. Nos gustarán o no, los ideales de nuestro mundo, pero ciertamente lo que se predica, se asimila y se hace. No hay discordancia.
El tema del ruido, sin embargo, es la gran excepción.
Continuamente oímos elogios al silencio, los beneficios e incluso la necesidad del silencio. Se habla de la contaminación acústica. Se hacen retiros, no necesariamente religiosos (aunque también), sino de terapias curativas alternativas, y el silencio parece ser el principal ingrediente. Por todas partes nos llega el mensaje del excesivo ruido de fondo que padecemos. Todo el mundo parece estar de acuerdo.
¿Por qué esta insistencia en lo perjudicial del ruido de fondo no se traduce en la práctica en lo más mínimo? No es que nadie reduzca el ruido de fondo; es que los hilos musicales se hallan en fase ascendente. Ahora los hay en librerías, en entidades bancarias, en iglesias; en los lugares más inverosímiles. Incluso en la radio y televisión, y otros medios, si se entrevista a un personaje o se presenta un programa, ¡es con música de fondo!, música que no permite escuchar bien lo que se dice, y colocada ahí expresamente, por los mismos que producen la entrevista. Muchos se han acostumbrado. Pero las personas con más sensibilidad acústica (parece, ¡ay! que somos una minoría. El 10% de la población, dicen; es decir, una minoría no tan desdeñable. Pero, ¡cómo se nos desdeña, es más, se nos agrede) eso de prestar atención a algo mientras suena música de fondo… altera, desequilibra. Es una pérdida de armonía. Como lo es el discutir un asunto prosaico en una entidad bancaria y tener que estar escuchando al mismo tiempo una musiquilla banal de fondo; para algunos, nos supone doble esfuerzo, una enorme incomodidad vital…
La musiquilla banal ha arruinado la belleza de muchos rincones especialísimos del planeta. Lugares que, por una u otra razón, habían preservado algo de la Edad Media – rincones de la ciudad que se llamó Serenísima, callejuelas de la joya histórica que es Asís… rincones donde de noche se experimentaba algo de lo que fue la noche en siglos pasados (no del todo, pues tenemos luz eléctrica y tantas otras cosas, pero en fin, un cierto atisbo), es decir, el sonido de las propias pisadas, el SILENCIO…, y ese en realidad era su valor principal (no diremos “mágico” por lo ubicuo del adjetivo), su mayor belleza- pues todo eso se ha perdido. ¿Cómo? ¿Por la masificación, por complejos procesos? No, simplemente poniéndole de fondo una musiquilla banal. Ya son lugares iguales a cualquier otro.
La terraza del señero Hotel Doña María en Sevilla, la que existía mucho antes de que se pusieran de moda las terrazas en las azoteas… ese lugar en el que la Giralda aparece de modo tan impresionante que todavía conmueve… y el chorro del agua de la piscinita invitaba a un rato de simple deleite, pues ese chorro ya no se oye, ya hay una música banal como en cualquier lado.
Para gustos, los colores. A quien no lo ve, no le podremos “demostrar” que una cosa sea mejor que otra. A unos, esta imposición mundial de un hilo musical por la fuerza les parece bien o ni lo perciben, y a otros les daña a los sentidos.
Lo único objetivo que podemos afirmar es que estamos ante una disonancia entre la teoría y la práctica. Todos parecen de acuerdo en que vivimos con demasiado ruido (pedagogos, comentaristas, todos dirán lo mismo. Libros con títulos como “El valor del silencio” son bestsellers casi asegurados), y no obstante el ruido de fondo se extiende cada vez más, hasta en sectores que nadie hubiera imaginado.
Al precio de un billete de AVE a Madrid, con suerte, nos puede tocar un vagón “de silencio”. Puede que sea el único par de horas de nuestras vidas en el que, desembolsando ochenta euros, podamos gozar de la serenidad de un paisaje sin padecer un hilo musical.





